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La galbana

Mención Especial del jurado del I Certamen Nacional de Relato «Orgullo Rural»
Un muchacho salió de entre los olivos como lebrel azuzado por el viento de la presa ...
Alexis López Vidal access_time 21 min lectura

La soberbia no es grandeza sino hinchazón;
y lo que está hinchado parece grande pero no está sano.

San Agustín

Antes.

Un muchacho salió de entre los olivos como lebrel azuzado por el viento de la presa, levantando polvo con sus zancadas. Le había vencido la galbana acurrucado bajo el ramaje. Los ensortijados troncos se aparecían estarcidos en su visión circundante mientras, a la carrera, se afanaba en cumplir la promesa de apacentar el rebaño; y aún debía recoger agua del pozo y leña. La mañana radiante había dado paso a un mediodía umbroso y el cielo arrostraba a duras penas la insistencia de las nubes por descargar su lluvia. El camino del lindero se ahondaba en el terreno como emboscado, aupándose poco a poco hasta alcanzar las casas de paredes encaladas y tejas de arcilla roja, de modo que no advirtió la disonancia en el paisaje hasta encontrarse próximo a la pareja de hombres que ocupaba el medianero; detuvo en seco sus trancadas y devolvió sus miradas con intención curiosa.

No eran labradores. Vestían trajes oscuros, corbatas con alfileres y cubrían sus cabezas con borsalinos; uno, de edad provecta, alto y pálido como un abedul blanco, frotaba con un pañuelo ahora su frente ahora su nuca sudorosas; el otro, apoyado sobre un bastón, aguardó a que el crío retomara su andadura, más cauta, para dedicarle una sonrisa perlada. A sus espaldas aguardaba detenido un automóvil biplaza de color arena, tapizado de cuero rojo en el que comenzaban a dibujarse topos oscuros por la llovizna que se arrancaba, prendado de detalles de latón y madera que hablaban de un lujo desconocido entre la herrumbre y el esparto. La máquina impresionó al muchacho; aunque nacido con el cambio de siglo y siempre ávido de procurarse historias de la capital, de boca de los atildados señoritos que acudían a la dehesa a vigilar su patrimonio, nunca había visto un vehículo comparable de cerca.

– Veo que traes mucha prisa – le dijo el hombre de la sonrisa – y, sin ánimo de retrasarte, confío en que tengas la amabilidad de prestarnos tu ayuda.

El joven se encogió de hombros. El hombre alto se estregó sofocado el pañuelo desde las cejas hasta la barbilla.

– Ustedes dirán – respondió.

– Gracias. Estamos algo desorientados. ¿Podrías indicarnos dónde queda la parroquia de San Miguel?

El joven asintió y señaló hacia el cerro que se levantaba anejo en la parte diestra del lindero, justo por encima del olivar.

El hombre de la sonrisa siguió la referencia con la mirada; complacido, se giró después hacia el más alto y, apuntando con su bastón hacia el mencionado cerro, le anunció:

We will not be long in coming to the parish church, Mr. Deering.1No tardaremos en llegar a la parroquia, señor Deering.

Ahora.

Los hermanos se abrazan, sintiendo apenas el calor del otro; se confortan mutuamente con unas palabras de consuelo, breves y escuetas; se sientan juntos, sin apuntalar el ánimo hombro contra hombro, dejando un espacio gélido entre los dos, frente al altar mayor, a unos pocos y penosos pasos de distancia del féretro donde yace su padre. La grave voz del sacerdote reverbera en los muros de caliza y granito, se agazapa como un silbido tras las columnas o recorre las vetas en el armazón de los retablos y retorna a la nave central elevando el panegírico en una suerte de canto letárgico que arrulla a los dolientes. Con todo, la circunspecta atmósfera del recinto se quiebra con el chillido lejano de los zagales que travesean en las callejuelas, con el petardeo ocasional de un motocarro y con el aroma de las flores del guisante de olor que trepa libre sobre la piedra del pórtico.

El tránsito desde la parroquia hasta el cementerio transcurre pausado, entre comentarios susurrados sobre la ligereza de la existencia humana y los que comparten vivencias en común con el difunto. Aún señoras de pelo ralo y níveo despiden al cortejo desde los portales, musitando una plegaria y sabedoras de que les aguarda próxima una compañía semejante; no les aflige, retornan a su vida plácida donde el potaje de cuaresma cuece ajeno a las cuitas del mundo.

