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Bar Matrioshka

Inocencio, parapetado tras el grifo de cerveza, la contempló cruzar el umbral del Bar Catalina sintiendo un estremecimiento en el bajo vientre;
Alexis López Vidal access_time 12 min lectura

I. INOCENCIO

La mañana le recibió con quejumbre, con la senectud mal llevada propia de los días de invierno; azoteas y aparataje urbano encanecidos de nieve, la atmósfera lechosa a través de brumosas cataratas y un sol cobarde como un viejo con el pijama meado. Así, arrastrado de la cama, removido de un sueño sin diluir del todo, comenzaba a componerse el día.

Una motocicleta petardeó al tiempo que un operario le hacía señas con una mano, mascullando algo contra un palillo salivado. En realidad pudo decir cualquier cosa. «Buenos días», respondió Inocencio y continuó caminando alternando un anodino paso con otro anodino paso sin percatarse de que la suela de sus zapatos se recortaba con definición sobre un paso de cebra recién pintado. Quienes le conocían hubieran asegurado sin dar resuello a la duda que aquella sucesión de pisadas, nítidas como una hilera de hormigas deambulando sobre arena blanca, como un negativo fotográfico, coreadas por una retahíla de espumarajos y vilipendios a su espalda, eran la única huella que Inocencio habría de dejar en este mundo.

Levantó con esfuerzo la persiana del bar y desenroscó la serpiente de eslabones que atenazaba el torreón de sillas de plástico junto a la entrada, disponiéndolas en torno a cuatro mesas amarillentas. Nadie se sentaba nunca afuera, quizá alguna pareja de turistas, mochila en ristre, en verano. Impensable en invierno, aunque así evitaba que un vehículo estacionado ocultara el pizarrín con el menú del día – a los transeúntes – y obstaculizara dentro las conversaciones en torno a quienes cruzaban frente al ventanal rotulado – a los habituales –. Surgió en una de estas un comentario propio de los profesionales de la barra fija, a mitad de mañana, cuando el suministro de belmontes deja paso a la caña corta, precediendo a la entrada de Anna Fedorova en su vida.

– Menuda hembra…

Inocencio, parapetado tras el grifo de cerveza, la contempló cruzar el umbral del Bar Catalina sintiendo un estremecimiento en el bajo vientre; un arrebatamiento primario, carnal, que creía perdido desde mucho antes de dar sepultura a la santa esposa que le dio dos hijos y nombre al establecimiento.

Anna Fedorova había nacido menos de treinta años antes, lejos del ornato de San Petersburgo y muy cerca del mugido del ganado ruso. Sin embargo, era difícil resistirse a ese encanto de club de carretera, a aquella estampa arrancada en su conjunto de la pantalla de un cine de barrio setentero. Inocencio contempló extasiado la generosa silueta atrapada en un vaquero de pitillo; el busto amenazando la hombría más chulesca, coronado de un símil de leopardo; el cabello blondo, dorado a conciencia de enmascarar la raíz oscura; los grandes ojos verdes, realzados por el abuso del rímel, que le estrangularon el seso cuando se despojó de las gafas negras.

– ¿Qué va a ser? – le preguntó él, satisfecho como pocas veces en su vida de aquella profesión de servidumbre, que le permitía dirigirse, casi sin miedo, a aquella amazona de las estepas.

– Yo busco trabajar, ¿…posible aquí? – le respondió ella con acento marcado y voz susurrante, de chiquilla temerosa. Qué importaba si la había utilizado antes o no en otros menesteres, capitalizando sus caricias, el problema era evadir aquella voz exhalada como un cálido aliento brotando de los labios carnosos.

– ¿Trabajar? – el corazón de Inocencio se desbocó en el interior del pecho sexagenario, palpitando al estroboscópico ritmo de una proyección; fotogramas lanzados contra una pared en la que se contemplaba junto a aquella mujer, al acabar la jornada, compartiendo si quiera la soledad al cobijo de su belleza – ¿Qué sabe hacer?

– Yo todo… – respondió vehemente Anna Fedorova – Yo limpio, sirvo mesa…

– Venga esta tarde, a las tres – la atajó Inocencio, cortando el paso a la entraña que se le descabalgaba de la pechera –, y traiga camisa blanca.

Anna Fedorova asintió, y se marchó dejando a su paso una fragancia dulzona que aún tardó minutos en desvanecerse.

