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Asida al tallo de los vientos

– Es hermosa, sí – confirmé. Una isla a la que ninguna correctora editorial había suavizado la indómita lírica de su costa.
Alexis López Vidal access_time 8 min lectura

Rodeada de mar por todas partes,
soy isla asida al tallo de los vientos…

(ISLA, Dulce María Loynaz)

Como enhebrar un cabo por el ojo de una aguja. Guardé lo que me parecía más importante en la maleta. Pero, ¿estaba segura de qué era lo importante?

Quiero decir, ¿qué lo es?

Al acabar examiné el conjunto ordenado de los enseres que había juzgado imprescindibles apenas unos minutos antes. Los arranqué del interior de la maleta con ambas manos, como si estuviera cavando tierra en pos de una vida que debía ser distinta. Por fuerza distinta. Esa no podía ser mi vida.

Quiero decir, ¿lo era?

Quizás ahora, que todo era un conjunto revuelto y sin concierto sobre la cama, tenía un mayor parecido con lo que pudiera definirme en aquellos días.

Cerré los ojos. Oía el rumor confuso de las calles en el exterior. Cláxones. La escandalera de una sirena que crecía conforme se acercaba y menguaba al alejarse hasta permitir que el rumor confuso se filtrara de nuevo. Metí varias prendas al azar en la maleta, ya sin molestarme en doblarlas, cinco libros – concretamente cinco, que estaban apilados en una esquina de la habitación – y un cuaderno de tapa dura. Cerré la maleta. ¿Esa era yo?

Tal vez eso es lo que, de verdad, quería decir.

***

De camino al aeropuerto recibí la llamada de Alice Bowen. Se acababa de enterar.

– Menudos ingratos – dijo –. ¿Cómo es posible? Menudos ingratos… – repetía – Veinte años. ¡Veinte! – recalcó.

Dejé que hablara, que se desahogara mientras contemplaba las calles de Cardiff húmedas por la llovizna a través de la ventanilla del taxi. Su voz parecía desvanecerse por momentos, como una sirena que se aleja. Hasta que dejé de oírla.

– Elin, ¿estás bien? – La voz de Alice llegaba desde algún confín remoto.

Titubeé.

– Quiero que me asegures que estás bien – insistió.

¿Ya estábamos llegando al aeropuerto?

– Estoy bien – mentí.

– Es inconcebible que te hayan despedido de la editorial después de veinte años. Menudos ingratos… – añadió.

– Tranquila, me irá bien – aseguré con un hilo de voz.

¿Qué sabía yo de eso? ¿Qué sabía, en realidad, de nada que me concerniera? Veinte años. Dos décadas como correctora de estilo en un pequeño sello editorial. Tanto tiempo dedicada a otras historias. A vidas ajenas. Solo cuando embarqué en el avión con rumbo a Grecia tuve una ligera noción de lo que estaba haciendo. Me quedé paralizada en el asiento, contemplando el piloto iluminado.

– Abróchese el cinturón, por favor – me indicó el personal de cabina.

Si lo hago, pensaba, no habrá vuelta atrás.

***

El mar mediterráneo es muy distinto de la costa galesa. Posee una belleza plácida, casi como el arrullo de una madre. Suave y rimado. Las olas anchas golpeaban contra la proa del ferri, que dejaba tras de sí una cola de espuma blanca. La costa de Atenas se hacía pequeña y finalmente una línea ocre pintada por encima de las aguas. Me sujeté la pamela con ambas manos cuando la brisa se animó de improviso. Salada y fresca, transportaba un fuerte aroma de alga.

– Ahí está – dijo la señora Petridis mientras señalaba con el dedo –, la isla de Hidra. It’s beautiful, ¿no le parece?

Su acento dotaba a las palabras en mi idioma de un encanto particular. La corrección estaba sobrevalorada. De eso podía estar segura. Esa debía ser una de las pocas conclusiones a las que podía llegar, después de años de pervertir la naturaleza agreste de la prosa de autores noveles que debían encajar a la fuerza en la uniformidad y la corrección de la cultura mainstream.

– Es hermosa, sí – confirmé. Una isla a la que ninguna correctora editorial había suavizado la indómita lírica de su costa.

***

– Aquí tiene las llaves, Miss Kendrick – dijo la señora Petridis después de mostrarme la vivienda de tres alturas, incluyendo los dos cuartos de baño.

