La muerte es una amarga pirueta de la que no guardan recuerdo los muertos, sino los vivos.
Camilo José Cela

Prólogo

Diario La Información del Sur. 23 de octubre, 1995. A.B.

El 12 de septiembre, alrededor de las 15:45 horas, un conductor septuagenario sufría un desvanecimiento derivado de sus problemas de hipoglucemia en una zona residencial del extrarradio de Sevilla, perdiendo el gobierno del volante y arrollando fatalmente a una mujer de treinta y seis años que cruzaba por un paso habilitado. La mujer se llamaba Julia Calviño Byrne, nacida en Galway, Irlanda, una pintoresca localidad costera al oeste de la isla, de padre español y madre irlandesa. Su viudo, el celebrado poeta Héctor Salvatierra, ha afirmado haber destruido todos sus poemas inéditos y ha exigido a las editoriales que distribuyen su obra que retiren del mercado todos los ejemplares. A esta decisión se […]

1. ¿De qué te serviría?

—Ni esta es una narración amable ni yo he regresado de un viaje homérico con la cabeza de la Medusa dentro de un saco —dijo Calviño.

Desde el exterior del restaurante llegaba un rumor en aumento de transeúntes en la Plaza Eyre, indicando que se acercaba la hora punta en la cercana estación de tren de Galway. Traté de aclararme la garganta con un sorbo de agua que pasó con dificultad por mi tráquea, como un desagüe atascado por una zarigüeya cobarde, ante la sola idea de mantener aquella conversación. Un crío de mofletes rosados acomodado en una trona arrojó su cuchara al suelo y comenzó a llorar con ese denuedo de criatura desconsolada, esa sapiencia de niño en pañales que le anima a berrear todo lo que pueda y más, provocando que una súbita y cristalina corriente de envidia me caminara por entero, de la nuca a los pies. Quería echarme a llorar así, allí, encaramarme a una trona de hartazgo y berrear como un mocoso.

—He perdido mi cuchara —dije lacónicamente.

Calviño chasqueó la lengua y apoyó un codo en la mesa, después la cabeza en la palma de la mano. Me observó durante unos instantes en silencio, con la misma desafección que un oso hormiguero a una Cerebara bruni, la hormiga más pequeña del mundo.

—Arquitectura hostil —esto lo dijo con el tono de un dictamen clínico, la manera de decir las cosas para la que no cabe más respuesta que acudir con la receta a la farmacia y cumplir con la posología recomendada —. ¿Conoces el término?

Negué con la cabeza.

—Es el lenguaje grotesco que emplean unos hombres por boca de las calles que pisan, los edificios que les cobijan o les proporcionan sustento, para decirles a otros hombres que no tienen derecho a pisar las mismas calles o a cobijarse entre cartones al pie de esos edificios. Usan puntas de metal en lugar de palabras para hacer saber al paria que no es bienvenido. Sé que te sientes igual, estoy seguro. Te ves a ti mismo como la negación de la felicidad a la que paladinamente puede aspirar un ser humano, un despojo ambulante que ni siquiera puede abandonarse a su suerte frente a una estafeta de correos porque una hilera de pivotes te niegan, incluso, el derecho a dejarte morir. Percibes el mundo como una entelequia hostil que se afana en levantarlos, los pivotes, para cortarte el paso.

Calviño se percató de que faltaba muy poco para que cediera y me uniera al crío llorón en su berrinche.

—Te lo he dicho —agregó mientras buscaba al camarero para pedir la cuenta —, no te he hecho venir hasta Irlanda para darte en mano un recetario almibarado de la vida que crees que mereces —solo tras decir esto su gesto se volvió un poco más sombrío, como esas mañanas de abril en las que el sol no se decide a salir del todo —. Tu esposa ha muerto. Lo sé. Lo sé muy bien. Si me concentro aún puedo sentir sus deditos tirando de mi manga para cruzar la calle y una sonrisa de triunfo y ortodoncia al llegar al otro extremo. Te diría que no he experimentado un dolor más lacerante en mis muchos años como el de perder a mi hija pero, llegados a este punto, ¿de qué te serviría?

2. Galeones

Durante el viaje de regreso el tráfico era tan espaciado que tuve la impresión de circular a través de una postal, una instantánea que insistía en el paisaje y evitaba a otros vehículos o peatones como si los considerara moscardones en un bodegón. En un momento dado, Calviño aminoró la velocidad y terminó deteniéndose a un lado de la carretera. Señaló el puerto de Galway, que para entonces ya teñía de un púrpura oscuro las aguas de la bahía.

—Hace quinientos años era habitual ver el cruce de barcos españoles por esa ensenada, para comerciar con vino, sobre todo —explicó, con la mirada perdida en un punto distante. Una lluvia fina comenzó a perlar el parabrisas —. Este es un buen lugar para criar a tu hijo. Tendrá a sus abuelos cerca, buenos colegios, una forma de superarlo.

No dije nada. También me hallaba perdido en el mismo punto distante del horizonte, esperando divisar a alguno de aquellos galeones arribando a puerto.