Los hermanos arrojan un puñado de tierra al interior del nicho, enjugan las lágrimas, contemplan las hojas desprendidas de los ramos agostados que adornan otros encasamentos cuando desvían la vista hacia el suelo. Un operario tapia la oquedad tras la que aguardará en secreto la realidad mistérica de ese otro lado.

Quino, ¿puedes acompañar a tía Aurelia a su casa? Debo pasar por la granja. No tardaré – le dice un hermano a otro. Ambos son de mediana edad. Este que habla tiene el pelo trigueño, suavizado por las canas, y los ojos azules, franqueados por arrugas que se expanden como puntos de fuga.

– Por supuesto… – duda un momento antes de continuar – Alipio, si necesitas que me ocupe de algo, yo… En fin, ya sabes, estoy aquí – en su interior es consciente de que ha fallado; la emoción se ha filtrado en ese adverbio de lugar y no ha sido por la pérdida.

– No te preocupes – le responde su hermano, obviando que también ha percibido la sutil amargura en la última palabra –, tan solo cuida de tía Aurelia. Nos veremos enseguida.

Se despiden, pero ya no se abrazan.

Antes.

El pueblo andaba revuelto con la historia del americano; un potentado, decían las gentes que se confiaban los detalles en los altos del camino y en la taberna. Se había dejado ver muy poco, algo menos que el ingeniero que lo acompañaba y que hablaba en su nombre porque el americano, añadían, no entendía un carajo de nuestra lengua. Andaba a la búsqueda de piedras que llevarse a sus caserones, repetían cuando se les preguntaba qué se le había perdido a un ricachón en aquellos lares, para adornar fachadas y dinteles. Y se había encaprichado de la parroquia, la ruinosa, la que coronaba el cerro, la que por falta de monedas dormía desangelada en el verano y el invierno desprovista de techumbre. Pagaría jornaleros para despiezarla, cargar los sillares en carretas que llegarían hasta el apeadero, montarlos en vagones y verlos marcharse hasta donde quiera que fueran a maridarse con mármoles y bronces. Así que el pueblo andaba revuelto con la historia del americano.

Salvo el muchacho que torcía el gesto cuando escuchaba mentar al hombre abedul sudoroso y al hombre de la sonrisa.

Ahora.

La anciana se acomoda en una mecedora de olivo tallada con devoción; los delanteros de doble vuelta tienen un canutillo en los costados, terminando en caracoles y hojas. Se balancea suavemente y suspira. Las manos se entrelazan sobre su regazo como protegiendo algo preciado.

– Tía, si no necesita nada, le dejo y marcho a casa de padre – musita Quino, a quien la mujer y la estancia y la mecedora con sus tallas suavizadas por las caricias continuas de las palmas curtidas le resultan lejanas y es incapaz de entablar diálogo. Ella le mira con nostalgia, sigue viendo a un chiquillo que pierde los dientes de leche al morder el pan.

La casa de padre desprende el aroma de tabaco de pipa que arraigó en su memoria y que ha ornamentado las escasas remembranzas en los últimos años. Desde el recibidor, el suelo de baldosas se interna a la izquierda en la cocina, a la derecha en una escalera que conduce a la planta superior y a un pasillo estrecho en cuyas paredes cuelgan intermitentemente fotografías en blanco y negro de una pareja de recién casados o de una madre con sus retoños; con cada paso se produce una elipsis en el tiempo y los protagonistas maduran o envejecen, ahora retratados en fotos en color, algo apagado, tamizado por una niebla de décadas, vistiendo camisas de complicados patrones y jerséis de rombos. Al fondo, el corredor se abre a una habitación con una chimenea de obra, un escritorio iluminado por la luz que franquean los batientes de una ventana en la parte posterior, estanterías atiborradas de libros en una mescolanza ecléctica; novelas de Proust, del prolífico Marcial Lafuente Estefanía firmando como Dan Lewis o Cecilia de Iraluce, la tercera edición de Pesos, Medidas y Monedas que publicó el Ministerio de Agricultura en los cincuenta y se compró por tres pesetas. Los tabiques están revestidos de papel pintado, beis con amplias franjas verticales en azul celeste; en uno de ellos cuelga la imagen de padre apoyando su brazo en un tractor Leyland Puma, en otro, en un vetusto bastidor, un pliego de papel sobre el que se dibujó con carboncillo la estampa de un olivar.

