I. Antes

El viejo embestía al niño con ambos brazos, con las palmas abiertas, encorvando la espalda y emitiendo un barrito gutural que se perdía en los confines de la cueva y retornaba devuelto por la pared de roca. Mientras tanto, su padre, Jaanur, aferraba las pequeñas manos de su hijo entre las suyas, tan ásperas como expertas, sosteniendo una lanza desprovista de la mortífera punta de sílex y exhortándole a atacar al fingido mamut. Sobre un pequeño fuego crepitaban hojas de diversa naturaleza, y el ambiente se había impregnado de una atmósfera nebulosa. El niño creyó ver a la gran bestia emergiendo entre la bruma y avanzando hacia él, apretó con fuerza las mandíbulas y se abalanzó contra el anciano sin miramientos. El viejo dio con los huesos en el suelo. Y tanto este como el padre del pequeño rieron con sonoridad. Estaban adiestrando a un magnífico cazador.

Al caer la noche, los tres se acomodaron en torno al fuego y el más anciano, de nombre Anuuk, relató, por medio de elocuentes gestos, cómo durante generaciones habían practicado la caza del mamut. Cómo había recibido de su padre las mismas lecciones que había enseñado a su hijo y que ahora ambos dispensaban a su nieto, Eendara. El viejo relató cómo la gran bestia peluda les proporcionaba alimento, abrigo, material de construcción y al cazador que abatía al coloso también el reconocimiento de todo el clan, pues a él debían su supervivencia.

El niño contemplaba con admiración a los dos adultos, ya que su abuelo había asegurado la integridad del grupo en incontables ocasiones, y su cuerpo daba muestras inequívocas de este hecho; una enorme cicatriz le nacía del bajo vientre hasta la garganta, recuerdo de los poderosos colmillos del mamut que lo condujo muy cerca del país del eterno sueño. Hoy la caza era una actividad vedada para Anuuk, meditaba el niño, pero que había delegado en las poderosas capacidades de su hijo. Jaanur era un cazador avezado, valiente y decidido, y el pequeño ansiaba no defraudar a esta estirpe de cazadores.

La siguiente jornada sería decisiva; el niño debería enfrentarse a su primera gran prueba. Acompañaría a su padre en una partida de caza.

II. Ahora

Magdalena avanzó decidida por el estrecho pasillo, esquivando con soltura la máquina fotocopiadora y dejando atrás la dispensadora de agua, que burbujeó al paso de sus altas botas marrones. A unos pasos de su destino ya percibía la característica personalidad de su jefe; Armando era todo lo opuesto a lo que cabe esperar de un erudito. La puerta de su despacho dejaba filtrar los últimos acordes de Disposable Heroes, del álbum Master of Puppets de Metallica«Puede que Mozart haga que las vacas produzcan más leche – había dicho – pero esto, Magdalena, está más cerca de nuestros orígenes» –. La joven golpeó la puerta sin titubeos, consciente de que debería abrir e incluso palmear unas cuantas veces antes de que Armando emergiera de la pila de legajos en que andaría inmerso. Releyó la reluciente placa que velaba el despacho: Armando Hidalgo. Antropología. Abrió; no había tiempo que perder.

– ¡Armando! – dijo Magdalena al tiempo que giraba el pomo e irrumpía como un vendaval en la pequeña estancia – ¡No te lo vas a creer!

Armando Hidalgo era un prodigio de poco más de treinta años, preocupantemente delgado, aunque siempre había sido así, melena castaña, gafas redondas, mejillas hirsutas y poseedor de una mente inquisitiva y un espíritu indoblegable que le había hecho acreedor de la cátedra de Antropología con más oposición que partidarios. No obstante, sus méritos eran incuestionables. Publicaba en cuatro idiomas, a un ritmo tres veces mayor que sus colegas y con mayor acierto en sus hipótesis. Y vestía vaqueros deshilachados y camisetas con las mangas cortadas. Era una pesadilla para la comunidad científica.