– Muchas gracias – respondí –, ha sido usted muy amable – añadí –. Y llámeme Elin, por favor. Son muy atentos conmigo, se lo agradezco.

La señora Petridis sonrió y me abrazó. Puede que leyera en mi rostro que lo necesitaba.

– Si precisa algo más, Elin – dijo despidiéndose –, tiene el teléfono de la inmobiliaria en la tarjeta. Le he anotado mi número de móvil en el reverso.

Ahora estás sola, me dije mientras la señora Petridis desaparecía tras una esquina de las apacibles calles de la isla. Sola. Rodeada de mar por todas partes. Soy una isla, pensé. Eso quiero ser. Una isla asida al tallo de los vientos. Recuerdo que sonreí. Eso pienso hoy, sin duda así está recogido en mi memoria, pero esta tiende a ser sutil y en ocasiones caprichosa. Como la brisa marina. En cualquier caso, quiero creer que sonreí. Seré una isla, llegué a susurrar, de eso estoy segura, habitada por las historias que pueda imaginar y visitada por los lectores que lleguen a mis costas.

La atmósfera de la isla era mágica en aquel mediodía. También recuerdo su luz. ¿Por qué no iba a sonreír al amparo de aquella luz? La luz de mi primer día como escritora en una preciosa isla del mediterráneo.

***

Ahora todo me parecía más sencillo. ¿Me había preguntado alguna vez si las cosas eran complicadas de por sí o si nosotros nos empecinamos en trocar la pureza de lo simple por la urgencia de lo banal? El atardecer había pintado de púrpura el horizonte y de pie frente a la muralla de piedra, que se adaptaba al contorno de la isla como yo aprendía a adaptarme a la misma isla, todo me parecía más sencillo. Escribí unas últimas líneas en el cuaderno de tapa dura que había viajado arrebolado en una maleta entre ropa revuelta y cinco libros – concretamente cinco –, y regresé paseando a mi nuevo hogar.

– Buenas tardes, Elin – me saludó con cordialidad una vecina.

– Buenas tardes – correspondí.

Todo era más sencillo.

Pasé las noches transcribiendo las notas manuscritas en el ordenador portátil. En ocasiones, creo que atraída por el murmullo del mar, aún volvía a salir a las callejuelas de madrugada, cuando la isla me pedía que dejara de lado el brillo artificial de la pantalla y saliera a bañarme de la luz antigua y fascinante de la luna.

Noche en la isla de Hidra.

Mi corazón extranjero palpitaba al ritmo del oleaje en aquellas noches, henchida del aire salobre que levantaba de la tierra reminiscencias de lluvia, hornos de pan, cal y yeso.

Soy esta isla, soy tú, le confesé en la quietud de una alborada.

***

Punto final. Del último capítulo. De una novela inédita. Escrita en las noches silenciosas de una pequeña isla del mediterráneo. Por una mujer nacida junto a las veredas verdes que cobijan cielos grises e impenetrables.

Punto y seguido. Vacilé antes de enviar el correo electrónico a Alice Bowen. No solo era una amiga. Era una de las mejores agentes literarias de todo Gales. Sentí miedo. Creía haberme liberado de la urgencia y del miedo. Pero allí estaban, presentes incluso en la terraza de la vivienda de tres alturas y dos cuartos de baño.

– Abróchese el cinturón y envíe el correo electrónico – me indicó el personal de cabina de un vuelo quimérico que estaba a punto de surcar los cielos azules y límpidos de la isla que me había recibido hasta las nubes plomizas de la isla que había dejado atrás.

Cerré los ojos. No escuché cláxones ni escandalera de sirenas.

***

– Como enhebrar un cabo por el ojo de una aguja – confieso a los asistentes a la presentación de mi cuarta novela –, así me parecía entonces que era. Componer la maleta para emprender un viaje hacia el lugar al que todos deberíamos llegar y que parecemos emprender solo por obligación y raramente por elección, como deberíamos. Un viaje hacia la realización. Hacia el cumplimiento de nuestros sueños. A mí me atrajo al mundo inabarcable de las palabras… – digo sonriendo, estoy segura de que sonrío –, que resultó estar contenido en el espacio que ocupa una isla asida al tallo de los vientos.


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El autor

Alexis López Vidal (Torrevieja, Alicante, 1979) es autor de artículos y relatos, ensayista y novelista. Ha obtenido diversos galardones de narrativa y poesía.
  • ISNI: 0000 0004 7765 6040

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