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Primitivo

Andrade extrae un pañuelo blanco con sus iniciales bordadas en una esquina, con hilo azul, por su mujer, ...
Alexis López Vidal access_time 20 min lectura

Prefacio

Andrade extrae un pañuelo blanco con sus iniciales bordadas en una esquina, con hilo azul, por su mujer, y se lo pasa sin miramiento por la comisura de los labios, restregándolo contra el hocico fungoso y la mejilla hirsuta y sudorosa. Nadie ha tenido valor de mirarle a la cara. Joaquín Andrade. ¿Quién se iba a atrever a decirle nada, a él, precisamente, que inventó para los demás la palabra «miedo» y ahora es la viva estampa del espanto?

Oiarzábal, que teclea usando dos dedos, deja de golpear con lástima la máquina de escribir Olivetti, dando por finalizado el atestado.

– Subinspector – dice –, ya he terminado.

Andrade lo escucha a su espalda, encaminándose nuevamente a toda prisa hacia los lavabos de la comisaría con el vómito pugnando por brotar de su garganta. La puerta se cierra tras él, con un golpe seco.

El reloj de pared que pende frente a Oiarzábal le indica que restan pocos minutos para las diez de la mañana.

«Ha sido una noche muy larga» – piensa, y se reta a sí mismo a releer las páginas recién mecanografiadas aún a riesgo de descomponer del todo su cordura. – Como el estómago del subinspector… – añade en voz baja, aunque está solo.

I

El subinspector de policía Joaquín Andrade permanece inclinado, pese a su corpulencia, hasta comprobar con la meticulosidad habitual los bajos de su vehículo. Al incorporarse, mientras se palmea la pernera de los pantalones, concluye la que es una rutina diaria lanzando una mirada furtiva al interior del SEAT 127 de color beis. De soslayo, las miradas de sus hijos, tamaño carné, sobre un «no corras papá» descolorido, le devuelven el gesto. Andrade bufa, acusando el esfuerzo, se mesa el cabello repeinado, abre la puerta, se sienta pesado, arranca el motor y se dirige a la comisaría de policía envuelto en un aroma a after-shave Floïd que le es propio y dispuesto a

– …repartir ostias ¿me entiendes, pedazo de mierda? Os voy a repartir más ostias que un sacristán como no me digas ahora mismo qué coño estabais haciendo en el cementerio.

Un pequeño flexo de metal, con el brazo curvado, proyecta la amenazadora sombra de Andrade sobre un tipejo escuálido, con el rostro henchido de moretones, esposado a una silla. Luce en su frente una especie de cruz grabada toscamente, quizás con la hoja de un cuchillo, lo que le da un aspecto enloquecido. Apenas caben los dos en el cuartucho, alrededor de una pequeña mesa de madera, magullada por la acometida de uñas y dientes, que hiede a sangre añeja, humedad y miseria humana.

Del cuarto contiguo llega ahogado un grito. El tipejo clava sus ojos protuberantes, de batracio, en Andrade y esboza una sonrisa que revela las encías inflamadas y unos dientes irregulares moteados de sangre a fuerza de golpes. Al cuarto contiguo llega diáfano el alarido de dolor que precede a un golpe sordo contra la pared.

La puerta de la minúscula sala de interrogatorios se abre lo suficiente para que el rostro del comisario Giménez asome y, sin reparar en el interrogado, se dirija al subinspector.

– Andrade, salga un momento.

Andrade detiene el envés de su mano derecha a pocos centímetros de impactar por antepenúltima vez contra el pómulo del tipo anclado a la silla.

– Ya mismo, mi comisario… – repone Andrade.

– Ya – replica el comisario, que se marcha dejando la puerta abierta. Todavía se escucha una última palmada, como si alguien aplastara una mosca, desde el interior, antes de que el subinspector Andrade siga por el estrecho pasillo de las dependencias policiales al comisario Giménez, mascullando entre dientes.

Giménez le espera junto a la puerta de su despacho.

– Entre, Andrade – le dice y consulta la hora en su reloj de muñeca –, quiero ponerle en antecedentes y se hace tarde.

Andrade entra en el despacho y se sorprende de la inmediatez con que el comisario Andrade ha sustituido la fotografía del caudillo por la del joven monarca. No espera a que el comisario le invite a sentarse, y tampoco a que le ceda la palabra.

