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El bribón apacentado

Y en nosotros acabar de esta pitanza y don Rodrigo de saber del encargo del abad, ...
Alexis López Vidal access_time 22 min lectura

En Prenda Por La Generosidad Brindada Al Humilde Siervo Del Señor Jesucristo y Que Fuelo Del Noble Señor Don Rodrigo De Castelar, Vasallo Del Muy Noble y Muy Digno Señor De Reinos Varios Que Fuelo Su Majestad Carlos I, Yo, Bartolomé Vientos, Llamado Rebollones El Bribón Por Causa Justa, Que Fue Este Nombre Impuesto Por Mi Señor Don Rodrigo, Consigno Esta Historia Que Es La Mía Al Bachiller Don Francisco De Mirambel, Que Con Tan Fervorosa Práctica De Los Mandamientos Del Creador Me Ha Acogido En Estos Mis Últimos Días y Mis Noches Últimas. A Día Primero Del Mes Cuarto Del Año De Nuestro Señor De Mil y Quinientos y Sesenta y Dos.

NOCHE PRIMERA,
en que le hablo al Bachiller
DE MIS ROPAJES AL CUIDADO DE UNA MONTURA Y CÓMO PASABA YO LAS NOCHES EN CASA DE MI SEÑOR

– Más le valdría a vuestra merced blandir ese chorizo con los perros, que para el paladar del hombre se me hace de sabor nocivo – esto le decía yo a mi buen señor don Rodrigo de Castelar, bien llamado el Justo por sus vasallos; que esto mismo tenía a bien dar de lo suyo, lo justo.

– Pero ¿qué dices malandrín? ¿Acaso no ves que este aroma tan pronunciado delata sin duda ninguna su procedencia, que es perfume propio del puerco que le ha dado origen? Anda, toma… Cómelo y no pongas a prueba mi buena voluntad, que peores son los bocados de los que se hartan algunos cortesanos que aquellos que pongo yo en tu boca.

El chorizo de la disputa con mi buen don Rodrigo era una ristra grimosa, de hedor nauseabundo y que aquel, después de haber desechado de su mesa, me restregaba sin compasión ninguna por las mismas narices.

– No agrie el carácter vuestra merced, don Rodrigo, que podría indigestar el lustroso queso de Tronchón del que gustáis.

Con los ojos descabalgados de sus cuencas miraba yo a aquel queso, y las vituallas ricas y variadas y sabrosas que lo acompañaban.

– Cierto es, bellaco, cierto es… Anda con los avíos a las caballerizas y cuida de que mi montura esté serena. Si acusa el frío durante la noche, préstale abrigo con tus ropajes, que esta vianda que te doy ya te proveerá a ti de calor bastante.

– Como ordene vuestra merced, don Rodrigo.

De esta fortuna me pasaba yo la vida en la casa de mi señor, pasando la noche en cueros para calentar a un asno desnutrido con ínfulas de corcel brioso. Mas por contra era en estas noches cuando saboreaba yo lo poco que de libertad disfruta un criado, cuando en las horas del sueño la casa aparecía despejada y la cocina carente de vigilancia. La alacena asaltaba yo desnudado, que eran mis vestidos en cuidado de la montura, y así, como mi madre me dispuso en este mundo, trajinaba moviéndome entre sombras y pellizcaba los quesos y amorraba los pellejos de vino hasta que saciaba mi hambre o colmaba mi sed o tiritaba de frío.

Esta costumbre dio pie a un suceso primero bueno y luego muy malo, que fue origen de gran disgusto para mi señor y molienda para mis huesos. Ocurrió que

NOCHE SEGUNDA,
en que le hablo al Bachiller
DE LA COSTURERA MARGARITA, MANTENIDA DE DON RODRIGO, Y LA TORMENTA QUE OBRÓ EL PRODIGIO DE NO DESCARGAR AGUA

don Rodrigo, que por designio del buen Dios perdiera a su amada señora doña Isabel por complicaciones de parto, y habiendo acontecido el quebranto años atrás, que era barba cana la de mi amo cuando sucedió esto que hablo, había encontrado solaz en la compañía de una moza costurera de nombre Margarita. Y juzgando oportuno que la tela de su sayo fuera aquella a remendar día sí y día también, y a fe que de buen hilo habían de ser sus costuras, como referiré más tarde, campó la muchacha de contino por la casa entera con reserva primero y audacia después, que pronto se le hizo bobería hacer ocultamiento de esta venialidad.