II. ANNA FEDOROVA

Se internó en el estrecho pasillo iluminado por bombillas rojas, que ni por asomo contagiaban de erotismo a los desconchones de las paredes. Llevaba tomado de la mano a un camionero vasco, orondo, mal afeitado, de gaznate aguardentoso que tuvo que besar para hacerle creer que tras ese habría otros besos. Abrió la puerta de un cuartucho ratonero que por mobiliario ostentaba una pequeña cama, un bidé, dos toallas y una papelera atragantada por una bolsa de supermercado. Le susurró el rosario de tópicos que acostumbraba, la suerte de lugares comunes que aprendió de memoria y que solo un imbécil abotagado de alcohol puede creerse en una situación así. Le exigió con la misma sutileza el pago por adelantado y acometió el trabajo sin llegar a desvestirse del todo.

Consumió la noche en idas y venidas, de arrancar cubalibres de garrafón a profesionales del volante y del puterío a arrancarles los pantalones, inclinándose con ceremonial sobre el bidé al término de estos amagos amatorios y exhortándoles al cabo a abandonar el cuchitril.

– Ahora tú fuera…

A la mañana siguiente Anna Fedorova abandonó el club con aire somnoliento, pero con la solemnidad propia de quien deja atrás la factoría tras haber cumplido con celo su jornada. Los tacones de aguja de sus botas abandonaron el extrarradio y se internaron en la urbe.

Un hombre enfundado en un mono de trabajo, que repintaba un paso de cebra, se arrancó de la boca un palillo y le soltó a bocajarro un piropo subido de tono. Ella, a pesar del cansancio, interpretó como de costumbre una sonrisa. Nunca podía asegurar no estar delante de un cliente, pasado o futuro.

Serpenteó entre las callejuelas como una gata, demasiado cansada para soterrarse bajo las sábanas y prender la mecha de sus horas de libertad antes de atravesar nuevamente el pasillo iluminado de rojo. Se encontró con el Bar Catalina sin pretenderlo, y sonrío al pensar en Catalina II de Rusia, la Grande, famosa tanto por sus conquistas como por sus apetitos sexuales y sus numerosos amantes. Y meditó sobre la inutilidad de yacer con animales, ebrios de alcohol barato y que apenas la recordarían al día siguiente. Así no emularía a la emperatriz Catalina. No conquistaría nada ni a nadie.

Entró decidida en el bar, despojándose de las gafas oscuras para aclimatar sus ojos esmeralda a la atmósfera cargada. Se dirigió hacia la barra mientras alguien, le pareció, murmuró unas palabras.

Apenas reparó en el encargado. Solo cuando aquel hombre diminuto, pálido y algo calvo se dirigió a ella le contestó, sin vacilar.

– Yo busco trabajar, ¿…posible aquí?

III. TOMÁS

Trató de disimular el malestar que le provocaba compartir el camarín del ascensor con aquella vieja y, en especial, con su perro. Asintió como un autómata ante la narración, procelosa en la exactitud de los detalles, del malestar estomacal que afectaba a aquel híbrido de can y roedor, tomado en brazos como el mesías peludo de una arrugada madona. Cuando concluyeron el descenso no supo decidir a quién, si a uno o a otra, correspondía la autoría del nauseabundo aroma que le había acariciado los bigotes. Tomás se despidió con premura y tomó la calle como una liberación, aspirando hondamente el aire gélido de la mañana. Por desgracia la autoridad local había decidido que era tiempo de señalizar de nuevo los pasos de cebra que jalonaban la avenida, y el penetrante olor a pintura se abrió paso a través de sus fosas nasales. Maldiciendo entre dientes cruzó la calzada en dirección al quiosco de prensa, saludó con desgana al propietario y, como de costumbre, adquirió un ejemplar del diario deportivo.

Como de costumbre, también, lo leyó en el Bar Catalina mientras su condición de jubilado le permitió alargar al máximo el placer de tomar un café.

Extrajo del bolsillo interior del abrigo un bolígrafo de tinta azul, un ejemplar de la quiniela sin cumplimentar y buscó en el periódico la página en que se daba cuenta de la tabla clasificatoria de primera división. Un repaso breve le sirvió para comenzar a sembrar de cruces el boleto, momento en el que la puerta del bar, abierta, dejó internarse entre la caterva de parroquianos a una rubia de infarto. El bolígrafo se detuvo ante la casilla del pleno al quince y Tomás sintió que de su boca, sin poder evitarlo, se le escapaban las palabras.

– Menuda hembra…

Sintió tal párvulo ante el súbito, incontrolado, brote de visceralidad masculina que enterró el rostro entre las columnas de apuestas y no emergió de la lista de enfrentamientos futbolísticos hasta que aquella mujer que había hecho temblar la fotografía en blanco y negro de su boda se marchó, habiendo impregnando el aire de un perfume embriagador y dulce.