– Comisario, si es por los interrogatorios… No hay otra manera de que canten, se las saben todas, ya me entiende… Usted me dirá que si los tiempos han cambiado, que si hay que acomodarse al nuevo régimen, que si…

– Andrade, los restos que han aparecido en los destrozos del cementerio son humanos – dice cortante Giménez, sin tener en consideración la perorata de Andrade – y pertenecen a Julia Itúrbide.

– ¿La hija del ministro? ¿La desparecida? ¡Coño! Pero ¡si estaba cantado que era un secuestro político! ¿Qué estaba haciendo con esa gentuza?

– La evisceraron, todavía viva, por las marcas que dejó el forcejeo… y el forense ha dictaminado que los restos que no han sido hallados aparecerán dentro del sumidero de los calabozos en que hemos metido a esas malas bestias – Giménez está de espaldas, observando desde la ventana de su despacho. Andrade se retuerce en su asiento.

– Me cago en todo – musita Andrade –, por lo menos esos ya no comerán otra cosa que su propia mierda…

– Esto no ha acabado, Andrade. Me han agriado el desayuno con la noticia de un suceso con demasiadas semejanzas. Al sacerdote de una parroquia de barrio, el padre Berasategui, le han rebanado la garganta frente al Altar Mayor. Y el hijo del general Salvatierra ha desaparecido. Me han ordenado que me presente en la Jefatura Superior y quiero que venga conmigo.

II

Mientras se aproximan, Andrade observa desde el exterior de la holgada sala a tres individuos; deduce que el primero de ellos, de pie y parapetado tras un ampuloso escritorio de madera, vestido con traje y corbata, debe ser el gerifalte de la Policía que ha solicitado la presencia del comisario Giménez; frente a este, y a la izquierda, aguarda un militar de mediana edad – «tres estrellas y cara de circunstancias», piensa Andrade, «ese debe ser Salvatierra» –; a la derecha, con una mano sobre otra bajo un llamativo crucifijo dorado, les observa alguien que parece pertenecer a la curia eclesiástica.

Giménez da los buenos días y excusa con servidumbre su tardanza.

– Le he mandado llamar porque confío plenamente en usted, Giménez – dice el jefe López de Ayala, tras el escritorio –, y este asunto requiere de personas diligentes y de confianza. Les presento al general Salvatierra y al padre Avilés…

– Mi hijo ha desaparecido, comisario – interrumpe Salvatierra. Andrade nota en su tono de voz una desesperación impropia de un alto cargo militar, y pierde enseguida el poco o ningún pudor que le produce estar en presencia de estos personajes – ¡tiene que encontrarlo! De lo contrario… – prosigue gimiendo el general.

– De lo contrario, sus padres permanecerán en vilo, usted lo entiende – interrumpe esta vez el padre Avilés. Giménez intuye al instante que el sacerdote trata de ocultar algo.

– Padre – el comisario Giménez se dirige sin reparo a este hombre de faz cetrina y nariz aguileña –, necesito que me lo cuenten todo, o no podré hacer nada. Para cuando encuentre al muchacho es posible que haya seguido la misma suerte que la hija del ministro Itúrbide. Perdone que sea tan franco, general – añade el comisario dirigiéndose a Salvatierra pero escrutando la reacción de Avilés.

– ¿Qué tienen que ver los hijos de un ministro y un general con asesinos profanadores de tumbas y de iglesias? – exclama Andrade, sin poder contenerse. Giménez no le amonesta; sabe hacer uso de su perro de presa.

– Subcomisario Andrade – le espeta el jefe López de Ayala –, su presencia aquí es innecesaria y está empezando a ser molesta…

Andrade no disimula el orgullo que le produce que el gerifalte sepa quién es; es un grano en el culo de mucha gente.

– Jefe – dice Giménez –, creo que la pregunta es del todo apropiada. Padre Avilés, parece que usted, por encima del resto, sabe más de lo que cuenta.

Avilés guarda silencio unos instantes, acariciando con los dedos arácneos el crucifijo dorado.

– Estaban prometidos, comisario – responde –. Ejerzo como consejero espiritual de la familia Salvatierra y los jóvenes estaban a mi cargo. Hace poco más de un mes, Santiago, el hijo del general, me hizo saber en una conversación privada que renunciaban a seguir bajo mi guía y que optaban por el padre Berasategui.