– Rebollones, haz cargo de esta muchacha y dispón del arcaz lo necesario para preparar un lecho, que se avecina tormenta y ya está su padre apercibido de que será guarda en mi casa – esto me dijo mi señor un día, y yo, extrañado de que el cielo abierto no dejara ver las nubes negras, tuve por cierto que eran otras sus intenciones y nada dije al respecto.

Al término de la cena, que la costurera Margarita compartió con don Rodrigo, en la que mi buen señor, por una vez dichoso de participar la mesa, bromeó y habló más de lo acostumbrado y regó cada chanza y cada historia con generoso vino, y en la que no me percaté yo de más truenos que mi rugir propio de tripas, fui mandado como era usanza a la caballeriza a disponer de abrigo al caballo. Y en entrando la noche, una vez que le hube perdido yo la aprensión a ser mal sorprendido, dejé al animal uniformado y bien provisto de ensilado y me encaminé a la cocina ya haciéndoseme la boca agua de pensar en unas codornices que a don Rodrigo se le hicieron gallos de haber llenado tanto el buche.

– Mejores zurcidos y puntadas te hacen falta, Rebollones, si tan roñosos te son los ropajes en tapar tus vergüenzas – esto, como lo refiero, fue lo que oí yo a mis espaldas.

La moza Margarita me miraba entre pícara y burlona, y no sabía yo si temer de la presencia de mi señor, por todo lo cual me vinieron a la cara muchísimos rubores, no sabiendo si sería mayor el castigo por abandonar a la montura, por saquear de su despensa o por verme descubiertos los atributos ante la zagala.

– No padezcas por tu señor, que le ha pesado mucho el vino y tan profundo es su sueño como sonadores sus ronquidos. Y el trabajo que el señor rehúsa es de ley que su criado lo emprenda.

Y en hora mala no pude yo desentenderme de sus lisonjas, que por bastante me fueron probadas sus muchas y muy amplias destrezas con las manos, que era costurera bien sabida, y sentí el seso nublado y unos calores que me entraban por dentro queriéndose salir afuera, y echando la soga tras el caldero tuve por bueno rendirme muy prestamente a su recuesta. De tal suerte que enharinado en aquel rebozado me vi, y aún sin haber comido hice ejercicio muy cansado, que aunque pocas algunas experiencias ya tenía, y sirviéndome de una mano libre agarré un queso que al alcance tenía. Así que sin liberar a la moza, andaba yo a las duras y a las muy duras, comiendo del queso y sirviéndole aquello que de mí se demandaba. Y a fe que hube de servirlo bien, que aquella prorrumpió en muchos y muy sentidos ayes y gemidos, y yo, con la boca llena de queso, no puede advertirle como debiera de que acallara un mucho sus voces. Por estas razones y, presumo yo, por extrañar la cama fría, despertó mi señor don Rodrigo, presentándose en la cocina advertido por los hondos suspiros. Y llegó con el gesto demudado y con una vara en la mano, que fue regalo de un moro y a la que tenía mucho aprecio.

– ¡Perdóneme vuestra merced, que el diablo me ha tentado!

– ¡Y por partida doble, según veo, que tienes a buenas poner una mano en la tetilla de queso y la otra en el queso de tetilla! – me replicó mi señor, todo encendido y mirándome muy fiero, y se vino a mí quebrándome su vara en la mollera, y sentida como cayado, y más aún, como garrote, la tuve yo, que me noté los cabellos mojados de la sangre que me corría y las entendederas torpes, que no oía más que un zumbido de abejorro en los oídos, y me creí herido de muerte y me vi amortajado y rodeado de candelas y la vida entera se presentó ante mis ojos como por ensalmo y tuve de ella pocos recuerdos gratos y acepté con aflicción su acabamiento. Mas no habrían de zanjarse así mis días, ocurrió que

NOCHE TERCERA,
en que le hablo al Bachiller
DEL MANDADERO CON ESCRITO DEL PADRE ABAD Y LOS HIGOS QUE ENCAPRICHÓ MI SEÑOR RODRIGO

fui amonestado duramente por mi señor y al final repuesto en mis obligaciones, que eran muchas y variadas, y me sospecho que necesarias porque eran más los méritos que me ganaba que las ganancias que después tomaba. A la costurera Margarita, en echar a correr el tiempo, no la vi más.

