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La raíz del ishpingo

La comitiva había entrado en el pueblo bastante más tarde de la hora prevista, aunque no tanto para que hubiera cundido el desánimo.
Alexis López Vidal access_time 26 min lectura

Si me engañas una vez tuya es la culpa;
si me engañas dos, la culpa es mía.

Anaxágoras

Prefacio

La muerte del dictador José Eulogio Doroteo Igualada, por inefable, ha sido merecedora de diversas aproximaciones literarias, que en mayor o menor medida han tratado de dar un testimonio definitivo de este episodio; en unas ocasiones fabulando hasta el paroxismo y en otras persiguiendo el discernimiento entre lo mitológico y lo real – o cuando menos, verosímil –. Así, con motivo de los Juegos Florales de Ahuaquechec, el celebérrimo escritor Nicodemo Suárez – que ya había acometido la publicación de una biografía comparada de Pancho Villa y Vladimir Ilich Ulianov, Lenin, con la aprobación de crítica y público – hace referencia en los últimos versos alejandrinos del poema titulado “En el rosal” al célebre lamento de la madre del dictador, María Colmena Sepúlveda, en el atribulado momento en que le es devuelto el cadáver de su hijo:

¡A la Flor de Igualada y Jaraguay han agostado
la raíz del Ishpingo y la sed de la Cinchona!

Tal y como hace notar Diego Esteban Múñiz en su “Enciclopedia de la Poesía Latinoamericana” (1952, Editorial Fénix del Jaraguay), al referirse a estos versos de Suárez: “es un hecho ampliamente difundido que el pueblo, levantado en armas contra el General Igualada, dispuso una horca de madera de ishpingo en el centro mismo de la Plaza de la Concordia de Ahuaquechec […] La alusión a la flor cinchona – apostilla Múñiz – podría referirse a la dejadez por el gobierno que manifestó el general en los últimos tiempos de su mandato, en favor de otros menesteres más prosaicos; pero esto no pasa de ser una conjetura”.

El reciente hallazgo de abundante correspondencia del dictador, al descubrirse una cámara oculta tras un retrato ecuestre de este en la Casa de Gobierno de Jaraguay, antiguo Palacio de Las Libertades y residencia del Jefe de Estado, ha venido a clarificar la relación entre “la Cinchona” y la caída de José Eulogio Doroteo Igualada.

I

La comitiva había entrado en el pueblo bastante más tarde de la hora prevista, aunque no tanto para que hubiera cundido el desánimo. El fervor popular que despertaba el libertador, las ansias del populacho por siquiera rozar los adornos de su enjaezado, todo, estalló en una voladura de vítores que proclamaban sus victorias.

Nadie reparaba en que hacía tres años que no se libraba una verdadera contienda, en la deslucida indumentaria de los soldados o en el notorio aumento de peso de su General. Las comadres empujaban a las jóvenes casaderas al frente, peligrosamente cerca de los caballos, y estas se movían en la dicotomía fronteriza de aupar sus senos a la vista de los héroes y salvaguardarse de ser aplastadas bajo los cascos de los corceles.

El villorrio se había engalanado acorde a sus posibilidades, despejando el abrevadero de mulas apostado frente a la parroquia de Santa Águeda y haciendo ondear pendones con la bandera revolucionaria.

– ¡Bienvenido a Los Milagros, mi General! – fue el recibimiento del párroco Romulano Bastida, que durante los primeros meses del alzamiento, en los que la belicosidad de ambos mandos produjo siniestras carnicerías, había colgado y tomado los hábitos de manera intermitente. Desde hacía más de dos años oficiaba en Santa Águeda sin interrupción en su labor, aunque junto al altar mayor había apostado el rifle de dos cañones con que había difundido el evangelio del General Igualada en más de una refriega.

– ¡A mis brazos, Romulano! – respondió Igualada apresándolo contra la sudada pechera – ¡Cuánto valioso es en estos tiempos el abrazo de un amigo! – dijo mientras palmeaba su espalda con sonoridad. El párroco soportaba con estoicismo las acometidas, hundiéndose cada vez más en el proceloso pecho. Al fin, el propio Igualada lo separó de sí aferrándolo por los hombros, lo miró por un instante sin decir palabra y sentenció – Soldado me serviste como el más valiente. Hoy vengo a reclamarte como el sacerdote que eres.