– El sacerdote que ha sido hallado muerto esta mañana – apunta Giménez.

– Le han rajado la garganta – matiza Andrade.

Avilés se arma de paciencia ante la impertinencia de Andrade y continúa hablando.

– Berasategui era un erudito, y también una especie de disidente. Una combinación peligrosa para un miembro de la Iglesia. Tras décadas al servicio de la Biblioteca Apostólica Vaticana, al final, sus teorías lo condujeron de regreso a España al frente de una insignificante parroquia.

– ¿Qué teorías eran esas? – pregunta Giménez.

Avilés titubea, pero finalmente opta por responder.

– Berasategui encontró un volumen descuadernado, hace años, en una biblioteca de Maguncia. Unaussprechlichen Kulten. Un escrito críptico, sin sentido en la mayor parte de sus páginas, escrito por un tal Friedrich Wilhelm Von Junzt. Berasategui defendía, Von Junzt en realidad, que… – Avilés se detiene y respira con gravedad. – ¿Le dice a usted algo la palabra transmigración, comisario? – pregunta el sacerdote. Giménez niega con la cabeza. – La transmigración, o metempsicosis en su origen griego, es el nombre que recibe la creencia del traspaso de la conciencia a otro cuerpo físico. El libro defiende que en verdad el hombre es el contenedor de una entidad superior, anterior y más pura, primigenia se diría, y que ha degenerado o se mantiene latente. Propugna que con los ritos adecuados, las fórmulas específicas… Tradiciones paganas y blasfemas… Cuerpo y mente podrían regresar a su estado primitivo.

– Comisario – dice el general Salvatierra –, mi hijo ha desaparecido y puede ser responsable de la muerte de Julia Itúrbide y del padre Berasategui. Y es probable que lleve consigo ese libro del demonio. Ha enloquecido… ¡Encuéntrelo antes de que haga más daño!

Giménez medita el problema por unos instantes, y se dirige a Andrade tras despedirse con una leve inclinación de cabeza.

– Quiero que vuelva a hablar con los implicados en el destrozo del cementerio. A su manera.

Los nudillos de Andrade crujen a modo de respuesta.

III

– No volveré a pedírtelo tan amablemente, hijo de puta – le espeta Andrade al tipejo escuálido de ojos saltones, sacudiéndole por la camisa sucia –, dime dónde está Santiago Salvatierra. ¿Os lo habéis comido como a Julia Itúrbide? ¿Es eso? ¿Y Berasategui? ¿Lo mataste tú, pedazo de mierda?

El comisario Giménez ha empezado a perder la paciencia. Al cabo de una hora, las atenciones de Andrade para con el detenido no han dado apenas fruto. El desconocido, sin documentación ni ficha policial, tan solo farfulla incoherencias.

– El cambio se acerca… – susurra salivando sangre mientras Andrade lo zarandea – No podéis evitarlo.

– ¡El libro! – exclama Giménez de súbito. La atmósfera es sofocante, después de que tres personas hayan compartido un espacio tan reducido durante tanto tiempo – ¿Tiene que ver con el libro? La transmigración… ¿Ese es el cambio?

Giménez sorprende al tipejo con la guardia baja; su gesto de sorpresa ante la mención del libro delata que se ha acercado a algo concreto.

– El hijo de Salvatierra no está muerto, Andrade, tiene ese libro – deduce el comisario – y quiero saber dónde se encuentra.

El detenido esputa un cuajo de sangre y habla con dificultad. La marca de su frente es un tercer ojo que les observa con rabia.

– No pueden hacer nada… Se ha nutrido del alimento de los dioses y se ha rebelado contra su maestro… Pronto dejará de ser un hombre para ser un…

Alguien entreabre la puerta, mientras el comisario Giménez y el subinspector Andrade tratan de buscar un sentido lógico a semejante galimatías. El agente Oiarzábal anuncia que el padre Avilés ha pedido entrevistarse con el comisario. A solas. Giménez se marcha dejando a Andrade con la orden de proseguir con el interrogatorio. El subinspector acomete el mandato con agrado.

El padre Avilés aguarda de pie junto a la ordenada mesa de despacho del comisario Giménez y, por su expresión sombría, este barrunta que no trae consigo ninguna novedad que aliente un desenlace propicio para este asunto.