– ¡Armando! – repitió Magdalena, al ver que su jefe continuaba tecleando en su ordenador.

Armando desvió la mirada, sin mover un ápice de su cuerpo mientras continuaba tecleando frenéticamente.

– ¡No hagas eso! ¡Sabes que me horripila! – dijo Magdalena.

Armando sonrió, apartó las manos del teclado y esta vez sí se giró hacia su secretaria. Disposable Heroes había dejado de sonar.

– ¿Qué te pica, Magdalena? Si es por lo de la conferencia, dile al decano que se busque otro mono de feria, ya te dije que no me…

– ¡Armando, vas a flipar cuando te…! ¡¿Qué?! – se interrumpió la joven – ¿Cómo que no piensas ir a la conferencia? Armando, te reservé vuelo, hotel y confirmé tu asistencia hace dos semanas. Si le voy con esas al decano estoy muerta. A ti no puede despedirte porque eres su cerebrito, pero a mí me echa a la calle sin contemplaciones. Mira, ¿sabes qué? Hoy no estoy de humor para tus juegos. Dejemos el tema por el momento. ¿A qué no sabes quién ha llamado? Por cierto, ¡acuérdate de encender el móvil! Sí, ese aparatito que llevas en el bolsillo de la chaqueta y no sé para qué…

– Vale, Magdalena, vale… Me apuesto un sándwich de ensaladilla de la máquina de ahí fuera a que soy el único que tiene una secretaria tan brasas como tú.

– Armando – dijo ella sonriendo –, tuviste tres secretarias antes que yo y ninguna te aguantó más de dos semanas.

– Bueno, para ti el sándwich. Tampoco me va mucho la ensaladilla. ¿Quién ha llamado?

– Ernesto Aguado, desde la Laguna. Te ha dejado veinte mensajes en el buzón de tu móvil y al final ha dado conmigo llamando directamente al departamento. Creo que ha encontrado algo. Dice que debes ir.

III. Antes

El grupo de cazadores estaba formado por algo más de una decena de hombres, entre los que se contaban tres neófitos. Eendara era uno de ellos. Todos caminaban en silencio, amparados por el follaje. De pronto, los que encabezaban la partida hicieron señas al resto de que un grupo de ciervos se había congregado cerca de la gran masa de agua que denominaban Gunaal.

Eendara observó cómo su padre formaba parte de uno de los flancos que se desplegó para rodear a las presas, mientras que él, los otros dos aprendices y un adulto formaban parte de la retaguardia.

Las bestias abrevaban con docilidad, pero sus descomunales cuernos intimidaban a los cazadores, y en particular a los niños. Una pareja de aves se elevó en vuelo cuando los miembros que integraban la falange arremetieron contra los ciervos, gritando y amenazando con sus lanzas de sílex. En ese instante, en que los cazadores se preparaban para abatir a las presas, la tierra comenzó a tremolar con virulencia. Una hembra de mamut acompañada de dos crías apareció por la retaguardia; había permanecido acompañada de su prole muy cerca del agua, y el revuelo causado por la estampida de los ciervos la había empujado a irrumpir temerosa de sus crías.

Eendara se vio preso de un miedo cerval, sin ni siquiera poder mover un músculo. Los barritos del mamut se clavaban en su cráneo imposibilitándole siquiera pensar. Tan solo alcanzó a ver cómo los enormes colmillos se engrandecían toda vez que la bestia se le acercaba, hasta que un empellón lo derrumbó salvándole la vida en el último momento.

El niño trató de incorporarse, con los huesos doloridos y el sabor del barro y la sangre entremezclados en la boca. Al menos estaba vivo. Uno de sus mayores le había evitado la furiosa acometida del mamut. Una vez que se irguió supo quién. Su padre, Jaanur, yacía inmóvil; con el torso desgarrado y desangrándose.