Bastida recibió aquellas palabras con extrañeza; aunque era un clérigo más preocupado en que sus feligreses tuvieran en la tierra la paz que se les prometía en el cielo, no por ello había cejado de tratar de inculcar en el libertador el misticismo propio de su fe. Pero el General Eulogio Igualada había demostrado una inclinación nada sutil hacia la naturaleza más mundana del hombre. De modo que se encaminaron hacia el humilde templo, rodeados en todo momento por un séquito de campesinos que coreaban el nombre de Igualada y aplaudían y le deseaban larga vida, y el párroco aguardó a que el recién llegado le desvelara el motivo de su visita.

II

La parroquia de Santa Águeda en Los Milagros, provincia de Ahuaquechec, al sur de Jaraguay, se limitaba a una planta cruciforme de pequeño tamaño, en realidad un corredor estrecho secundado de bancos que limitaba el acceso al altar mayor. Este albergaba un tríptico en el que aparecía representada la mártir Águeda1, en la parte central, y la Virgen de Ahuaquechec y uno de los primeros párrocos al frente del templo, Doroteo de las Nieves, situados a cada extremo. En el ala izquierda de la iglesia se erigía una pequeña capilla en honor al Cristo de Medinaceli, donación de la esposa española de un indiano adinerado que era oriunda de Madrid. En el ala derecha se veneraba una pequeña piedad de rasgos indígenas.

1 En Octubre de 1834 toda la franja meridional de Jaraguay sufrió la acometida de un temblor de tierra, que fue particularmente virulento en el tramo sur – las provincias de Ahuaquechec y Hoyos sufrieron incontables destrozos –. La villa Los Milagros, que contaba apenas tres décadas, fue devastada en su totalidad a excepción de la parroquia, levantada en honor a la Virgen de Ahuaquechec. Siendo su párroco, Doroteo de las Nieves, devoto de Santa Águeda, patrona contra los terremotos, quedó claro a quién correspondía el milagro y la advocación del templo perteneció desde entonces a esta santa. El retablo de la Virgen fue incorporado a un tríptico encabezado por Santa Águeda y escoltado por una imagen del propio párroco Doroteo de las Nieves – que había fallecido en el desplome de su vivienda –. Por razones de presupuesto, diezmado por la reconstrucción de la villa, las nuevas pinturas se encargaron de menor tamaño y el tríptico muestra una desproporción con respecto a la pintura original de la Virgen, situada en la parte izquierda. (N.A.)

– ¡Vivo aterrado, Romulano! – vociferó el General Igualada, que había exigido que el párroco le recibiera en confesión. Solo así, presumía, aquella delirante locura que le atenazaba no le supondría además la deshonra de ser ridiculizado por la soldadesca – ¡Yo, que he estado más veces a las puertas de la muerte que ningún otro! Pero esto…, esta pesadilla… ¿Qué hombre podría soportar la compañía de semejante visión sin perder el juicio?

– ¿Y qué visión es esa? – preguntó Bastida, desde el interior del confesionario. La voz de Igualada le llegaba desconocida, pronunciada por una garganta fungosa, extraña.

– ¡El espectro de mi padre2! Me acompaña a cada instante, allá donde vaya. De día o de noche. Sobrio o abotagado de alcohol, tratando inútilmente de expulsarlo de mi cabeza. ¡Es imposible, Romulano! ¡El espectro de mi padre me persigue!

2 El Coronel Martín Eulogio Igualada y Céspedes había muerto en 1877 cuando reparaba el tejado de la vivienda de dos habitaciones que la familia Igualada ocupaba en la calle Cardenal Briones, en Sagrances. Por orden del Gobernador Civil se le concedió la muerte en acto de guerra y a su viuda, al cargo del futuro dictador – que a la sazón contaba apenas dos años –, se le dispuso una pensión. (N.A.)

El párroco dio un respingo, musitó una plegaria y se santiguó. No le era ajeno que un fallecido se inmiscuyera en la vida de los vivos si lo considerara necesario. Aún se recordaban en Los Milagros los aullidos que despertaban en mitad de la noche a una pareja de campesinos que había decidido tapar un pozo que se había secado; no recobraron la calma hasta que se descubrieron enterrados en el limo del pozo los huesos de un viejo perro que, desaparecido hacía años, al parecer había caído dentro. Por lo visto, en vida gustaba de mirar la luna y muerto había seguido la costumbre. Tapado el pozo, le habían privado de esta vista.

– General Igualada – respondió Bastida –, tu padre no descansa porque algo lo apesadumbra. Y será tu sombra hasta el día en que lo liberes de esa carga. ¿Te ha hablado, acaso? ¿Te ha revelado sus pesares?

