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Se dice hasta luego

El perro vagabundo y la esperanza tienen algo en común; son supervivientes, criaturas cuyo propósito es difundir a ladridos el testimonio de una doctrina estoica.
Alexis López Vidal access_time 5 min lectura

La muerte no existe, la gente solo muere cuando la olvidan;
si puedes recordarme, siempre estaré contigo.
Eva Luna
, Isabel Allende

Aguarda; el frenesí borboteante de cláxones, de bits cifrados que cubren distancias imposibles acarreando mensajes sobre la fosforescente pantalla de la pantalla eterna del smartphone, de canales de televisión de pago reuniendo horas interminables de entretenimiento diseñado con el propósito divino de someter tu abulia, de kilómetros conquistados bajo la huella triunfante de una zapatilla de running, deberá esperar a un lado. Todo resulta diferente, como recién despierto a una realidad extrañamente sospechada, liberado por unos instantes de la enajenación de habitar en el mundo. No es una exigencia vanidosa; la premisa de tu atención, la necesaria convicción de que cuanto voy a relatarte sucedió de esta y no de otra manera, es una condición indispensable. El pensamiento más sutil engastado a lo mundano desvanecerá la verdad de la historia.

En el tiempo en que el pan de molde integral y el suplemento vitamínico se sucedían como los amaneceres y en que mis labios se rozaban con sus labios con la inercia de un tamborilero autómata mientras unas llaves tintineaban bajo el quicio de una puerta, todo empezaba y acababa con un «adiós». Yo, inquieto siempre, y aún alerta contra un terror que no atisbaba más que fugazmente, me inclinaba contra su mejilla y repetía «se dice hasta luego».

Hasta el día en que no hubo nada luego.

Si te resulta incómodo, o si por el contrario te muestras impaciente por conocer los detalles, en cualquier caso, si no es desdén por mi tragedia lo que estás sintiendo, te haré saber que su muerte, como tantas pérdidas, careció de la trascendencia que aquellos que las padecemos consideramos de justicia. La rotación del planeta no se detuvo. Aparte de un núcleo próximo y resquebrajado por la tristeza, nadie más sintió que el pecho se le hundía en el fango negro de un páramo. La mujer cómplice que me hizo partícipe convencido de la humanidad, cumplió la amenaza del adiós.

No puedes hacerte idea de la necedad que invade el corazón cobarde de un hombre solo, enfrentando la miseria de su incapacidad para asumir la mortalidad de lo que creía inacabable.

Busqué abrigo en un crisol de refugios; en la terapia, en el alcohol, en la farmacopea, en la farmacopea regada de alcohol soportando la terapia, en el amigo más cercano que a medida que un moho verdeazulado consumía el pan de molde integral se fue tornando cada vez menos cercano hasta dejar de ser amigo.

Para entonces, me había doblegado. A la voluntad de los semáforos; adelante, camine, espere, deténgase, adelante, camine, espere. A la autoridad de la melodía del despertador; deja de soñar, levántate, aféitate, sométete a la voluntad de los semáforos, deja de soñar. A la creencia de que debía soterrar mi dolor en una zanja; cava, cava, cava, cava.

Rendido, hueco cual caña seca, ofuscado y sin disposición para advertirlo, no fui consciente de la partícula ínfima que se negó a desaparecer del todo y se enquistó en mi mente. De momento callada, deglutiendo la melancolía como el perro vagabundo y sarnoso que desagrada a la vista y al que se alimenta para no sentir la culpabilidad de su existencia desarraigada.

El perro vagabundo y la esperanza tienen algo en común; son supervivientes, criaturas cuyo propósito es difundir a ladridos el testimonio de una doctrina estoica. Llegó un momento en que esa esperanza, quizá infectada por la rabia de la inconsciencia, acabó por morderme la yugular. La noté abriendo sus fauces inundando el cauce cálido y palpitante de una luz espectral, revelando la mística que se había ido componiendo desde un átomo hasta un verbo y hasta la clave mágica de un sortilegio.

El látigo restallante de la melodía del despertador no sospechó nada; se limitó a regodearse en su dominio, ignorante de la transformación que se había obrado en su esclavo. Deja de soñar, levántate, aféitate, sométete a la voluntad de los semáforos.

Las llaves tintinearon bajo el quicio de la puerta.

– Se dice hasta luego – musité con un hilo de voz atildado de vergüenza.

Sentí los colmillos rutilantes del perro profundizar en la carne, y devorado por esta dolorosa e insana certidumbre, se sucedieron los días de cautiverio, de soledad, de terapia y alcohol, siendo menos prisionero, menos paciente, menos ebrio. Se dice hasta luego, se dice hasta luego, se dice hasta luego.

Deja de soñar, levántate, abandona la esperanza.

– Se dice hasta luego – respondí abriendo los ojos y vislumbrando vagamente la orografía del techo de la habitación.

Sométete a la voluntad de los semáforos.

– Se dice hasta luego – respondí mientras las llaves tintineaban bajo el quicio de la puerta.

Se dice hasta luego, se dice hasta luego, se dice hasta luego.

– Adiós – dijo ella surgiendo de entre el velo que separa lo ilusorio de los bits cifrados que cubren distancias imposibles, tendiéndome su rostro, buscando con sus labios mis labios agostados.

Hubiera tomado su boca con la épica del héroe; simplemente la besé con la dignidad de la marioneta que ha cortado los cordeles que le unen al demiurgo de lo verosímil.

– Se dice hasta luego… – protesté, nadando en sus ojos, paladeando el poso eléctrico que dejó la taumaturgia al abrirse paso por entre el frenesí borboteante de cláxones – Se dice hasta luego.


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El autor

Alexis López Vidal (Torrevieja, Alicante, 1979) es autor de artículos y relatos, ensayista y novelista. Ha obtenido diversos galardones de narrativa y poesía.
  • ISNI: 0000 0004 7765 6040

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