IV. Ahora

El Seat León Cupra 2006 se internó en la Comarca de Daroca con el reproductor de CD a todo volumen. Los Foo Fighters interpretaban Learn to fly. «…make my way back home when I learn to fly…»1…volver a casa cuando aprenda a volar… retumbaba en los oídos de Magdalena.

– ¡No sé cómo no pierdes audición! – exclamó Magdalena, arrebujada en el asiento del copiloto.

– ¿Qué? – bromeó Armando.

– Oye… – dijo Magdalena adoptando un tono más serio – Te agradezco que me hayas traído, de verdad.

– Somos un equipo, Magdalena – respondió Armando con los ojos clavados en la carretera –. Además, te sigo debiendo un sándwich. Apuesto a que en Berrueco los sirven mejor que en esa máquina del departamento.

– ¡Seguro! – exclamó Magdalena riendo.

– Eso sí – dijo Armando –, llame quien llame, ¡el teléfono es cosa tuya!

– Pero qué cara tienes, Armando… – replicó Magdalena meneando la cabeza.

Armando sonrió, y sus ojos se achinaron tras el cristal de sus gafas redondas. Subió todavía más el volumen del reproductor y soltó una carcajada.

El vehículo se internó en las calles de Berrueco, situada en el límite de las provincias de Zaragoza y Teruel y vigilada por las torres del antiguo castillo, cuando el atardecer se tiñó de un precioso matiz anaranjado. Magdalena contemplaba el cielo a través de la ventanilla con gesto embelesado, siguiendo con la mirada la silueta oscura recortada contra el tul ambarino de un grupo de fochas.

– Ahí está Ernesto – dijo Armando, cuando alcanzaron la calle Mayor. Saludó con la mano y se dispuso a aparcar.

Ernesto Aguado tenía más del doble de edad que Armando. Había sido su profesor durante el primer curso universitario y el único que aceptó dirigir su tesis, pues ya al término de sus estudios se había granjeado una nutrida lista de recelos entre profesorado e investigadores. Armando le profesaba una sentida admiración; no solo era una mente brillante, sino que además era un entusiasta de Deep Purple. «Tal para cual» pensaba Magdalena en las visitas que Ernesto dispensaba a su pupilo predilecto en el departamento de Antropología.

Cuando se apearon del vehículo Magdalena se sintió algo cohibida, pensando que tal vez el profesor Aguado la encontraría fuera de lugar. Pero Aguado se ocupó enseguida de disipar sus temores, saludándolos con efusividad.

– ¡Armando! Por fin habéis llegado… Magdalena, me alegra que también hayas venido tú. Contigo aquí me será más fácil tratar con este cabeza cuadrada.

Magdalena asintió al tiempo que esbozaba una tímida sonrisa. Al final no pudieron reprimir las risas. Salvo Armando, que se rascaba los erizados pelos de la barba con gesto contrariado.

– Venid, os acompañaré a dejar las bolsas. Después iremos a cenar. Y os pondré al tanto de todos los detalles – dijo Aguado –. Mañana por la mañana iremos a la Laguna. Es algo asombroso…

V. Antes

Las exequias por Jaanur fueron presenciadas por todas las familias que conformaban el clan, y hondamente sentidas por su padre, el anciano Anuuk, y por su hijo, Eendara. El clan no abandonaría a esta familia, a la que le unía el parentesco, pero las presas se repartirían prioritariamente entre las familias de los cazadores que interviniesen en las batidas y la estirpe de Anuuk debería conformarse con las sobras. Esto los situaba en una situación precaria. Eendara apretó los puños y se golpeó el pecho, como si fuera un adulto, pero sus mayores no tomaron el gesto con la gravedad del niño, conscientes de que aún distaba de convertirse en un verdadero cazador.

Eendara sufrió horribles pesadillas a lo largo de las siguientes noches, en las que contemplaba inmóvil cómo los colosales colmillos del mamut asaetaban una y otra vez el cuerpo de su padre. Aún no se había ocultado la luna cuando, tras la última de sus pesadillas, aferró la lanza de sílex que había pertenecido a Jaanur y se encaminó en solitario hacia Gunaal.