– ¡Nada dice! Ese espíritu descarnado se me presenta en los lugares más insospechados, en el momento más importuno… – dijo Igualada, negándose a concluir la frase.

– ¿Y qué momento es ese, mi General? – preguntó Bastida, seriamente intrigado.

– Tan infame es, Romulano, tan infame… – Igualada sudaba, y notaba arenoso el paladar – ¡que siempre me asalta cuando yazco con hembra! Me perturba, y clava en mí una mirada blanquecina en la que leo su total desprecio, pero ¡nunca dice nada! Y en esas me veo, Romulano, resignado a no tener contacto con mujer alguna por el cruel acoso de un espíritu.

Bastida rumió el asunto unos instantes y, al fin, dio con la respuesta, dando gracias al cielo.

– Mi General, voy a hablarte con franqueza – dijo –, tienes cuarenta y tres años y no has tomado esposa. Ahora que las balas han dejado de silbar a tu alrededor, tu padre no se resiste a que la simiente de los Igualada se pierda en los lupanares. Quiere que engendres un heredero legítimo.

– ¡Un heredero legítimo! – gritó el General. Su voz volvía a sonar con la jovialidad habitual – ¡Un Igualada! Bastida – dijo incorporándose –, si eso ha de poner fin a esta maldición, no he de perder más tiempo. Reúne a todas las mujeres, solteras o viudas, que estén en condición de concebir. Yo elegiré una. Y tú oficiarás la ceremonia.

III

Desde que la vio, el General José Eulogio Doroteo Igualada supo que había de hacerla suya. No entendía cómo en un cuerpo tan pequeño podía concentrarse toda la belleza, toda la inocencia y a la vez todo lo deseable que un hombre era capaz siquiera de imaginar. Pero allí estaba.

Solo era una chiquilla de abundante melena oscura recogida en un simple moño, que sin esmero en su peinado dejaba a su albedrío unos horribles mechones sobre la frente. Y sin embargo, verla de ese modo, esa simplicidad salvaje entre las decenas de mujeres que el párroco Bastida había convocado a la llamada nupcial de Igualada, todas engalanadas y pavoneándose frente a él, la hacía si cabe más atrayente. Se llamaba Concepción Mendoza, no pesaba más de noventa libras y había sido criada por su anciana abuela en la más vehemente de las protecciones. Tal era así que Bastida, con tal de no ser acusado por el libertador de no poner empeño en la misión encomendada y tratando de reunir a todas las mujeres del pueblo con posibilidad de contraer nupcias, había lidiado ferozmente con la vieja con el fin de presentarse con su nieta ante Igualada.

La boda fue rápida, y el General, ansioso por conjurar el macabro espíritu de su padre, dio orden de marchar de inmediato hacia su residencia en el Palacio de Las Libertades, en Ahuaquechec. La noticia del casamiento alcanzó la capital de Jaraguay con la vertiginosidad y virulencia de una pandemia, y todo el pueblo se contagió de la felicidad del libertador.

IV

La noche en que el General Igualada se apoderó de la virtud de su joven esposa, toda vez que ambos superaron sus temores – uno a ser asaltado de nuevo por el ánima de su padre y la otra al desconocimiento más absoluto de los avíos propios del hombre –, la pareja se descubrió enamorada en brazos del otro. Durante los seis meses siguientes se entregaron a ardorosas sesiones de pasión, que en ningún caso fueron perturbadas por el espectro de Igualada padre. Y cuanto mayor era la experiencia en el lecho de la joven esposa, mayor pericia y voluntad demostraba.

Por aquel entonces se sucedió un pequeño brote de insurgencia en el extremo norte del país, donde el río Poracona actúa de frontera natural con Teolivia. A su pesar, el libertador dejó a su esposa al cuidado de su propia madre, la excelsa viuda Doña María Colmena Sepúlveda, y marchó con una guarnición de jinetes a sofocar la revuelta. Durante las semanas que pasó lidiando con los campesinos del Poracona, arrebatado de amor, se prodigó en la redacción de epístolas amorosas; las cuales, con una característica letra torcida y constantes agresiones a la ortografía más ortodoxa, comienzan todas del mismo modo: “Querida Cinchona”3.