– Comisario, perdone que me presente de improviso, pero es esencial que hable con usted. Yo… Verá, usted tenía razón, no podía hablar con total libertad ante el general Salvatierra… Y no he sido del todo sincero…

– No me sorprende, padre. Y no me sorprenderá nada de lo que haya venido a contarme – Giménez enciende un cigarrillo y aspira el humo lentamente. Lo expulsa en una bocanada al tiempo que contempla las espirales fantasmagóricas que se elevan en el aire –. Ahora dicen que el tabaco mata, cuando mi abuelo murió a los noventa años con el cigarro en la boca. ¿Sabe qué? Atendemos suicidios de idiotas que creen que a su muerte los recogerá una nave intergaláctica… En fin, el mundo se está yendo a la basura. Y usted lo sabe mejor que nadie, ¿verdad?

– Santiago Salvatierra no conoció a Berasategui por casualidad. Yo les presenté. Durante años lidié con el Vaticano para impedir la excomunión del padre Berasategui. Finalmente no pude más que claudicar ante una salida honrosa para él, acomodándolo al frente de la parroquia en que han encontrado su cuerpo sin vida. Era un sabio, ¿comprende? Un iniciado en un camino que un sector mayoritario de la Iglesia se empeña en no transitar, por cobardía. Dios creó al hombre a su imagen y semejanza y por ello lo más lógico es pensar que la divinidad reside en nosotros mismos… – Avilés habla con una convicción antigua, profunda.

– ¿Y le parece que ese camino conduce a devorar las entrañas de una adolescente y devanar el pescuezo de un viejo sacerdote? – interpela Giménez.

– En las últimas horas he pensado mucho en ello, comisario, y empiezo a creer que en el plan original de Dios nuestro cuerpo material fue concebido no para servir de crisálida a un ser más puro sino como cárcel a un horror inimaginable.

Giménez aplasta el cigarro a medio consumir contra un cenicero de cristal.

– Dígame dónde está Santiago Salvatierra, padre.

Andrade irrumpe en el despacho con la camisa sudorosa y salpicada de pequeñas motas sanguinolentas.

– ¡Hay una cripta bajo la parroquia, comisario! Al final ese caníbal asqueroso ha cantado.

– Bien, Andrade, vayamos a verlo – dice Giménez.

– No creo que quieran verlo… – se lamenta el padre Avilés – No creo que se atrevan.

IV

Hace frío. El tiempo parece contraerse en el interior de la cripta, alargando en exceso los pasos vacilantes, las respiraciones entrecortadas de los tres hombres. El comisario Giménez y el subinspector Andrade avanzan mientras las linternas proyectan sus siluetas deformadas sobre los muros travestidos de telarañas, internándose en un mundo proceloso de amenazas que se descubre bajo el cañón ciclópeo de sus pistolas. Tras ellos, el padre Avilés sostiene el revólver que Andrade colocó a regañadientes entre sus manos trémulas y recita de memoria una oración cuyo origen se pierde en la génesis misma de la realidad tangible.

Un cadáver contorsionado en una postura indigna los recibe al poco de internarse en el lúgubre corredor; las entrañas se encuentran esparcidas en derredor y la sangre ha formado un charco oscuro e insondable, tanto que los tres hombres llegan a atisbar un pozo en el que se conserva destilada en su quintaesencia maléfica una vileza para la que no están preparados.

– Miren su frente. Es el mismo símbolo – indica Giménez, haciendo un esfuerzo por iluminar el rostro del cadáver, deformado en una mueca de pavor infinito –, lleva grabada una cruz idéntica a la de los detenidos en el cementerio…

– Es el Ankh, comisario – repone Avilés –, las raíces de la fe cristiana y las creencias egipcias se hallan mucho más imbricadas de lo que imagina. No le sorprenda que muchos de los primeros seguidores de Cristo se parapetasen en la nueva religión con el propósito de proteger un culto pretérito. Y en el que también se profesaba devoción a una cruz. Esta cruz… A través de la neb–ankh, la meditación espiritual que practicaron los valedores del culto Rametep, Santiago Salvatierra ha liberado algo que nunca debió de abandonar su confinamiento… – la voz del sacerdote se apaga por un instante – Ph´nglui mglw´nafh Cthulhu R´lyeh wgah–nagl fhtagn… – pronuncia ensimismado, realiza el gesto de la cruz con una gravedad reverencial y un miedo cerval se lee en sus ojos con la misma facilidad que la sangre que ha jalonado las paredes refulge a la luz de las linternas – …en su morada de R’lyeh el difunto Cthulhu aguarda soñando.