Toda vez que a mi buen don Rodrigo le pareció que esta historia que he referido era cosa vieja, y de vuelta a los menesteres que eran cosa frecuente en la casa, tuvo mi señor un encargo de la más alta gravedad e importancia. Terminaba este de almorzar, y yo de ver con una pena y una gana muy grandes cómo almorzaba, que aún pagaba con hambres mi encuentro con la moza, cuando se presentó un mandadero con misiva del abad Francisco de Solís, que era eminencia muy reconocida y muy ejemplar al cargo del monasterio de Solestrán. Huelga decir que ya en el tiempo que refiero, tal y como ha devenido en costumbre en los años transcurridos, era y es la parroquia de estos frailes al servicio de los lugares del contorno, como lo son Torre de Solestrán, Torre del Cerro, Solanas, Calamarga y Torre de don Valta, y en pago de esta pía labor recibieron en donativo del arzobispo de Toledo cuatrocientas ovejas, cuarenta vacas, ocho pares de bueyes para labrar sus heredades y un legado de cien mil maravedises, por todo lo cual estos monjes eran a la sazón bien provistos de fe y de dineros.

– Re-reciba vu-vuestra merced don Ro-Rodrigo estas letras del pa-padre abad, que con ur-urgencia reclama de vu-vuestra atención pa-para una obra que le-le es bi-bien importante – esto dijo el mensajero, que era monje novicio, y de sus palabras no hago burla, que si lo hablo de estos modos es porque era de lengua trabada y se le atrancaban las palabras en despedirse de la boca.

– Delicado ha de ser el trabajo si el abad me requiere, que es hombre pío como ninguno pero muy celoso de los asuntos propios. Trae acá ese escrito – dijo mi buen don Rodrigo, y dirigiéndose a mí me hizo gestos para que me acercara y me habló diciendo –. Rebollones, lleva a este fraile a la cocina y dale una jarrica de agua y unos pocos de higos, que le habrá pesado el viaje y más acarreando el peso de una responsabilidad grave.

Dicho esto, yo obedecí el mandamiento de mi amo y me llevé al fraile a la cocina, y vi que a este se le hacían los ojos grandes y relucientes como dos luceros al hablarse de comida, y pensé para mis adentros que aquel pollo era en su granja tan poco nutrido como yo en la mía. Mas servido de agua e higos, y viéndole comer con mucho gusto, y doliéndome mucho el vientre de las faltas de comer que yo tenía, y entretenido mi señor en el asunto que lo concernía, no tuve yo en cuenta mi penitencia y le di la réplica al fraile. Y con tanta ansia comí que aquel se sintió galgo azuzado por el dueño y de a poco a poco que comía de a mucho a mucho que acabó engullendo. Y así enconados en el tragar, dimos cuenta de todos los higos.

Y en nosotros acabar de esta pitanza y don Rodrigo de saber del encargo del abad, despedimos al fraile que abandonó la casa de mi señor con muchas y grandes alabanzas y salutaciones, que fue muy parco en estas en el entrar con el vientre hueco y muy pródigo en el salir una vez hartado, y tartamudo como era, se vino la hora de la comida cuando acabó de despedirse.

– Rebollones – me habló mi buen don Rodrigo –, tráeme de esos higos que le has servido al fraile, que en el hecho de mentarlos ya me han venido al capricho y los he tenido en él.

– Mire vuestra merced que eso no ha de ser, que este monje no ha dejado ni uno solo.

– ¿Tal pozo sin fondo escondía ese esmirriado que se ha cebado con dos libras de higos?

– Piense vuestra merced que la lengua del pobre fraile hace trabajo doble en cuanto dice, y por tanto, bien parece, que hace lo propio en el comer.

Don Rodrigo nada dijo ante esta ocurrencia mía; que si por convencido no lo creí, más ocupado en el menester encargado lo tuve que en rumiarse nuevos castigos que cargarme sobre los hombros. Y resuelto esto, ocurrió que

NOCHE CUARTA,
en que le hablo al Bachiller
DE LA MUY SERIA LABOR QUE FUE ENCOMENDADA A MI SEÑOR Y EL PERCANCE GRAVE QUE TUVO SUCESO

mi buen señor me confió el encargo del que hacía pedido el padre abad, y tuve yo enorme impresión de tenerlo sabido. Y consistía este en que a resultas de las muchas estimaciones y de las muy pías virtudes reunidos por estos frailes, y si tuve yo el recelo de que también por causa de sus muchos cuartos esto como me lo pensé me lo tuve por callado, el santo Papa de Roma les había concedido la custodia de un lignum crucis, que así es llamado un trozo de la cruz misma en que padeció tormento nuestro Salvador, y mi señor don Rodrigo era llamado a correr en su custodia de salteadores y maleantes toda vez que esta reliquia había de pasar por sus tierras.