3 A Concepción Mendoza, señora de Igualada, se la trata familiarmente como Conchita o Conchina. El General José Eulogio Doroteo Igualada, en las cartas que dirige a su amada, realiza un juego de palabras y la llama “Cinchona”; género de plantas de flores del orden de las Gentianales de la familia de las Rubiaceae y nombrada en honor de la Condesa de Chinchón, esposa del Virrey de Perú en 1638 por Carlos Linneo por el descubrimiento de las propiedades medicinales de la corteza de esta planta. (N.A.)

Tales eran las ansias de Igualada por mantener contacto con su enamorada, que envió un mensajero distinto con cada una de las cartas que escribía cada noche. Y no menguó su regimiento de manera desastrosa porque la fortuna decidió que el conflicto no se prolongará más allá de una veintena de días.

Entretanto, las relaciones entre nuera y suegra no habían transcurrido por los senderos de la cordialidad sino, más bien, y en sentido estricto, se había desatado un nuevo frente de batalla entre las propias alcobas del libertador. Mientras que para la augusta Doña María Colmena Sepúlveda el correcto modelo de una esposa debía reflejar virtudes como la obediencia, la discreción y la clausura, la Cinchona, más acostumbrada a trepar por las ramas de las bananeras que a rezar el Pater Noster, enseguida se sintió encorsetada y presa del tedio durante la ausencia del General. De tal suerte que el regreso de José Eulogio Doroteo Igualada al Palacio de Las Libertades de Ahuaquechec supuso el fin a dos escaramuzas, la librada contra el insurgente campesinado del Poracona y la de dos gatas que andaban a la gresca.

V

– Mi General – dijo el joven –, se presenta ante usía el sargento Eduardo Solivella. Me envían de Ayahuazco con órdenes de ponerme a su servicio.

El General Igualada contemplaba desde el amplio ventanal de su despacho el lento trasiego de un carromato, las idas y venidas de las mujeres al mercado. Durante varios días se había estado preparando la Festividad de Difuntos, y dispuestos a lo largo de la plaza se erguían diversos fantoches confeccionados con tallos de totora trenzada – traídos del Titicaca acorde a la tradición –, dispuestos para ser quemados aquella noche. No pudo por menos que sentir un escalofrío. Prácticamente había transcurrido un año desde su boda y aún no se le había dado a bien la concepción de un heredero en el seno de su esposa. Ya temía que, en cualquier momento, el espíritu de su padre volvería a perturbar su salud mental. En cualquier caso, por precaución, seguía afanado en esta tarea con ahínco y se había privado de visitar las casas de citas a las que antaño había sido tan aficionado.

Cuando se giró, se topó de frente con un soldado que apenas habría superado la veintena. De amplias espaldas, mentón cuadrado y cejas espesas, que enmarcaban dos ojos verdosos que resaltaban a más no poder sobre la piel oscura.

– Sargento Solivella – dijo el General Igualada –, he recibido muy buenos y prometedores reportes de sus acciones, y no queriéndolos tomar por lisonjas, presumo que ha de hacerme usted muy buen servicio.

– A sus órdenes, mi General – respondió el joven, tan firme como el asta de una bandera.

– De esta manera – prosiguió el libertador – le tengo una misión destinada de la mayor gravedad – Igualada hizo una pausa, como tenía acostumbrado cada vez que se veía en la obligación de delegar una tarea, con el propósito de epatar a su subordinado y obtener de su intriga una mayor atención en el detalle de la labor –. Me veo en la necesidad de ausentarme de la capital durante unos días y deberá usted ocuparse de la seguridad de mi esposa.

– ¡Como usted ordene, mi General! – respondió solícito el sargento Solivella, henchido de orgullo al pensar que su primera misión encomendada por el mismísimo libertador de Jaraguay consistía en velar por el bienestar de su esposa – Responderé de su vida con la mía propia – añadió.

– No lo dude – respondió cortante José Eulogio Doroteo Igualada.

La noche transcurrió entre la algarabía propia de la festividad en que se rendía culto a la otra vida, tal y como se concibe en el mundo latinoamericano, y las calles se poblaron de una muchedumbre caracterizada como demonios, fantasmas y espíritus burlones dedicados a golpear con bastones acolchados a los transeúntes. Llegada la medianoche se prendieron las piras que representaban a los espíritus malvados, y el efecto purificador del fuego se ocupó de granjear prosperidad para el año venidero. Así, al menos, lo sentía el campesinado concentrado frente al Palacio de Las Libertades pero no se podía decir lo mismo del General Igualada.

