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La última sonrisa

Recuerdo que la imagen de aquella pequeña anciana, de poco más de un metro cincuenta de estatura, me provocó más ternura que aprensión, más lástima que rechazo, ...
Alexis López Vidal access_time 11 min lectura

1

– Voy a preguntarle algo y no es necesario que me responda, en absoluto. No es que se trate de una pregunta retórica, no soy amante de diatribas ejemplarizantes ni divulgaciones doctas, sino que su respuesta es tan obvia que nos la ahorraré a ambos. ¿No es preferible gozar de un aspecto saludable a dar la imagen de un cadáver al que se está a punto de dar sepultura?

Me limité a asentir con la cabeza mientras el señor Llorens me observaba tras una ampulosa mesa de despacho, tal vez un Luis o algún Felipe seguido de números romanos, qué sabía yo, ni tan siquiera me atreví a replicar que aquello era precisamente de lo que se estaba hablando; de fiambres, de muertos a los que se está a punto de dar sepultura.

– Nuestros clientes – prosiguió el señor Llorens – prefieren por regla general que el velatorio se lleve a cabo con el ataúd abierto… Por tanto, en esta funeraria nos tomamos muy en serio el trabajo de embellecimiento de nuestros difuntos. ¿Me sigue usted, señorita Claramunt?

Vacilé por unos segundos, tratando de discernir si se trataba de otra pregunta no retórica a la que no había que dar respuesta. Finalmente, ante el gesto de impaciencia que comenzó a dibujarse en el rostro del señor Llorens, opté por contestar.

– Señor Llorens, creo que este es uno de los trabajos más meritorios que puede desempeñar una titulada en Cosmetología y Moda Capilar. Sería para mí un honor obtener el puesto.

Antes de que el señor Llorens corroborara o no el atrevimiento de postularme abiertamente para la vacante laboral publicitada en la gaceta local del desempleado ocioso, yo misma puse en duda mi propia idoneidad; para empezar, nunca en mi vida había visto un muerto. Tan solo en las películas, y en la mayor parte de las que había visto se trataba de muertos por un rato, es decir, que siempre acababan retornando de sus tumbas.

– Bien, bien, aunque en poco tiempo convendrá usted conmigo en que se trata de un trabajo delicado, que requiere de una cierta sensibilidad que no siempre se posee – afirmó el señor Llorens estrechándome la mano –. Empieza usted mañana.

2

Tuve como proféticas las palabras del señor Llorens desde que acometí el primero de los trabajos en la funeraria Llorens y Vallmayor – nunca he sabido quien era o es Vallmayor, por cierto –. Recuerdo que la imagen de aquella pequeña anciana, de poco más de un metro cincuenta de estatura, me provocó más ternura que aprensión, más lástima que rechazo, toda vez que la contemplé tumbada sobre la amplia mesa del embalsamador iluminada por el resplandor azulado de las lámparas de tubos fluorescentes.

– Voy a ponerle guapa – le susurré, con miedo a que alguien me oyera y todavía ignorante de que en aquel lugar todo el mundo hablaba con los muertos.

Acicalé sus cabellos blanquísimos, dando cuenta de las puntas descuidadas, y los peiné en un elegante recogido que daba una luz nueva al rostro, aniñado pero cuajado de arrugas, para el que utilicé una base de maquillaje que me permitió disimular las ojeras profundas y moradas que escoltaban los pequeños y entristecidos ojos. Debo confesar que cuando consideré acabadas las tareas de peluquería y maquillaje me sentí orgullosa, satisfecha de haber transformado a una anciana anodina y diminuta en una rutilante y diminuta diva. Tanto me infectó el orgullo que el delirio febril a punto estuvo de conducirme a formar parte del velatorio y admirar la exposición de mi obra. En cualquier caso, no me resultó extraño que el señor Llorens me reclamara a su despacho Luis o Felipe, a todas luces sorprendido del extraordinario resultado de un trabajo novel.