– Advierte, Rebollones, que a nada que lastime esta reliquia bien puedo darme yo por encomendado a pocos santos, que ninguno de ellos me hará el beneficio de velar por mi alma. Y de muchos rezos habré de requerir si, Dios no lo quiera, alguna desgracia le ocurre, pues el abad de Solís es pariente muy próximo de ilustres varios y allegados al monarca, que es designio del cielo sembrar de estos honorables el cerco de la corona.

– Tenga descuido vuestra merced de mí, que habré de servir con mi vida a esta madera que Jesucristo ya bendijo con la suya.

– Tenlo por cierto, bribón, que aunque de largo es distante tu vida de la de nuestro Señor, habré de cobrármela si esta misión se tuerce.

Y con estas palabras, y otras similares que me ahorraré, pues ahondan en el detalle de las cosas muy malas que mi señor don Rodrigo me haría si la reliquia sufría de mal, nos encaminamos al límite que compartían las tierras de mi amo con las de su primo Santiago, que muy ufano hizo entrega de aquella haciendo ostentación de la labor servida.

– Aquí la tenga vuestra merced, primo, que en servicio a Dios la he conducido por mis heredades con el mayor cuidado.

Mi señor le dio las gracias al pariente, y le dio muchos saludos y le deseó grandes bondades para él y todos los suyos, pero me sabía yo bastante que de este familiar no quería el bueno de don Rodrigo mucha parte. Y así despedidos, partimos al cuidado del lignum crucis, que iba encofrado en una caja enjoyada que estimé de gran valor, de tres frailes que venían desde Italia y de un escribidor que tomaba apuntes de esta historia para el archivo de los monjes, como supe después. Yo no temía que tuviéramos percance con ladrones, que de hombres íbamos servidos, una docena arrastraba don Rodrigo tras su montura, y era número suficiente para persuadir a cualquiera, pero hice un rezo muy sentido a sabiendas de que si tocaba desenvainar la espada ahí sí que tendríamos problema, que eran todos los hierros de la armería con mucha herrumbre del tiempo, y los hombres poco motivados, porque mi señor en el cuidado de los unos y en las soldadas de los otros era escaso.

Como el camino se hizo cansado y el cielo se llenó de nubes, y estas no eran invisibles a los ojos como la tormenta que decía mi señor cuando la moza Margarita, toda vez que hubimos llegado a la casa de don Rodrigo dio este el mandamiento de acomodar a los frailes y hacer allí la noche. Y al igual que me pasaba a mí, al bueno de mi señor le entraron ganas de mirar en privado la reliquia, que pocas veces está uno ante un objeto que ha tocado por cierto la mano del mismo Dios. Y con la excusa de pretender hacer oración sentida en la capilla, la pidió prestada a sus dueños y se la llevó consigo.

– La apertura de este cofre no es solo por cuenta mía, Rebollones, que creer dignas mis oraciones de esta reliquia es soberbia, y eso es pecado. Ven, reza conmigo, que mayores y mejor conocidas son tus faltas y por tanto más justa necesidad de poderes divinos tienen tus plegarias – con esta excusa encontró razón don Rodrigo para husmear el aspecto que la reliquia presentaba.

Dicho lo cual dio mi señor seguida apertura al cofre y vistazo a su interior, cosa que también yo hice, y era un trozo pequeño de una madera oscura lo que adentro había.

– Con justa razón dicen que esto es madera de la vera cruz, que de tal clase no la hay en estas haciendas y no puede ser más que de tierra santa – dijo don Rodrigo.

Yo juzgué ciertas sus palabras pero a fe que, sin haber pisado nunca el terruño en el que padeció pasión nuestro Señor Jesucristo, aquella madera me pareció conocida de antes. Todo seguido mi buen amo me mandó hincar de rodillas frente al altar y rezar unos padrenuestros y unos avemarías y pedir por devolver la reliquia al día siguiente sin tropiezo que hubiese de ser lamentado.