Al amanecer encontró el rastro dejado por un gran macho de mamut.

VI. Ahora

La mañana amaneció despejada, y la Laguna de Gallocanta se desplegaba como un espectáculo de la naturaleza de serena belleza. La variedad de aves acuáticas era algo excepcional, una pléyade de criaturas entre las que se contaban avefrías, zarapitos, calandrias, avutardas y la esbelta figura de una multitud de grullas.

– Es un ánade real – dijo Aguado mientras señalaba un ave que emprendía el vuelo al paso del todoterreno –. Como podéis observar, el margen oriental de la Laguna ha sufrido un pequeño retroceso de la aguas, y eso ha permitido el hallazgo.

– ¡Me muero de ganas por verlo! – exclamó Magdalena.

– Hasta ahora, los vestigios más antiguos de los que se tenía constancia en Gallocanta corresponden a la Edad de Bronce Antiguo, algunas piezas de cerámica y sílex. Pero esto es otra cosa. ¡Es algo más! Ya estamos llegando – anunció Aguado –, es ahí mismo.

Una vez que el vehículo se detuvo, Aguado les mostró el hallazgo.

– La idea de la caza de mamuts siempre ha sido muy atractiva – enunció Aguado –, pero hasta ahora no había evidencias en la península que demostraran que aquí se dio caza a estas bestias, tal y como se hizo en otros puntos de Europa. En el Paleolítico superior, aún no se utilizaba el arco y los grupos humanos eran muy reducidos, de entre quince y veinte personas. Se dedicaban a la caza especializada y la recolección, y es lógico pensar que orientaran sus esfuerzos a capturar animales más asequibles que el poderoso mamut.

– Pero esto lo cambia todo – sentenció Armando, cuyos ojos leían en las huellas grabadas en la roca el relato de una confrontación antigua. Perfectamente visibles, conservadas a lo largo de milenios, se observaban las enormes huellas de un mamut. Y en paralelo las diminutas pisadas de un hombre. Cerca de la orilla, el rastro culminaba en una anárquica sucesión de pisadas de uno y de otro. Y la mirada inquisitiva de Armando interpretó extasiado el resultado de la lucha.

V. Antes

El sol había alcanzado el cenit cuando Eendara divisó su presa, muy cerca de la orilla de Gunaal. Sentía cómo su corazón palpitaba en su pecho, nítida y vigorosamente. Se haría digno de la herencia de su abuelo y de su padre, se dijo, aún consciente de que acometer aquella lucha era poco más que un suicidio. Aferró con las dos manos la lanza y prorrumpió en un rugido que le sonó extraño, como si otras voces además de la suya se hubieran unido al grito que expelió su garganta.

El mamut se giró presa del sobresalto y sus poderosas patas resbalaron en el deslizante margen de Gunaal. Se lastimó la pelvis y una de sus patas. Eendara percibió que sus posibilidades aumentaban. En cualquier caso, había dejado de ser un niño.

VI. Ahora

Armando se encaminó al atril con andar desgarbado, con sus vaqueros raídos y la parte de atrás de la camisa mal planchada. Nadie diría que era el ponente estrella. Se aclaró levemente la garganta y se recolocó las gafas.

Magdalena estaba sentada en una de las primeras filas de asientos del paraninfo, y aguardaba con impaciencia el momento en que comenzara la conferencia. Habían trabajado mucho en las últimas dos semanas, recopilando el material y preparando el nuevo texto. Pero sabía que había merecido la pena.

– Buenos días a todos – enunció Armando –, sé que hoy debería hablarles de un tema distinto pero… Si me lo permiten, voy a narrarles la historia de un cazador. De un cazador muy valiente.

Referencias   [ + ]

1. …volver a casa cuando aprenda a volar…

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El autor

Alexis López Vidal (Torrevieja, Alicante, 1979) es autor de artículos y relatos, ensayista y novelista. Ha obtenido diversos galardones de narrativa y poesía.
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