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El guion

Por mi parte, resistí durante meses la tentación de internarme en una sala de cine, como un espía anónimo, y ver en persona aquella traición en formato panorámico.
Alexis López Vidal access_time 11 min lectura

Agarré el pimentero con la mano izquierda y lo situé cerca de la mejilla; una rosquilla con la derecha, mirando a través del agujero, y simulé que todo ello trascendía el vestido de un mantel de casa obrera y que rodaba primeros planos de Ingrid Bergman en Casablanca. Mi padre me gritó con la boca llena de ensalada murciana, algo acerca de que dejara de hacer el bobo. Yo sentía que no podía dejar de hacer el bobo, con o sin pimentero y rosquilla. Me parecía que mi vida era una bobería constante, una pérdida de tiempo si no podía atrapar cada instante en veinticuatro fotogramas por segundo. Quería ser cineasta. Mi padre quería que fuera electricista. De momento me había quedado en cinéfilo y en electrofóbico. Y en Manolo Gómez.

En cualquier caso, la vida transcurría ajena a mí mientras me pasaba el día en una cola; en el cine Avantia o en el INEM. En el primero conocí a Miguelito Gimeno, en la taquilla, y a fuerza de asistir al día del espectador con la periodicidad propia de un almanaque nos hicimos amigos. Miguelito también sentía una inclinación amorosa por el celuloide, pero la suya era algo más mundana.

– No lo dudes, Manolo. En el cine para adultos está el futuro de la industria.

Miguelito siempre hablaba del futuro de la industria y del cine porno, pero a mí ni las prospectivas ni filmar el sexo explícito se me hacían interesantes.

– Yo quiero hacer películas serias, Miguelito. Una película que enseñar a mi padre, aunque no la entienda.

Entonces Miguelito se molestaba, como siempre, y se defendía acusando a mi padre de haber viajado a Perpiñán a ver Un tranvía llamado deseo. Yo me defendía, nos defendía, argumentando que aquello tampoco era cine X. Por la noche, sujetaba el pimentero y una rosquilla y encuadraba el rostro anguloso de ese progenitor que, cuando fue joven, cruzó la frontera en pos de la libertad fílmica que aquí se le vedaba.

– Voy a escribir un guion – me anunció Miguelito, como si desvelara al mundo un decidido plan contra el que nadie, ni el propio mundo, podría hacer nada.

– ¿Tú sabes escribir? Guiones, digo – maticé, por miedo a la conocida susceptibilidad de Miguelito. Dio igual, su gesto me confirmó que se sentía ofendido.

– ¡Por supuesto! – me respondió – Un buen guion requiere diálogos realistas. Y para escribir diálogos que resulten realistas, ¿qué se necesita?

Por un instante dudé en contestar que se necesitaba saber escribir, pero me contuve.

– …se necesita saber observar – añadió. Yo asentí, aliviado porque Miguelito se preguntara y se contestara por sí solo; la verdad es que Miguelito Gimeno no necesitaba mucho para pasar una tarde entretenido – y yo, desde la taquilla, he observado mucho. Muchísimo, Manolo, muchísimo. Y estoy decidido a escribir un guion. ¿No te alegras?

– Sí, claro… Me alegro por ti.

– Por mí no, Manolo, bueno también, pero sobre todo ¡por ti, Manolo, por ti!

– ¿Por mí?

– ¡Hombre, claro! Yo voy a escribir el guion. Y tú vas a dirigir la película.

Estaba claro que Miguelito Gimeno no necesitaba mucho para estar entretenido; que sabía escribir estaba por demostrarse, pero imaginación tenía para regalar.