– Siéntese, señorita Claramunt – me indicó el señor Llorens –. ¿Está usted cómoda? – me preguntó cuando me hube sentado.

Yo asentí, pero me equivoqué. O no debía estarlo o no debía responder, tal vez esta vez sí se trataba de otra pregunta no retórica sin respuesta o de respuesta obvia.

– Pues sepa que yo no, señorita Claramunt, nada cómodo – me espetó el señor Llorens. Yo esperaba unas palabras de elogio y en su lugar me encontraba aparentemente con un señor con almorranas –. De hecho, para serle franco, gracias a usted he pasado un rato realmente incómodo.

– ¿Gracias a mí? No le entiendo, señor Llorens – por un momento temí que fuera a culparme de ser la causa de sus hemorroides.

– Sé perfectamente que es usted nueva en el puesto, y entiendo que necesita aclimatarse, tal vez, habituarse al trabajo, si me lo permite… Pero, señorita Claramunt, debo decirle que no estoy nada satisfecho del resultado de su trabajo con la difunta señora Céspedes.

– ¿No le ha gustado? – pregunté, tratando de no parecer ofendida, aunque el señor Llorens me hubiera herido en lo más profundo del ego de una diplomada en Cosmetología y Moda Capilar, en el fondo de maquillaje.

– Su viudo ha presentado una hoja de reclamación, señorita Claramunt – respondió cortante el señor Llorens.

– Si me lo permite, a mi juicio la señora Céspedes estaba radiante – me atreví a exponer, defendiendo mi arte.

El señor Llorens se incorporó y me miró a los ojos.

– Señorita Claramunt, de eso se trata… ¡a todo el mundo le ha parecido que la difunta señora Céspedes estaba encantada de haberse muerto! Menudo desconsuelo para su viudo, menudo desconsuelo…

Me disculpé con el señor Llorens y prometí tener en cuenta mi error la próxima vez.

3

La próxima vez se llamaba Herminio Grau, un empresario textil demasiado aficionado al vermú seco. Recuerdo su figura alargada y macilenta, y aunque en aquella ocasión tampoco sentí aversión he de añadir que no me provocó simpatía. Supuse que los muertos, como los vivos, congenian con unas personas sí y con otras no. Advertida del reciente fiasco, me limité a arreglar y peinar el escaso cabello y a aplicar un poco de sombra de ojos. No había transcurrido ni una hora desde que dio comienzo el velatorio cuando recibí una nueva llamada del señor Llorens.

– Señorita Claramunt… – dijo el señor Llorens meneando la cabeza. No me pareció una señal muy halagüeña – ¿sabe que es esto?

El señor Llorens exhibía una hoja de papel en su mano derecha, haciéndola ondear frente a mí con mohín adusto. Y de nuevo, el dilema. ¿Debía responder o no?

– ¡No me responda, señorita Claramunt, no me responda!

No le respondí.

– …una nueva hoja de reclamación. Eso es. ¿Sabe usted que ha hecho llorar a la nieta del difunto señor Grau…? ¡De miedo!

– Con respecto a eso, señor Llorens, si me lo permite, no creo que un velatorio sea el lugar apropiado para una niña…

El señor Llorens se encendió como un volcán y abrió sus ojos tanto que temí que ya no me viera, que estuviera viendo a través de mí, mis inseguridades, mis problemas con la depilación de bigotes y equilibrado de patillas.

– ¡La nieta del señor Grau tiene cuarenta años… y es inspectora fiscal! En esta empresa nos enorgullecemos de unos funerales dignos y unos libros de contabilidad dignísimos pero, señorita Claramunt, nadie sabe a qué atenerse con una inspectora fiscal que se ha llevado el susto de su vida con el cuerpo presente de su abuelo…

Empecé a pensar que aquel trabajo no era para mí; era probable, después de todo, que no poseyera esa sensibilidad de la que me había hablado el señor Llorens. Me disculpé de nuevo y prometí solemnemente que aquellos errores no volverían a repetirse. El señor Llorens me aseguró que solo daría lugar a que se repitieran una vez más.