Quino lo contempla todo desde el umbral.

– Cuesta hacerse a la idea de no verle más sentado en ese cuarto, haciendo cuentas en una libreta o leyendo sus novelas – le dice Alipio, que ha llegado inadvertidamente, desde el pasillo.

Quino se gira y descansa su peso en el marco de la puerta, dejando el interior del despacho a la vista de su hermano mientras se acerca.

– La última vez que hablamos, que hablamos de verdad, quiero decir, fue aquí… – de nuevo, una punzada – Yo intentaba hacerle comprender que me marchaba para tener un futuro – relata Quino –, para medrar en la vida. Hacer carrera, contactos, dinero y reconocimiento. Algo de lo que estar orgulloso. Él ni siquiera me miraba. Estaba ensimismado, observando ese carboncillo. ¿Sabes que contestó? Que eso no era orgullo. Era soberbia.

Alipio se demora en articular palabra; paladea con desagrado un resquemor sin veneno que trata inútilmente de verterse sobre la lengua, convulsionando como un pez tratando de retornar a las aguas. Lo engulle rápido. No hay reproches ni lecciones pergeñándose en su mente. Tan solo es la falta de costumbre.

– Hermano – le dice al fin – puedes quedarte el tiempo que quieras. Esta es tu casa.

Antes.

A Miquel Utrillo le fascinaba el arte y, viajero empedernido, se le antojaba pequeña cualquier travesía que le permitiera conectar con cualquiera de sus manifestaciones; ya fuera admirar un lienzo renacentista, un baile regional o el maltrecho ábside de una parroquia recogida entre olivares. Había llegado al pueblo acompañado de su patrocinador, después de realizar las diligencias oportunas con el Obispado, habiéndosele reseñado sucintamente el estado en que se encontraba la edificación. Por supuesto las piedras labradas del pórtico y las naves laterales se hallaban en peor situación que la descrita, no era extraordinario que la urgencia de la venta disfrazara de carácter lo que era a todas luces decadencia, pero él era capaz de ver una vida nueva y majestuosa en todo aquello. Esta tarea, la de dispensador de segundas oportunidades al arte, recuperando ignorados tesoros para brindárselos con renovado esplendor al mundo, cuando menos a un mundo que los apreciara, le hacía sentirse plenamente orgulloso. De modo que se había consagrado a repartir sonrisas y cuartos al villanaje para cumplir con premura su misión; lisonjas y dineros que habían sido, por descontado, recibidos con agrado y visible querencia.

Salvo por ese muchacho, el que se les apareció en el lindero del olivar. A los pocos días, encontrándose ocupado en organizar las cuadrillas de peones, se presentó en el cerro de la parroquia con semblante huraño.

– ¿Es usted el que viene a descoyuntar la parroquia? – le interpeló.

El joven le miraba directamente a los ojos con los brazos en jarras. De poniente llegaba una brisa suave, que traía los murmullos de aquellos que habían parado en sus quehaceres y se habían percatado de la escena.

– Yo no descoyunto nada… – respondió Utrillo ligeramente aturdido por el ímpetu del muchacho; se recobró pronto del envite y, por el ego herido, agregó adoptando un tono melifluo y condescendiente – Para tu información, he venido a rescatar esta parroquia para servirla a nuevas gentes en tiempos nuevos. Piénsalo. Es un orgullo.

– Eso no es orgullo… ¡es soberbia! – le replicó el muchacho antes de darle la espalda y marcharse descendiendo de la loma trotando como un potro, impulsado por las piernas finas que eran pura canilla.

Algunos contarían más tarde que lo habrían visto llorar contra el tronco de un olivo, o caminar apretando los puños cerca de la almazara. También se decía que una piedra había volado, algo después, sobre las cabezas del ingeniero y del americano en una de las idas y venidas a bordo de su espléndido automóvil.

Ahora.

Quino duerme poco y mal. Arrastra los pies desde la calidez de la cama hasta el lavabo alicatado de azulejo blanco. El postigo de una ventana minúscula, apenas una oquedad, deja el paso franco a un amanecer ocre como el manto de un purpurado. Observa su reflejo espectral en un espejo que ha perdido el azogue. Ahora más de cerca aferrándose a ambos lados del lavabo y casi rozando la superficie pulida jaspeada de humedades. La casa de padre es silenciosa. La imagen translúcida del espejo le aterra, porque no se reconoce por momentos y de pronto, como sacudido por una fuerza devastadora, se sabe él mismo. Abre el grifo y deja correr el agua, apenas, recogiéndola formando un cuenco con las manos y enterrando el rostro en la frescura reparadora.

