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Oropel

Se lamió las heridas como si fuera un perro, o más bien lo era, un perro viejo y renqueante, sólo que con un amo pusilánime que no acometía el trabajo liberador de ...
Alexis López Vidal access_time 3 min lectura

Se lamió las heridas como si fuera un perro, o más bien lo era, un perro viejo y renqueante, solo que con un amo pusilánime que no acometía el trabajo liberador de amartillar el arma y poner fin a sus días. Y sus heridas… invisibles y no por ello menos dolorosas, lacerando el alma temblorosa como un enjaezado de espinas. Una masa grisácea había devorado el azul del cielo y amenazaba con el fin del mundo, fustigando aquí y allá un látigo eléctrico que iluminaba la oscurecida tarde.

– Vamos… – suplicó por enésima vez – ¡Llegaremos tarde, Oropel!

Ella le miró con aquellos ojos de mar profundo y eterno, como la promesa que encerraban. Él volvió a desviar la mirada, dejando caer nuevamente la ilusoria arma de sus manos. Aquellos ojos eran mucho más de lo que podía cargar sobre sus hombros, prefería evitar el peso de esa mirada a acarrear el tantálico remordimiento de sentir la azulada iridiscencia de sus pupilas.

– Oropel, por favor, no lo hagas más difícil – él insistió, aún consciente de que caminaba por un sendero concéntrico que lo conducía a repetir las mismas frases y a obtener la misma respuesta una y otra vez, como en un sueño atrapado dentro de otro sueño.

– No me hagas ir – musitó ella con un hilo de voz. Sus palabras apenas llegaron a los oídos de él, subyugadas por el atronador estruendo del cielo que seguía recordando su amenaza.

Pequeñas gotas de lluvia sembraron de topos el asfalto cuarteado y él abrió un paraguas de cuadros escoceses y la atrajo hacia sí.

– Vas a mojarte, Oropel. Y vamos a llegar a tarde – dijo, atreviéndose por un instante fugaz a concentrar de nuevo su atención en aquellos ojos.

Ella permanecía ensimismada en el afanoso trabajo de la incipiente lluvia, que se esforzaba por cubrir de una pátina brillante la deslucida calle por la que se internaban. Un vehículo cruzó frente a ellos con los faros encendidos, encontrándose por un intervalo con sus pupilas azules tachonadas de pirita, que refulgieron como los de un gato.

– Te quiero, Oropel… – dijo él parapetado bajo el amplio paraguas – deberías saberlo. Nunca te haría daño.

Ella elevó su rostro y permitió que sus mejillas se ruborizaran apenas, como un cromatóforo que advertía del peligro que se escondía tras la frágil apariencia de su semblante, emitió un leve suspiro y se aferró al brazo con que él sostenía en alto el paraguas. La imagen de desamparo que proyectaba había alcanzado su cenit.

– No quiero ir.

– Oropel, hija mía, ya está bien… – pronunció él sin evitar un sutil destello de impaciencia.

– ¡No! – vociferó ella descabalgándose de la acera y desprendiéndose del arco protector del paraguas – ¡Papá, no quiero ir al dentista!

Los faros de otro vehículo se proyectaron en sus ojos gatunos. El cielo se inflamó de luz por la sacudida de un nuevo rayo.


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El autor

Alexis López Vidal (Torrevieja, Alicante, 1979) es autor de artículos y relatos, ensayista y novelista. Ha obtenido diversos galardones de narrativa y poesía.
  • ISNI: 0000 0004 7765 6040

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