Cuando me disponía a abandonar su despacho Luis o Felipe me llamó por mi nombre.

– Beatriz…

Me giré y observé que el señor Llorens había suavizado el semblante de disgusto.

– Dígame, señor Llorens…

Sospeché que tal vez se hubiera arrepentido de inmediato de haberme concedido una última oportunidad.

– Voy a darle un consejo. Vaya a un museo.

Aquello me pareció el perfecto colofón a la pérdida de un empleo. No solo no iba a conservar el puesto sino que se me trataba de inculta.

– No le entiendo, señor Llorens… – dije, con un hilo de voz.

– Pinturas, señorita Claramunt, vaya a un museo a ver cuadros. La mayor parte de los retratados llevan siglos enterrados y ahí los tiene, mostrándonos su última sonrisa.

Jamás me hubiera imaginado a un pintor renacentista como un titulado en Cosmetología empleado en una funeraria aunque, en cierta medida, el señor Llorens tenía algo de razón. Pasé los días siguientes visitando exposiciones, galerías de arte e incluso regateando alguna que otra pintura al espray de un artista callejero. En la mayoría de ellas llegué a apreciar algún tipo de dignidad secreta, algo que por algún motivo me había pasado desapercibido hasta entonces. Aquellos cuadros, como la imagen del difunto en un velatorio, constituían la postrera instantánea del retratado, o del fallecido.

4

La última oportunidad de demostrar si era o no poseedora de la sensibilidad propia del embellecimiento de difuntos se llamaba Isabel Castanys y era una mujer de mediana edad cuya única falta fue cruzar con descuido un cruce de avenidas. Recorté sus cabellos y los peiné, no como creí mejor sino como imaginé que ella se hubiera visto más hermosa. La maquillé sin demasiados artificios, pero tratando de naturalizar lo máximo posible el rictus que se reflejaba en el rostro. Al acabar, no sé exactamente cuándo, pero en algún momento, me pareció que Isabel Castanys proyectaba un aura distinta; emanaba algo más trascendente que el aturdimiento previo a ser arrollada por una furgoneta de reparto de pan.

El señor Llorens me reclamó de nuevo, por lo que antes de acudir a su cita con el majestuoso escritorio de madera lacada preferí recoger mis cepillos, peines y tijeras, mis pinceles y maquillajes; tenerlo todo dispuesto para afrontar con dignidad mi despido.

Cuando entré en el despacho del señor Llorens no estaba solo. Acomodado en una de las sillas aguardaba un hombre maduro, vestido con un elegante traje negro y en cuyos ojos se leía con nitidez el dolor de la pérdida.

– El señor Castanys quiere hablarle, señorita Claramunt – dijo el señor Llorens por más saludo.

Supuse que se trataba de algún familiar de la difunta Isabel Castanys y me pareció demasiado mezquino que el señor Llorens me obligara a afrontar las quejas, sobre todo si pensaba despedirme.

– Quiero darle las gracias, señorita Claramunt – matizó el señor Castanys –, en nombre de mi hermana, Isabel.

– Se lo agradezco, señor Castanys – aseguré, sintiéndome algo azorada.

El señor Castanys me tomó de las manos y me habló de un modo muy sentido.

– La pérdida de Isabel ha sido un duro golpe para todos nosotros, pero gracias a usted la recordaremos siempre tal y como la hemos visto hoy… en paz – me confesó.

Conservé mi trabajo en la funeraria Llorens y Vallmayor, y nunca supe ni he sabido quién es Vallmayor, por cierto. E hice lo que cualquier diplomada en Cosmetología y Moda Capilar que trabajase maquillando cadáveres hubiera hecho en mi lugar; me matriculé en Bellas Artes.


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El autor

Alexis López Vidal (Torrevieja, Alicante, 1979) es autor de artículos y relatos, ensayista y novelista. Ha obtenido diversos galardones de narrativa y poesía.
  • ISNI: 0000 0004 7765 6040

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