Aquel espectáculo lo tenía sumido en un estado de agitación extrema, recordándole el martirio infligido por la visión espectral de su padre difunto. Y augurando que, no culminando las relaciones con su esposa con la alegría de un embarazo, pronto se las vería de nuevo con la mirada despreciativa y lechosa del fallecido. Por ello había decidido ausentarse de la capital y visitar de nuevo a su buen consejero el párroco Bastida en el villorrio de Los Milagros. Y por miedo a que su esposa sintiera nostalgia de su pueblo natal y esto le provocara un desapego innecesario de la capital, lugar en el que se debía, había decidido ocultar el destino de su viaje y emprenderlo en solitario.

VI

La furtiva expedición del General Igualada a Los Milagros se detuvo a dos jornadas de su destino, cerca de una fonda regentada por un panadero italiano de nombre Piero Mantegni. Este vivía exiliado en Jaraguay desde hacía un decenio, compaginando su oficio con el más lucrativo negocio de la venta de rifles a los indígenas de la vertiente oriental del río Poracona. Tras abrevar a los caballos, retomar aliento y reponer fuerza con un tentempié, Igualada y el reducido grupo de hombres que le acompañaban se dispusieron a reemprender la marcha. En ese momento, un estruendo descomunal acompañado de un violento tremolar de tierras les pilló completamente desprevenidos. El libertador dio con sus excelsas posaderas en el suelo, los caballos emprendieron el galope desbocados y la Fonda Mantegni perdió gran parte de la techumbre.

El General Igualada, todavía estupefacto, suspiró aliviado al pensar que por un instante habían salido indemnes del desplome. Dio orden de inspeccionar la fonda en busca de algún superviviente, búsqueda infructuosa, y una vez recuperadas sus monturas alentó a sus hombres a continuar el trayecto hacia Los Milagros.

Llegados finalmente a la villa, el espectáculo que los recibió distaba diametralmente de la cálida acogida del año anterior. El terremoto se había cebado especialmente en aquel pueblo y había sido arrasada prácticamente toda edificación, que salvo la parroquia de Santa Águeda y un pequeño puesto militar, eran por otro lado de materiales mediocres. Y ni siquiera el puesto militar ni la parroquia habían salido impunes, como ya ocurriera con esta en el último temblor registrado de semejante magnitud.

El General Igualada se afanó en encontrar al párroco Romulano Bastida, dando la impresión a cuantos lo contemplaron removiendo escombros de ser un dirigente tan concienciado con el malestar de su pueblo que era capaz de quebrarse el espinazo si con ello aliviaba su sufrimiento. Y aún más se alabó su actitud cuando, enterado de que el párroco Bastida había fallecido descalabrado por una de las columnas de la parroquia, no ocultó la profunda congoja que este hecho le produjo y lloró amargamente en compañía de los pocos campesinos supervivientes. Lo que estos desconocían es que el General Igualada lloraba de amargura al suponerse en actitud aún más funesta que el difunto, abocado como se veía a fracasar en el cumplimiento de la voluntad del espíritu perseguidor de su padre y sin la guía de su amigo sacerdote. Tan angustiado se sintió, que desde ese mismo momento creyó ver la silueta del espectro en cada sombra. No durmió y apenas probó bocado en todo el tiempo que permaneció en la derruida villa Los Milagros, mientras la guarnición de soldados que lo había acompañado se dedicaba por orden de su General a ayudar en lo posible a los maltrechos aldeanos. Todo esto, como es de suponer, todavía le granjeó mayor simpatía entre el poblacho, que lo creyó por entero sensibilizado con sus cuitas. Igualada, por su parte, dedicó las noches a extender su obra epistolar dedicando nuevas y apasionadas misivas a su esposa. Pero esta vez, aguardó a su regreso para entregárselas en mano.

VII

El buen hacer del General José Eulogio Doroteo Igualada en Los Milagros se mantuvo escaso tiempo en boca del campesinado, en tanto que una vez que el libertador pisó Ahuaquechec obvió por entero sus obligaciones para con el alivio del desastre ocasionado por el terremoto. Su única obsesión continuó siendo la concepción de un heredero. Así, por añadidura, las habladurías se tornaron hacia los aposentos del General, y los maledicentes no escatimaban exabruptos a la hora de denunciar que mientras la mitad de Jaraguay desfallecía sin morada ni alimento, su dirigente se deleitaba en el lecho marital con su esposa.

Por fortuna, este empeño pareció llegar a buen término dos meses después, cuando la Cinchona le anunció a su marido que sufría un retraso en su menstruo. Igualada, para no escatimar esfuerzos, prosiguió su empeño amatorio hasta que se hizo evidente que su mujer estaba en estado de buena esperanza.