—Arlene y yo somos tu familia, Héctor. En el mismo grado que lo somos de nuestro nieto —añadió, hablándome aunque lo hiciera a su reflejo en el retrovisor y reanudando la marcha —y, de alguna manera, tú también lo superarás. Quizá, con el tiempo, hasta consideres retomar la escritura.

—Estoy aquí —respondí con acritud. Incluso las zarigüeyas cobardes enseñan los dientes cuando se sienten amenazadas. Ahora la lluvia se animaba y las últimas luces parecían apresurarse por igual en dejar la escena —, he cumplido mi parte del trato. Los barcos de los que hablas hace siglos que plegaron sus velas o se perdieron en lo profundo del mar. Estoy aquí. Es un buen lugar, tan bueno como cualquier otro, para que nadie, nunca, recuerde mi nombre.

Calviño enmudeció durante el resto del trayecto. La lluvia arreció, la radio emitía un tedioso debate político difícil de seguir por las interferencias y el rostro de Julia aparecía una y otra vez en el exterior, siempre que miraba a través de la ventanilla borrosa.

3. Los acantilados de la locura

El campus de la Universidad Nacional de Irlanda en Galway cobija un bucólico jardín con mesas de pícnic de madera tosca, la mayoría bajo el amplio sombraje de los árboles que lo recorren. Una estudiante menuda se levantó de uno de aquellos, hizo un gesto al resto de jóvenes que la acompañaban y se acercó a nosotros. Saludó a Calviño con afectación y cruzó unas pocas palabras con él.

—Hubo un tiempo en que los estudiantes salían despavoridos al verte —dije cuando volvimos a caminar a solas.

—La literatura medieval sigue sin ser el alma de las fiestas, no creas —replicó —, pero hasta los perros viejos somos capaces de aprender algún truco nuevo si nos lo proponemos. Por eso quiero que conozcas a Maeve. Ella puede ayudarte, Héctor, si te permites dejar de ser un cretino derrotista durante quince minutos.

El edificio del Instituto Moore para la Investigación en Humanidades y Estudios Sociales presenta una planta moderna y ancha, en contraste con los edificios más antiguos del campus. Calviño me guio a través del vestíbulo y de un pasillo anticipado por un letrero modesto que pedía silencio.

—Este es su despacho —anunció cuando habríamos recorrido tres cuartas partes del corredor —. Puedes llamar a esta puerta o marcharte a casa si lo prefieres. Yo tengo trabajo. En todo caso, como ves, no hay pivotes ni puntas de metal que te impidan cruzar el umbral.

Calviño apoyó su mano en mi hombro durante un instante, sopesó el portafolio que cargaba en la otra, como tratando de discernir si contenía todo cuanto debía, y se marchó. Sus pasos dejaron de oírse tan pronto como giró en una bifurcación próxima al vestíbulo.

—Maeve Bourke —leí en voz baja de un cartel pegado en la puerta.

Llamé con escaso convencimiento, apenas rozando el tablero.

—¡Adelante! —se escuchó desde el interior.

Abrí despacio. Una mujer de mediana edad me sonrió desde detrás de un escritorio casi vacío. Por el contrario, las paredes estaban repletas de carteles.

—Eres el poeta. El yerno del profesor Calviño —dijo en español con un acento cuidado y un deje de sorpresa cuando me tuvo delante, como si esperara a cualquier otro o como si no fuera como esperaba —. Perdóname —añadió al advertir que me hacía más pequeño y temiendo que me diera la vuelta —, siéntate por favor.

Ocupé una silla y dejé caer las manos sobre las piernas. Maeve abrió un cajón del escritorio, rebuscó y extrajo un teléfono móvil con el que se entretuvo unos instantes. Al poco, una melodía cadenciosa comenzó a sonar por el altavoz.

—No quiero ser grosero —dije —pero no he venido a hacer terapia.

—¿Tienes idea de qué es lo que escuchas?

—Ni la más mínima. ¿Algún superventas de la nueva era?

—¡Ja! Calviño me avisó de que eras un imbécil brillante. Ahora solo falta saber si brillas —repuso. Sus ojos verdes y destellantes como dragones me hicieron saber que la cordialidad no es a prueba de impertinencias —. Lo que oyes viene de ahí.

Señalaba uno de los carteles de la pared. La estampa ilustraba una costa de escarpaduras que se elevaban cientos de metros para precipitarse a un mar roto en espuma contra la piedra.

—Son los acantilados de la locura… —declaró con un tono de voz lúgubre, aunque inmediatamente dio una palmada y comenzó a reír divertida —Bueno, en realidad no son tal cosa. Son los acantilados de Moher, cerca de aquí, aunque aparecen con esa denominación en la película The Princess Bride. ¿Resulta épico, no crees? Escalar un acantilado semejante para salvar al amor de tu vida.

—Sabes que mi mujer falleció, no lo dudo. ¿Se trata de eso? ¿Calviño te ha pedido que me ayudes a pasar página con una filosofía de superación personal basada en el cine de los años ochenta?

Maeve dejó de sonreír y los dragones movieron las colas en el interior de sus ojos.