Alipio llega pronto. Quino se acomoda en el asiento del copiloto. El interior de la furgoneta desprende un aroma agradable, algo picante, a aceituna y hoja verde.

– No estoy seguro de que un comercial de servicios financieros en paro sea tu mejor apuesta en la granja – dice Quino ahora que su hermano ha tomado un desvío y encarado la cuesta que les sacará del pueblo. Hay cierta autocompasión en sus palabras, también un humor que se esfuerza por relativizar la situación.

– La verdad es que no… – Alipio responde serio, pero ríe casi de inmediato. Quino no esperaba una dosis de honestidad tan cruda y su humor se apaga de nuevo – Estaba bromeando, hombre, no te molestes. Seguro que te llamarán de alguna oferta de empleo más pronto que tarde. Mientras, en la granja toda ayuda es poca. No te habrás olvidado de lo básico, aunque hayas estado vendiendo pólizas durante veinte años.

– Servicios financieros – le corrige, pero su hermano ya no le presta atención. Se aproximan a la granja y llega diáfano el balido de los chivatos.

Antes.

Ocurrió a velocidad vertiginosa; un estallido sordo, el arrastramiento áspero del caucho reventado dejando una cicatriz de negro de carbón sobre la tierra dura y unos metros agónicos en los que el automóvil resultó ingobernable hasta acabar detenido en un hondo a la vera del camino. Miquel Utrillo, todavía sobresaltado, dio las gracias al cielo por resultar ileso, en primer lugar, y por conducir a solas, en segundo. No creía que la paciencia del señor Deering fuera a soportar un último incidente en aquellas tierras; no era un hombre aclimatado al calor sofocante ni al sofoco de las negativas. Como fuera, aquel muchacho hosco y contumaz había convencido a más gente de que la idea de trasladar los elementos arquitectónicos de la parroquia, los exiguos merecedores de ello, en su propia opinión, era poco menos que un pecado capital. La mano de obra estaba empezando a escasear y su cliente ya barruntaba la idea de plegar velas y buscar otro puerto más dócil.

No transcurrió mucho tiempo hasta que un carro de mulas alcanzó a pasar por el lugar. Le acercaría hasta el extremo oriental del olivar, cerca de las primeras viviendas pero imposible hacerlo hasta el pueblo, le advirtió el conductor; había mucha faena que sacar adelante ese día. Utrillo agradeció el gesto, ofreció dinero, que en esta ocasión fue cordialmente rechazado, recogió algunos bártulos, se encaramó a lo alto del carro ante la mirada somnolienta de un mulo joven y divisó en la lejanía la parroquia que había sido causa de su regocijo y ahora de su desvelo. No negaría, se dijo, que la visión de los campos al ritmo pausado del carro era distinta, mejor apreciada su belleza, que a bordo del ingenio mecánico que dejaba atrás.

Se apeó cuando el carro se detuvo a la altura de un cercado tras el que pacían tranquilas unas cabras y se encaminó a la vivienda de aspecto humilde que coronaba un rodal de terreno aledaño. Llamó a la puerta de doble cancela y, cuando se abrió, tuvo que reconocer que el destino era en ocasiones verdaderamente caprichoso.

– Usted dirá – le espetó el muchacho hosco.

Utrillo le dedicó una sonrisa vacilante. El muchacho frunció el ceño. Con todo, le invitó a pasar, le comunicó que sus padres estaban en el olivar, le ofreció agua, queso y pan, y se sentaron a una mesa como si se hallaran estableciendo los términos de un tratado de paz.

– ¿Por qué quiere descoyuntar la parroquia? – le preguntó al fin.

– Ya te dije que no quiero descoyuntar nada. La parroquia amenaza ruina, y antes de que se deteriore del todo, quiero aprovechar cuanto pueda para…

– ¡Para el americano!

– Para él y para otros que aprecian el patrimonio de estos pueblos.

– Mis padres me explicaron la diferencia entre el orgullo y la soberbia. Usted no ha tenido esa suerte.

– ¡Vaya! – exclamó Utrillo fastidiado – y ¿me iluminarás con semejante conocimiento?