Este hecho añadió algo de cordura al estado mental del libertador, que por un instante recordó que su país había sufrido una hecatombe de dimensiones bíblicas y que a duras penas se esforzaba en superar. Tras ocuparse de delegar la seguridad de su embarazada esposa en manos del sargento Solivella, cuya diligencia le había sido ampliamente manifestada por la Cinchona a su vuelta de Los Milagros, marchó al frente de un amplio contingente de soldados recorriendo el propio trayecto que surcara el terremoto, esto es, de este a oeste atravesando toda la franja meridional del territorio nacional.

No había recorrido ni siquiera la mitad del itinerario previsto cuando las protestas del populacho lo detuvieron abruptamente. En el mejor de los casos, los misérrimos aldeanos los habían recibido con indiferencia, convencidos de que el tiempo en que necesitaron del libertador había coincidido con el tiempo que este empleó en recluirse en sus alcobas y que ahora, afanados en reconstruir sus hogares, la presencia de Igualada no les era necesaria en lo más mínimo. No obstante, el suceso más truculento tuvo lugar en San Miguel de Caabá, una pequeña ciudad fundada como consecuencia del asentamiento de franciscanos españoles en 1766. El campesinado aprovechó los escombros de sus propios hogares como proyectiles y, denunciando la dejadez del General a voz en grito, arremetió contra el contingente recién llegado. Un cascote magulló seriamente la cabeza de Igualada, lo que provocó una respuesta de señalada virulencia por parte de los soldados, que se emplearon con especial violencia en sofocar la revuelta.

El General Igualada ordenó regresar a Ahuaquechec, si bien la noticia de la masacre corrió mucho más rauda.

VIII

La víspera del nacimiento de su primer heredero legítimo, el General Igualada había sufrido un nuevo revés político al recibir noticias de que el minoritario grupo de insurgentes que había sobrevivido amparándose en la selva del Poracona a su toma del poder, ahora recibía un apoyo mayoritario por parte del campesinado.

El desamparo mostrado en el caos ocasionado por el terremoto y la masacre de San Miguel de Caabá habían provocado una respuesta masiva. A Igualada solo le quedaba el consuelo de ver satisfechas las ansias del espectro paterno, aparentemente cumplidas la madrugada del 23 de Marzo de 19214 en que la Cinchona alumbró un vigoroso varón. El nacimiento vino acompasado por los gritos de dolor de la madre, el llanto primerizo del niño y el alarido de horror de José Eulogio Doroteo Igualada cuando contempló al aborrecible ectoplasma de su padre plantado frente al lecho en que aconteció el alumbramiento.

Toda vez que el libertador hizo ademán de visitar a su heredero, se enfrentaba a la mirada de desprecio del espectro, en cuya compañía siempre se encontraba el infante. Enloquecido, Igualada se encerró en sus aposentos con orden taxativa de mantener al pequeño varón, que ya antes de nacer había recibido el nombre de Martín, como su fantasmal abuelo, lo más alejado posible de él mismo. Se apartó por completo de toda labor de gobierno, y en más de una ocasión profirió furibundos mordiscos a quienes se aventuraban en su habitación con el objeto de comprobar que eran de naturaleza corpórea. Como es sabido, tres años después, la insurgencia contra Igualada alcanzaba Ahuaquechec y la horca de ishpingo puso fin a la vida de la flor de Jaraguay; las últimas, enigmáticas y archiconocidas palabras del libertador fueron: “¡Esos ojos! ¡Esos ojos!”.

4 El 23 de Marzo se celebra en Jaraguay la Fiesta de la Nación, elegida esta fecha para conmemoración tan señalada por ser el aniversario de su dirigente más destacado, Martín Solivella y Mendoza (1921–1978). Hijo del dictador José Eulogio Igualada, recibió los apellidos de su padrastro, el militar Eduardo Solivella, que se desposó con la viuda de Igualada en 1925. Es famoso el retrato de Martín Solivella que preside la Casa de Gobierno de Jaraguay, que lo retrata corpulento, de cejas espesas que enmarcan dos ojos verdosos que resaltan a más no poder sobre la piel oscura. (N.A.)


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El autor

Alexis López Vidal (Torrevieja, Alicante, 1979) es autor de artículos y relatos, ensayista y novelista. Ha obtenido diversos galardones de narrativa y poesía.
  • ISNI: 0000 0004 7765 6040

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