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Tregua por Navidad

La nota, escrita con la pericia escasa del amanuense reacio a empuñar la pluma, venía a proponer un alto el fuego ...
Alexis López Vidal access_time 7 min lectura

El abuelo Teofrasto nació en Cástaras, un pueblo de la Alpujarra Granadina de casas encaladas que se arraciman en derredor de una parroquia y callejuelas empinadas y que zigzaguean como aupándose desde el valle a lomos de la sierra. Esta villa y morada de apenas unos cientos de castareños vio nacer, además de a mi abuelo, a una mentada poeta en el siglo XI cuyos versos, para pesar de sus descendientes, se han perdido en el correr de los siglos. De la aludida Muhya bint Ibn Abd ar-Razzaq, precisamente, hablaba el maestro en aquella mañana de diciembre cuando Teo el Camillas, apodo que recibió mi antepasado tras caer de la copa de un fresno y ser trasladado a la casa del practicante con la pierna rota, recibió una misiva por debajo del pupitre de puño y letra de su archienemigo declarado, Josías el Guarrús, sobrenombre heredado por toda la familia. La nota, escrita con la pericia escasa del amanuense reacio a empuñar la pluma, venía a proponer un alto el fuego y decía lo siguiente: «tregua por Navidad».

El general Camillas, a sus ocho años, arrastraba el pesar de una contienda enquistada, dirimida en lances a pedradas y una dialéctica beligerante donde los «y tú más» escalaban unos sobre otros hasta cotas altas como una torre. Releyó la misiva, sopesó el cansancio de sus tropas, los cuatro puntos que Antoñito el Boquitorcía lucía sobre la ceja izquierda y retornó la nota tras haber escrito en la misma su respuesta: «al salir de la escuela en el Barrio Alto».

Un solecito cobarde se asomaba con remilgos por entre las cumbres de Sierra Nevada y muy abajo, en sus faldas, entre callejas empedradas, el Guarrús tomó la palabra al frente de su ejército conformado por Román el Chiquiticapo y Amancio el Letrecista.

Camillas, queremos una tregua por Navidad —dijo. El Chiquiticapo y el Letrecista asintieron con convicción.

—¿Eso cómo es? —preguntó mi abuelo. A su lado, el Boquitorcía y Genaro el Granaíno, que había nacido en Cástara pero su padre era oriundo de Granada y los motes saltan de una generación a otra como las pecas de la nariz, se miraron buscando en el otro el porqué de la tregua.

El Guarrús arrugó la frente para rescatar del seso tierno el conocimiento que se le requería y comenzó a explicarse:

—Me lo contó el maestro cuando me vio el otro día en la linde buscando pedruscos y palos. Me preguntó que para qué y yo le dije que para pelearnos y él me dijo que para qué nos peleábamos y yo le dije que para tirarnos piedras y darnos con los palos y puso una cara como de que no me entendía y me dijo que llegaba la Navidad y que en las guerras en Navidad se hacen treguas de no tirarse piedras ni darse con los palos ni pegarse tiros. Bueno, tiros no nos pegamos nosotros, pero tú ya me entiendes, Camillas.

Mi abuelo meditó las palabras del Guarrús y se volvió para conocer el parecer del Boquitorcía y del Granaíno. Los dos se encogieron de hombros al unísono, descargando la responsabilidad en el Camillas, que para eso era su caudillo.

—¿Y no nos llamaréis cobardes si nos cruzamos por el pueblo sin tirarnos piedras? —preguntó mi abuelo con una lógica aplastante.

El Guarrús negó con la cabeza.

—No se puede, porque en Navidad hay que portarse bien para que te traigan regalos y para eso son las treguas, porque si no a los soldados les traerían siempre carbón por andar pegándose tiros —respondió.

Mi abuelo tuvo que reconocer que la lógica del Guarrús también era sólida.

—¿Y qué hacemos en lugar de pelearnos? —inquirió el Boquitorcía, confuso. La guerra le había dado un orden a su modo de estar en el mundo, unas reglas básicas de conducta, y una cicatriz en la frente de la que estar orgulloso, y ahora, en el albor del armisticio, se sentía desubicado.

—Podemos jugar a churro, pico y terna —sugirió el Granaíno.

—Vale, pero mezclados —matizó mi abuelo —porque si no es un poco como seguir a la gresca.

Todos celebraron la idea y los ejércitos se diluyeron. El Guarrús, el Letricista y el Camillas formaron un equipo, doblando el cuerpo por la cintura. El Boquitorcía, el Granaíno y el Chiquiticapo saltaron sobre sus espaldas. Así echaron el rato, alternando saltos y risas, hasta que la voz limpia de sus madres les reclamó por entre las tapias blancas de cal para dar cuenta del puchero.

—Mañana seguimos si tú quieres, Guarrús —sugirió mi abuelo.

—Es que mañana tengo que ayudar a mi padre en la almazara —respondió el otro con fastidio.

—Pues te ayudamos todos y así acabas antes. Eso se hace en las treguas por Navidad, ¿no? Lo de ayudarse.

El resto estuvo de acuerdo y al día siguiente se afanaron en asistir al Guarrús en sus quehaceres. Y como llegaban las vacaciones y al Boquitorcía no se le daba bien el cálculo pero el Letrecista era un fenómeno con los números y con la corriente alterna, se ofreció a ir a su casa a merendar pan con chocolate y repasar las tablas de multiplicar. El Granaíno y el Chiquiticapo se hicieron inseparables, pues ambos se reconocieron saltadores admirables y comenzaron a profesarse un respeto profundo por sus respectivas cualidades atléticas. Mi abuelo y el Guarrús, conocedores del peso que el poder ejerce en épocas de hostilidades, fraguaron en ese entonces una amistad sublimada por las confesiones y las carcajadas que compartieron a la vera de los acebuches.

La mañana del día de Navidad los combatientes en tiempo de paz confirmaron las bondades de la tregua, desenvolviendo con ansia los regalos que les aguardaban de buena mañana. No tardaron los unos y los otros, con el desayuno aún botando en el estómago, en llamar a la puerta de las casas de los demás para exhibirlos embriagados de felicidad.

Cuando acabaron las vacaciones y se retomaron las clases, el maestro se tropezó con el grupo jugando en la plaza del pueblo.

—¿Ya no andan ustedes tirándose piedras y dándose con palos? —preguntó divertido.

Se miraron unos a otros con desconcierto y acordaron prolongar, por tiempo indefinido, la tregua por Navidad.

Esta historia nos refirió siempre el abuelo Teofrasto, cada Nochebuena, y ha servido para pacificar reproches y disputas familiares desde un tiempo inmemorial, reconociendo inútil el empeño en discutir por naderías si la Navidad trajo la paz a dos ejércitos como los suyos.

Había que admitir que la lógica del abuelo era aplastante.


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El autor

Alexis López Vidal (Torrevieja, Alicante, 1979) es autor de artículos y relatos, ensayista y novelista. Ha obtenido diversos galardones de narrativa y poesía.
  • ISNI: 0000 0004 7765 6040

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