IV. INOCENCIO, ANNA FEDOROVA, TOMÁS

Desde que el invierno había cedido el santoral a las onomásticas primaverales, a pesar de transitar las calles de una ciudad de natural ventosa, los paseos de Inocencio y Anna Fedorova, asidos de la mano, regados de espontáneos besos, habían escapado del presidio del anonimato y puestos en boca de todos. La relación había salpicado de matices, de pequeños cambios que en su totalidad suponían una transformación mayor que la suma de sus partes, a cuantos orbitaban alrededor del Bar Catalina; Inocencio aplicó una nueva prerrogativa a su existencia, se abandonó al amor de aquella valkiria del Este, de ojos gatunos y acento hipnótico. Podía leerse en el prospecto del mejunje para oscurecer las canas, en la posología de las pastillas azules para rendir batalla en la trinchera del lecho; Anna Fedorova paladeó el mundo más allá del sórdido pasillo de luces rojas, jugando al mismo juego de sonrisas y miradas tras la barra del bar. Se la veía intangible, elevada a un altar prohibido para los asiduos del carajillo que acometieron la visita al Bar Catalina con la misma gravedad que la asistencia a misa – sin perdonar un día, participando de la liturgia secreta de admirar su silueta desprendida –; Tomás se despojó sin tardanza del sonrojo, y entre unos, equis y doses quinielísticos se permitió de tanto en tanto una chanza de cromatografía verdosa. Podía calibrarse en el nivel de la botella de colonia a granel, en el tiempo de acicaladura frente al espejo del baño.

Coherente con la gravedad del estado amoroso, rendido al efecto Pigmalión de las caricias esteparias, Inocencio asumió necesario levantar acta notarial de los sentimientos que albergaba. Barruntó que dos hijos mayores – bien criados, bien casados y bien empleados – no requerían ya de él mayor atención que su afecto. Por el contrario, le fue difícil cuantificar el cargamento de arrumacos que le sobrevendría al asegurar el porvenir de Anna Fedorova poniendo el Bar Catalina a su nombre. Y así lo hizo.

Tomás aseveró con entusiasmo, ante la pusilánime mirada del yorkshire terrier, que lamentaba enormemente que el pobre animal no digiriera bien el salpicón de marisco. Saludó bienintencionado a la anciana del cuarto piso y salió del ascensor habiendo contrarrestado la nube de gas tóxico a base de generosa loción de afeitado. Atravesó la carretera frente a los vehículos que aguardaban detenidos el permiso del semáforo y por primera vez, aquella mañana, se percató de las enjutas pisadas que alguien dejó grabadas sobre el paso de cebra cuando fue pintado – y que nadie se molestó en volver a cubrir –. Se despidió con efusividad del quiosquero con el ejemplar del diario bajo el brazo y enfiló hacia el Bar Catalina con un hormigueo cotidiano en el estómago.

Anna Fedorova observaba el diligente trabajo de dos operarios, afanados en descolgar el antiguo letrero rotulado de un bermellón desgastado que rezaba «Bar Catalina». Sonrío con los brazos en jarra, el busto henchido que se ofrecía con un ángulo privilegiado a los trabajadores encaramados a la escalera, mientras estos fijaban el nuevo cartel. Sus ojos verdes, profundos, brillaron sin disimulo cuando leyó, junto al dibujo de una muñeca rusa, «Bar Matrioshka».

Tomás dobló la última esquina a tiempo de contemplar la escena, admirado del giro inesperado que a veces toma la rutina más asentada. Se acercó sonriente a Inocencio, apostado en la acera de enfrente, posándole una mano sobre el hombro mientras sostenía el periódico aún caliente bajo el brazo opuesto. No le dio tiempo a hablar.

– No me deja entrar – musitó Inocencio como un alma en pena.

Tomás retiró la mano, afectado, temiendo que aquel destierro fuera contagioso. Trató de recomponer el gesto y tender una mano al derrotado. Palmeó su espalda con suavidad, pero sin descuidar su vista de la entrada del renacido Bar Matrioshka. Le preguntó por lo ocurrido.

Inocencio se encogió de hombros, reprimió un sollozo y exclamó:

– No lo sé. Solo me ha dicho «Ahora tú fuera…»


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El autor

Alexis López Vidal (Torrevieja, Alicante, 1979) es autor de artículos y relatos, ensayista y novelista. Ha obtenido diversos galardones de narrativa y poesía.
  • ISNI: 0000 0004 7765 6040

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