Por aquel entonces el cine Avantia sucumbió a los intereses especulativos de una capital de provincia humilde que se desperezaba y a la que le surgían en el rostro edificios de oficinas y bingos, como el acné. Miguelito perdió su empleo, ese que le permitía observar mucho, muchísimo desde el interior de su taquilla – como un naturalista, me imagino – y apenas si coincidimos una o dos veces más en la cola del INEM. Todavía me habló con la inocencia del recién parado de su guion, del filme prodigioso que habría de brotar de su cabeza y ser puesto a ojos del mundo a través de mi cámara – Miguelito Gimeno, sic –. Con el tiempo acabamos separados, distanciados por nada en especial, lo último que supe de él es que regentaba un quiosco de prensa y lo último que supo de mí es que comencé a trabajar de electricista. Aunque esta no fuera la última de mis ocupaciones; al primer calambrazo, el electrofóbico impenitente salió corriendo.

Años después me ganaba la vida, o la perdía, si no es perderla poco a poco acabar consumido por las desilusiones, como empleado de un videoclub. Coincidió con el boom del VHS y los taquillazos de acción, y tal y como predijo Miguelito Gimeno, las estanterías de cine para adultos – tras unas puertas al estilo de un saloon de western – resultaron atraer a una densa caterva de fieles. Por las noches, en la soledad del minúsculo apartamento cuyo alquiler consumía con ansia voraz gran parte de mi exiguo sueldo, yo seguía rodando con pimienta y rosquilla los planos de una película imposible.

– Menuda carrera lleva ese amigo tuyo – me comentó mi padre, como si tal cosa, mientras hundía el tenedor en la ensalada murciana un domingo de visita cualquiera.

– ¿Quién? – pregunté, sinceramente sin saber de quién hablaba, consciente de que amigos, y amigos que hubieran hecho carrera, podía contarlos con los dedos de la mano de un manco.

– Pero hijo, es que vives en otro planeta… Miguel, ese Miguel con el que te pasabas el día enredando. Hoy ha salido en las noticias. ¡En el telediario, ni más ni menos!

– ¿Miguelito Gimeno? ¿Y qué ha hecho? Si era buen chaval…

– ¡Hombre! Mira el golondrino este – dijo mi padre, señalándome con el tenedor; parecía que hablaba con alguien más, se le había quedado la manía desde que murió mi madre –, ¡y tan bueno! Como que ha escrito una película, el tío. Y la va a dirigir un tal Villaronga o algo así.

– ¿Agustí Villaronga? ¿Miguelito Gimeno?

Me pareció una injusticia. Yo tenía más experiencia rodando planos con pimenteros y rosquillas que cualquier director de cine. Y, además, Miguelito Gimeno me lo prometió. ¡Me lo había prometido! Ese guion era para mí. El muy traidor… Y encima salía por televisión, haciendo pública su afrenta como aliño perfecto para la ensalada de mi padre.

– ¡Vaya! – dije al fin – Me alegro por él.

Por un instante me sentí tentado de sacar un primerísimo plano de mi padre, que ya había perdido todo interés en mí y volvía a concentrarse en el televisor, pero alejé mi mano del cesto de las rosquillas y me marché.

La película de Miguelito Gimeno fue un éxito, aunque al final no la dirigiera Villaronga. Por mi parte, resistí durante meses la tentación de internarme en una sala de cine, como un espía anónimo, y ver en persona aquella traición en formato panorámico. Finalmente, cuando la versión para alquiler estuvo disponible en el videoclub, opté por el pase privado; pensé que era mejor despotricar en casa. Eso pensé. Pero en lugar de gritar, de maldecir, de vilipendiar al Bruto o al Judas que se escondía bajo la apariencia de Miguelito Gimeno, lloré. Me deshice en lágrimas durante noventa minutos. Aquella película hablaba en un lenguaje a ratos brutal, a ratos en susurros que solo acallando el alma podían hacerse oír; la historia se tornaba enrevesada como un intestino y en realidad hablaba de la simplicidad de la vida. Miguelito Gimeno había firmado una obra maestra. Con los títulos de crédito dejé de odiarlo. No se puede odiar a alguien que ha observado tanto, tantísimo el mundo desde el interior de la taquilla de un cine desaparecido.

