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Llave sin cerradura

Un niño observa con atención un anodino almanaque, parado con los pies enjutos frente al mes de Abril.
Alexis López Vidal access_time 6 min lectura

Pocos individuos tienen el privilegio de descubrir, a lo largo de su vida, el propósito de su existencia. Para muchos este conocimiento permanece ineluctablemente vedado y se limitan a desgastar la vía por la que transitan sus amaneceres hasta que, al final, el camino cede bajo sus pies.

Niñez

Los niños comienzan por amar a los padres.
Cuando ya han crecido, los juzgan, y, algunas veces, hasta los perdonan.

Oscar Wilde (1854–1900) Dramaturgo y novelista irlandés.

Un niño observa con atención un anodino almanaque, parado con los pies enjutos frente al mes de Abril. Los churretones son cirios pendientes de las narices, la camisa raída, la pernera de los pantalones es una crónica de los solares en que ha arrastrado sus juegos. A su espalda una madre avejentada se diluye en el mecanicismo de pelar patatas; están pochas, huelen mal, sabrán peor, pero mejor es nada, peor es matar el tiempo pelando la vida. Las paredes rezuman humedad y miseria y hace tanto frío en el cuartucho que las ratas deciden respetar la entrada, estirando las orejas diminutas y pasando de largo altivas.

La madre levanta el rostro, ajado, los ojos enterrados en la profundidad de dos cráteres morados. Mira al niño con ternura. Y dolor. Se le quiebra la voz al articular palabra y sigue pelando patatas.

Por segunda vez lo intenta. Hablarle. Previsora se arranca de la mejilla una lágrima.

– Mañana es tu cumpleaños – le dice.

La criatura continúa hipnotizada, con el ánima cautivada por los números, por los días, por el tiempo compartimentado en semanas. No responde. Le da miedo. Le aterra pensar que mañana será un día igual a este.

– Hijo, algún día… – musita su madre con el corazón en un puño.

El niño ya no le escucha. Se va corriendo mordiéndose un labio, clavándose las uñas en el envés de las manos, consciente de que volverá a soplar las farolas del arrabal a modo de velas.

Su madre rompe a llorar sobre las patatas pochas.

Juventud

La juventud quiere ser estimada más que ser instruida.
Johann Wolfgang Goethe (1749–1832) Poeta y dramaturgo alemán.

La funcionaria le mira sin enmascarar el profundo desprecio. Le arrastra a empellones a una galería cuajada de camastros sucios, donde se arraciman otros desheredados como él, escoria de la escoria del lumpen. Le arde la mejilla inflamada a golpes, le punza el espinazo malherido, se le clavan los pedazos de corazón roto por la muerte de su madre. Pero a nadie le importa. Se descubre solo entre la marabunta de solitarios. Las palabras de su madre son un eco que resuena lejano, ajeno, imposible.

La noche le aturde con el quebranto de los lloros, con el penetrante hedor de la orina, con la virulenta acometida de los parásitos que anidan en los harapos con que se cubre. Aprieta tanto las mandíbulas que siente crujir las quijadas. Tarda poco en perder la noción del tiempo. Ya no recuerda en qué página del almanaque se encuentra.

A cuenta de la cuchara vacía se alimenta de aire mojado en nada. Corretea hambriento, obstinado en engañar a un estómago encogido a fuerza de patear una pelota de trapo. La golpea con fuerza, descargando en un puntapié toda la rabia y la impotencia de un cuerpo adolescente y desnutrido. El balón despega del suelo arenoso, rompe las cadenas del aprisionamiento y describe una parábola que culmina más allá del muro de ladrillo. El joven no se ha movido después de propinar al esférico de tela sucia el golpe de gracia. Callado ha contemplado su huida. Callado, escucha una voz del pasado que se abre paso desde algún lugar recóndito.

– Hijo, algún día…

Madurez

Ser adulto es estar solo.
Jean Jacques Rousseau (1712–1778) Filósofo francés.

Se adentra en la garganta de la mina, desciende al inframundo en el que el valor de la vida y el carbón arrancado a dentelladas de acero apenas equilibran la balanza. La atmósfera sofocante y el pánico a morir soterrado le comprimen el pecho. Golpe de pico. La luz de las lámparas titila en la lobreguez. Golpe de pico. Los más viejos, esos que han desgastado su salud tanto como la ladera del picacho, entonan con desagrado una tos seca que reverbera en las estrechas galerías. Un pajarillo esclavo mueve sus alas en el interior de una jaula de cobre, sosteniendo en la fragilidad de su pico la vida de los mineros.

Ascender al exterior es otra suerte de descenso, supone ser vomitado por la pared de roca y engullido por una ciénaga de tabernas de mala muerte y lupanares.

Con la torpeza propia de unos dedos inexpertos recorre el cuerpo mil veces transitado de una chiquilla despabilada a destiempo. La estancia es sórdida. Su piel no es fragante, destila el poso de otros cuerpos que han vampirizado su ternura de cartón piedra y lo han dejado a cambio – como un excreción –.

Los besos, de sabor adusto por el polvo del carbón, y los abrazos, encallecidos a fuerza de deslomarse como un potro avejentado antes de tiempo, animan un alma que yace escondida tras los pulmones negros. El hombre estrecha a la joven entre sus brazos y musita, con el nerviosismo de un niño y la aridez del ladrido de un perro abandonado, palabras de amor.

La muchacha le dirige sus ojos de aguamarina. Le acaricia la mejilla hirsuta. Se separa de su pecho ansioso.

– Algún día… – le responde.

Vejez

Teme a la vejez, pues nunca viene sola.
Platón (427 AC–347 AC) Filósofo griego.

Una enfermera recorre el pasillo sembrado de habitaciones. Algunas puertas abiertas dejan entrever la similitud del mobiliario, de sus ocupantes y de sus dramas. Hombres y mujeres se aferran con desesperación a la vida agarrándose a las sábanas de su cama, como niños que se cubren para evadir los terrores de su armario o como si las anudaran para escapar de un pozo del que ya se sienten presos.

Ninguno repara en que dormitan cubiertos por sus mortajas. El viejo exhala su último aliento en el aislamiento de una habitación de ventanas enrejadas, de biblia en el cajón de una pequeña cómoda, de lámpara de bombilla macilenta. Muere sintiéndose solo, con una promesa lejana en los labios. «…algún día…». Se desvanece sin descubrir qué se esconde al término de la frase inconclusa, qué le aguarda la mañana de aquel día que no termina de llegar nunca. Perdido.

No lo sabrá nunca; dice adiós con la única certeza de que marcha dejando en esta orilla un óbito inútil.

Como una llave sin cerradura.


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El autor

Alexis López Vidal (Torrevieja, Alicante, 1979) es autor de artículos y relatos, ensayista y novelista. Ha obtenido diversos galardones de narrativa y poesía.
  • ISNI: 0000 0004 7765 6040

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