Giménez y Andrade no comprenden a qué se enfrentan, pero ambos están convencidos de que no han estado ante nada parecido en su vida.

– ¡Todo es culpa mía! – exclama al fin Avilés. El eco de un disparo se abre paso por entre los confines húmedos de la cripta cuando se descerraja un tiro que le atraviesa el ojo derecho y abre un agujero en el cráneo por el que cabría un puño.

– Pero… ¡Qué coño! – grita Andrade. El subcomisario está cubierto de materia encefálica. El cuerpo del padre Avilés yace inmóvil en el suelo, junto a los restos de un desgraciado sin nombre con un extraño símbolo marcado sobre la frente.

«Ha acabado con su vida sin pensarlo dos veces. Ha aceptado su muerte sin más. Como el ganado» – piensa el comisario Giménez. No lo dice en voz alta, pero se pregunta si también ellos, ambos, se encaminan al matadero.

Un grito imposible para una garganta humana les llega con claridad desde el fondo del pasillo, allí donde este parece abrirse en una sala. Andrade y Giménez continúan avanzando en la oscuridad, traspasando con creces el punto sin retorno. El hedor es insoportable. Por doquier se descubren esparcidos lo que en su día debieron de ser hombres y mujeres, tal vez, por su aspecto, se diría, que no lo fueron nunca. Desgarrados, deshechos, devorados.

Un bulbo gelatinoso, gigantesco, palpita en el centro de la estancia.

– ¿Qué clase de infierno es este, comisario? – balbucea Andrade.

Giménez no le atiende. Está atrapado por la cadencia hipnótica de los latidos de una matriz grotesca en cuyo interior algo parece moverse. Se acerca seducido por una voz que nadie más escucha. Andrade no se ha percatado. Tarda en reaccionar. Lo suficiente para que un brazo amorfo emerja del interior de la abominación y desgarre la garganta del comisario. La sangre comienza a cubrir su cuerpo sin vida.

Andrade dispara contra la deformidad del bulbo hasta que el chasquido hueco de su pistola reglamentaria le indica que ha agotado todas las balas. Los latidos han cesado. Ahora solo escucha los suyos propios, martilleándole las sienes. Da unos pasos. Examina de cerca los monstruosos restos de los que fluye un líquido oscuro, espeso y maloliente.

Epílogo

El agente Oiarzábal no puede evitar un estremecimiento al releer las últimas páginas del atestado que consigna la muerte del comisario Giménez. Se alegra de que el subinspector Andrade le reventara la cabeza a ese sacerdote enloquecido, padre Avilés, culpable de fundar una secta de herejes, y asesinos, y pervertir y acabar con la vida de la hija del ministro Itúrbide y del hijo del general Salvatierra. Y en última instancia de acabar con la vida del comisario Giménez. «Sin duda un buen hombre», piensa.

Aparta la mirada de las cuartillas sembradas de renglones por la máquina de escribir Olivetti. Solo emplea dos dedos, pero se maneja bien. Suspira y consulta de nuevo el reloj de pared. Las diez y media.

«En verdad ha sido una noche muy larga» – se dice.

Tras la puerta de un retrete, el subinspector Joaquín Andrade yace con la cabeza ladeada, sobre un inodoro manchado de valerosa mierda de policía. Ha muerto tras vaciar su estómago de comida mal digerida, de bilis y finalmente de un limo negruzco y pestilente que se arrastra por el suelo del urinario, sembrado de colillas y pisadas. Es algo anterior al hombre. Está por encima de él. Cautivo durante un período mayor que el propio tiempo. Y ahora libre. Una masa deforme carente de humanidad, de sentimientos y de piedad.

Primitivo.


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El autor

Alexis López Vidal (Torrevieja, Alicante, 1979) es autor de artículos y relatos, ensayista y novelista. Ha obtenido diversos galardones de narrativa y poesía.
  • ISNI: 0000 0004 7765 6040

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