– Usted da por supuesto que no valoramos la parroquia, solo porque lejos de aquí hay quien le pagará con holgura por quedarse un cacho, y se aprovecha de la necesidad de algunas gentes. Eso es soberbia.

– ¿Qué es para ti, entonces, orgullo? – quiso saber Utrillo.

Ahora.

Es marzo y las yemas del olivo, que estaban cerradas, crecen y forman racimos de flores. En la granja, Quino, al cuidado de las cabras, recibe la visita de una mujer enfundada en un mono azul y botas de trabajo.

– ¡Hola! ¿Eres Quino? ¿El hermano de Alipio? Soy Bonadea, la veterinaria del pueblo.

Quino asiente, sabe por su hermano que hoy examinaría a las cabras, saluda y le deja hacer su labor. Las cabras son algo nerviosas pero en general no se resisten demasiado. Tienen el pelaje rojizo moteado en blanco.

– Nunca había visto cabras como estas – dice Quino, que todavía se siente un foráneo.

– Son cabras floridas. Se llaman así porque recuerdan a un valle cuando se pone florido en primavera – la veterinaria se inclina y acaricia el pelaje de una de ellas, que se deja hacer. Recorre una última vez su lomo con suavidad y se pone en pie; ahora parece más alta – Mi abuelo salvó a esta raza de la extinción en los años ochenta. Sin personas como él, o como tu padre y tu hermano, puede que hoy hubiéramos perdido a este animal. Siempre que las veo me lo recuerdan. Siento que es importante.

La veterinaria se ha marchado cuando llega un vientecillo fresco que Quino recibe inmóvil. El cielo despejado parece no tener límite sobre su cabeza.

Es mayo y los racimos florales plenamente formados descubren el cáliz, abriéndose la flor del olivo. La casa de padre es confortable. Las calles son apacibles.

Es junio y la floración ha culminado con la caída de los pétalos dando paso al cuajado del fruto, la aceituna.

Es octubre, la época del verdeo, y las aceitunas de mesa están listas para ser recogidas.

– El olivar está precioso. ¡Parece el vivo paisaje del carboncillo de padre! – exclama Quino.

– Nadie dice que no lo sea… – responde Alipio – ¿Sabes que lo dibujó Miquel Utrillo, nada menos que el padre del pintor Maurice Utrillo, para nuestro bisabuelo siendo chiquillo? Vino con un millonario americano empeñados en llevarse de aquí la parroquia de San Miguel.

– La parroquia de San Miguel sigue en el cerro – hace ver Quino con incredulidad.

– Porque, no me preguntes cómo, por lo visto el abuelo de padre convenció a Utrillo de que abandonaran la idea, hasta el punto de que le insistió al millonario para que donara fondos para rehabilitarla y antes de marcharse le regaló el dibujo del olivar.

Quino guarda silencio. Recuerda su despedida y la imagen de padre ensimismado en la estampa del carboncillo.

Hoy.

Una nueva primavera llega radiante a las dehesas y los cultivos dando notas de colores, llamativos o sutiles, a los verdes silvestres y a la madera oscura. En el mediodía de una mañana, tan atareada como cotidiana, los hermanos se detienen en el olivar. El tronco de un árbol viejo les ofrece respaldo y sosiego para dar cuenta de la vianda.

– Los pies de esos olivos seguirán aferrados a la tierra dentro de muchos años… – comienza a decir Quino; la luz del sol se filtra brevemente por entre el follaje, como si quisiera participar de cuanto revela – cuando ya no estemos y sean otros los que los vean florecer y madurar a la aceituna. Y sin embargo, aunque no seamos más que actores secundarios, no puedo dejar de pensar que mi esfuerzo alimentó sus raíces, dio verdor a sus hojas y nutrió su fruto. Que he formado parte de un ciclo, digno y noble, algo más grande que yo mismo. Es un sentimiento sobrecogedor. ¿Sabrías decirme qué es eso?

– Eso – responde Alipio mientras apoya su hombro contra el de su hermano, dejándose llevar por el callado placer que promete la galbana – es orgullo.

Referencias   [ + ]

1. No tardaremos en llegar a la parroquia, señor Deering.

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El autor

Alexis López Vidal (Torrevieja, Alicante, 1979) es autor de artículos y relatos, ensayista y novelista. Ha obtenido diversos galardones de narrativa y poesía.
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