Mas huelga decir que, a veces, el buen Dios está a otros menesteres y, como suele decirse, del dicho al hecho grande es el trecho. Y hablo todo esto porque, en entrando la noche y desnudado como era uso para tener templado al jamelgo, y desatada una tormenta como pocas he padecido yo en mi vida, y en preocupado de esquivar los muchos y muy numerosos goterones que en la caballeriza se abrían, se hizo el frío tan de mal llevar que ni abrazado al caballo como a una querida lograba que me entraran de vuelta los calores. Y barruntando en qué podía yo emplearme para no enfermar de grave, di por bueno el razonamiento que me vino a la cabeza de prender un pequeño fuego. Y por muy acertada que tuve la idea, que así me volvió el color a las mejillas. Mas resuelto aquello, el vientre me dio punzadas, que si me estaba hablando de hambres con el frío no lo oía, y una vez el frío callado, a grandes voces me estaba gimiendo. A recuestas de esto que hablo, me fui para la cocina como era costumbre de tantas noches. Pero ¡ay!, no se puede repicar y estar en la procesión. Y refiero esto porque olvidado de apagar las lumbres con que me había calentado, que el seso lo tenía yo en casar a una hogaza con una longaniza, dijo el fuego de echar a correr por la casa. Y para gran desdicha mía, que mucho lo habría de lamentar, antes de apaciguar las llamas contamos como pérdida la capilla. A resultas de este incidente me veía yo dispensado de toda misericordia, y esperaba temblando la llegada de mi señor para poner término a mi vida, mas ocurrió que

NOCHE QUINTA,
en que le hablo al Bachiller
DE CÓMO SE DIO BUEN FIN A LA VARA PARTIDA DE DON RODRIGO Y DE CÓMO EN MERECIDO PREMIO FUI POR BIEN APACENTADO

mi buen don Rodrigo se presentó con gran congoja y unos lagrimones como cirios, y haciendo un aparte conmigo me habló en palabras muy sentidas y en voz muy baja.

– ¡Ay, bribón, mal rayo me parta! Y que tal rayo sea el mismo que prendió fuego a mi casa…

– Sí, sí – dije yo, con el alma de vuelta al cuerpo –, eso fue. ¡Un rayo!

– ¿Qué habría de ser si no?

– Perdone vuestra merced, que no sé lo que me digo, razón tenéis. ¿Qué habría de ser si no? Y ¿por qué padecéis? El fuego solo causó estrago en la capilla…

– ¡Insensato! ¿No lo ves? Allí dejé la reliquia, ¡y ahora es pasto de las llamas!

Huelga decir que esta revelación me causó una impresión profunda, y que me sospeché cuestión de tiempo que mi buen señor diera por descubierto el origen del fuego, y que a sus manos o a las de los frailes se diera cuenta de mis días.

– Y ¿qué sugiere vuestra merced que se haga?

– Carga tú con las culpas, Rebollones, y serás por bien apacentado.

– Pero es delito muy grave el que me propone aceptar vuestra merced, y podría acabar en larga pena ¡o en muy corta si me dan muerte!

– ¿Y qué sugieres, bellaco, que me declare responsable de semejante villanía?

Ante este cruce me hallaba detenido, que cualquier camino a andar se me hacía que acababa en sitio malo, y me acordé de la reliquia y se me vino a la mente cómo era, y en pensando dije ¡ole!, y tuve un pensamiento que creí muy oportuno.

– ¿Conserva vuestra merced la vara que con razón muy justa me partió en la cabeza?

– Sabe Dios que sí, bellaco, que era regalo muy preciado de un moro que lo trajo de su tierra. ¿Qué te propones?

– Me presumo que es de un tronco que no crece en estos montes.

Y dicho aquello se dio mi señor por enterado, y mandando traer un cofre que le costó muchos dineros pero que pagó con gusto, guardó dentro un trozo de su vara, y con grandes gestos lo hizo entrega al padre abad Francisco de Solís, que lo dio por bueno, y desde entonces fueron muchos los prodigios y milagros que el callado de mi señor obró, que así está escrito en el archivo que consignan los frailes.

Huelga decir que, al fin, fui por bien apacentado.


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El autor

Alexis López Vidal (Torrevieja, Alicante, 1979) es autor de artículos y relatos, ensayista y novelista. Ha obtenido diversos galardones de narrativa y poesía.
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