Pasados unos meses, todo el mundo esperaba con ansias una nueva entrega del talento de Miguelito Gimeno. Incluso se comentó en televisión, en el telediario, según mi padre, que la productora había empezado a perder la paciencia. Miguelito había escrito durante semanas con una obsesión y una dedicación propias de un genio o de un loco. O de un genio loco. O de un loco genial. Pero se negaba a elegir director. La realeza del cinematógrafo nacional se rendía a sus pies y Miguelito Gimeno no se casaba con nadie.

Entonces sonó el teléfono.

– Videoclub Matiné, dígame…

– ¿Manolo?

– ¿Miguelito?

– ¡Manolo! No veas lo que me ha costado dar contigo… Llevo semanas buscándote.

– No me digas. Oye quería felicitarte por tu guion y…

– ¿Aquel guion? Esa película apestaba, menos mal que te he encontrado…

– Pero si… Oye Miguelito, la película me pareció muy bue…

– ¡Lo tengo, Manolo, lo tengo!

– ¿Cómo? Que tienes… ¿qué?

– El guion.

– ¿Otro guion?

– No, Manolo, el guion. Tu guion. Nuestro guion. Vas a dirigir una película.

– ¿Quieres que dirija tu guion? ¡Madre mía, Miguelito, qué locura! Y ¿es tan bueno como el otro? Porque si es igual de bueno, ¡madre mía, Miguelito, qué locura!

– ¡Mejor, Manolo, este es mejor! Sin comparación. El otro apestaba, te lo digo yo, hombre. El otro es el pasado. Este es nuestro futuro. Nuestro, Manolo, nuestro.

Me reencontré con Miguelito Gimeno unos días después de su llamada, en un amplio apartamento del casco antiguo. Reformado, con mucha luz. En el centro del salón una máquina de escribir Olivetti de color rojo acaparaba todas las atenciones del mundo.

– Por fin, Manolo – me dijo Miguelito, mientras me brindaba un botellín de cerveza y se acomodaba en un sillón de cuero –, he escrito la historia que siempre soñé.

– Te agradezco que hayas pensado en mí, Manolo. La verdad, después de tanto tiempo, pensé que no te acordabas ni de mi nombre. Y pudiendo elegir a cualquier director, claro, yo…

– Tonterías, Manolo, tonterías… Lo que pasa es que me ha costado lo mío, ¡imagínate! Para empezar tuve que escribir ese otro bodrio de guion…

– Hombre, Miguelito, a mí la película me pareció…

– ¡Nada, nada! Olvídate de esa película. Un mal necesario, está claro. Toma – dijo, extendiendo un brazo y ofreciéndome un grueso montón de páginas encuadernadas –, aquí lo tienes.

Sostuve el guion entre las manos y sentí un cosquilleo en el estómago.

– El protagonista es un electricista – anunció Miguelito –. Es una historia directa, sin concesiones. Te va a encantar.

Hojeé la primera página con la sensación de estar atisbando un profundo pozo, codiciando hallar respuesta a la irresoluble incógnita de la vida y que debería encontrarse impresa en el alma de aquellos personajes.

La escena describía la visita de un electricista a un ama de casa en lencería. El diálogo era escaso y daba paso a una detallada descripción de posturas sexuales.

– Pero, Miguelito, ¡esto es el guion de una película pornográfica! – exclamé.

– Pues claro – respondió con vehemencia Miguelito Gimeno –, en el cine para adultos está el futuro de la industria.

Me levanté, me disculpé por volcar el botellín de cerveza, carraspeé, busqué durante un minuto que me pareció una eternidad mi chaqueta que pendía de un perchero de diseño y aduje que tenía prisa. Al final, antes de desaparecer por las escaleras, me sinceré con Miguelito Gimeno.

– No puedo dirigir tu película, Miguelito. El protagonista es electricista, y yo… yo… ¡soy electrofóbico!

Si hubiera tenido un pimentero y una rosquilla hubiera rodado un primerísimo plano de la cara de Miguelito Gimeno.


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El autor

Alexis López Vidal (Torrevieja, Alicante, 1979) es autor de artículos y relatos, ensayista y novelista. Ha obtenido diversos galardones de narrativa y poesía.
  • ISNI: 0000 0004 7765 6040

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