—Al contrario, no voy a hacer nada por ti. Tendrás que hacerlo solo. Nadie más va a escalar el acantilado. No voy a proporcionarte palabras amables ni al final de este viaje sostendrás la cabeza de Medusa en tus manos, Héctor.

—Eso ya me lo han dicho.

—Mañana. Los acantilados de la locura. Ponte ropa cómoda —Maeve se puso en pie y abrió la puerta del despacho, dejando claro que no había nada más que decir, aunque, antes de volver a cerrar, añadió —. Y dile a tu suegro que deje de robarme las frases.

4. Arquitectura hostil

La carretera que conduce a los acantilados de Moher es estrecha y está escoltada a ambos lados por muros de piedra de mediana altura, por lo que todo el camino se impregnó de un aura vieja, de impresión de ropa de cama antigua en el interior de un baúl; como las ruinas de parroquias y cementerios que emergían de tanto en tanto. Maeve tarareaba una canción gaélica con las manos aferradas al volante, apuntando ocasionalmente alguna curiosidad acerca del entorno. Por encima de los muros de piedra y de nuestras cabezas, el cielo recordaba al lomo de un animal y uno podía imaginar que estiraba los dedos de una mano y los hundía en el pelaje frondoso y gris.

—Hemos llegado —anunció Maeve —Aillte an Mhothair. Los acantilados de Moher.

El océano atlántico golpeaba contra el paredón natural a lo largo de ocho kilómetros, con minuciosidad y un desatado sentimiento de posesión sobre la misma costa, casi, se diría, sobre toda la isla.

—Es imposible escalarlo —dije.

—¡Ja! —rio Maeve —Calviño dijo lo mismo —y, mirándome como a un objeto muy frágil pero poco valioso, algo que no importa romper porque podría ser divertido volver a componerlo, me explicó —. No has venido a escalar este acantilado, sino este otro.

La punta de su índice tocó con suavidad mi frente.

—¿En qué piensas, Héctor?

—En nada en particular.

—No me mientas —me espetó. Los dragones de sus ojos acudieron a su llamada —. Dime en qué piensas de verdad. Cada día. A cada instante. Llámala por su nombre.

—No voy a hacer esto.

—Vas a hacerlo, por ti y por ella. ¡Di su nombre!

—¡Julia! —exclamé —¿Estás satisfecha? ¿Estará satisfecho Calviño? ¿Eso es lo que queréis? ¿Pretendéis que repita su nombre hasta que ya no signifique nada para mí? ¿Tan difícil es entender que solo quiero desaparecer del mundo y quedarme en esta isla atesorando su recuerdo? ¡Su recuerdo es lo único que me queda de ella!

Maeve tomó mi mano con dulzura y me obligó a sentarme sobre la hierba tupida.

—Julia es mucho más que el pensamiento obsesivo en el que la has convertido —dijo —, igual que el mundo que ves como un enemigo sigue dispuesto a tenderte la mano. Como estoy haciendo yo. La poesía que ahora repudias porque ella la inspiró sigue viva en tu corazón, alumbrando versos con cada nuevo latido, por más que te niegues a escucharlos. Es ahí donde perdura y te pide que seas libre y optimista, compasivo contigo mismo.

—¿Cómo podría hacer y ser todo eso? Ahora me parece más sencillo escalar el acantilado de roca.

—Cierra los ojos. Escucha el oleaje. Respira. Allí abajo, al pie de todo, en las raíces mismas de esta tierra, el océano se prepara para una nueva acometida. Las aguas te abrazan, se filtran hasta el interior de tus venas. Respira. Llena tus pulmones de mar porque ahora sois lo mismo, el océano y tú. ¿Qué ves, Héctor?

—El acantilado —susurré, sin abrir los ojos.

Maeve seguía hablando, o tal vez había comenzado a tararear de nuevo la canción gaélica que acompaña a los viajes por carretera con aroma a sábanas apolilladas, en todo caso su voz se fue perdiendo en lo profundo de un abismo bajo las aguas oscuras, reemplazada por el arrullo indómito del mar.

—Respira —dijo Maeve.

Epílogo

Abro los ojos. No he regresado con la cabeza de la Medusa en una mano. Solo estoy un poco menos roto, menos perdido, cada vez que los abro. El rumor del océano de Moher en mis oídos aún es tan vívido que casi deja una pátina de espuma de sal sobre toda superficie de la estancia. Los tabiques dialogan: amortiguadas conversan las voces adultas de Calviño y Arlene, y la risa de un niño que las secunda desde el salón.

El siseo del bolígrafo al acariciar el papel es tenue, todavía cobarde, como el hombre pusilánime amedrentado por puntas de metal en la ciudad hostil. Con todo, nos afanamos en encontrar nuestro lugar en el mundo; ese hombre, la tinta del bolígrafo y yo, y, de alguna manera, sanamos un tanto con el poder curativo de las palabras:


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El autor

Alexis López Vidal (Torrevieja, Alicante, 1979) es autor de artículos y relatos, ensayista y novelista. Ha obtenido diversos galardones de narrativa y poesía.
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