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A la presa del vampiro no le gusta el fútbol

Punk bitches never die.
Alexis López Vidal access_time 65 min lectura

Rememorar aquellos días no me resulta complicado. El recuerdo del cabello fragante de Uxía obra el milagro. Con solo evocar el aroma del champú Sunsilk al huevo que desprendían sus rizos oscuros y todavía húmedos me siento transportada de inmediato a la A Coruña de los años ochenta.

A Coruña, 1982

– ¡No corráis, cabronas, que estoy cagado de miedo! – exclamó Bruno acelerando el paso en mitad de la carretera, lanzando miradas furtivas a las sombras que las farolas dibujaban en las fachadas de los edificios en una larga tarde de junio que cedía el paso al anochecer. La cadenilla con que se ajustaba los ceñidos pantalones, cuajados de parches y cremalleras, tintineaba con cada zancada que sus botas de punta de acero arrancaban al pavimento tratando de llegar hasta nosotras.

Uxía me pasaba un brazo cálido por la cintura y miraba de reojo a Bruno. Yo sostenía un par de baquetas de batería en las manos, marcando un imaginario ritmo caja-caja-platillo en el aire. En parte porque lo consideraba fardón y en parte porque me obligaba a tener las manos ocupadas para no recorrer a cada segundo el cuerpo menudo y atrayente de Uxía.

– ¡No te des la vuelta! – le gritó divertida – ¡Tienes un zombi a tu espalda!

Bruno profirió un alarido de verdadero pánico y comenzó a correr sin pudor. Su cresta amarilla cruzó como un rayo por mi lado y se detuvo a algunos metros de distancia. Un pezón rosado rodeado de vello le asomaba constantemente por la camiseta de tirantes. Jadeante y con los brazos en jarras se giró y aguardó a que le alcanzáramos, todavía mirando en todas direcciones esperando ver aparecer a un muerto viviente.

– Joder, Bruno, para ser un punki eres un cagado de mierda – le dije señalándole con una de las baquetas.

– Tía, es que esa puta peli era demasiado ¿vale? ¡Puta Nueva York bajo el puto terror de los putos zombis! – se quejó alzando la voz, pero no demasiado. No estaba seguro de quién podía estar escuchando en la oscuridad, relamiéndose pensando en sus tejidos cerebrales.

– Te sobran unos cuantos putos en el título1Zombi 2: Nueva York bajo el terror de los zombies (Lucio Fulci, 1979). – respondí.

Costaba no reírse. Uxía sonreía de oreja a oreja y sus ojos del color del mar gallego se achinaban.

– Vosotras sí que sois unas putas, dejándome tirado para que me coma el cerebro un puto zombi…

Fue imposible contener las carcajadas. Bruno acabó riendo también, aunque la suya era una risilla nerviosa que no le impedía seguir atisbando cada rincón mal iluminado de la calle.

Después de la sesión de cine de serie B hicimos una parada en el bar Dandridge, un garito de reciente apertura en el que servía copas en días alternos después de clase, para jugar unas partidas de Polybius, bebernos unos tercios de Estrella Galicia y aprovisionarnos de otros tantos que apuraríamos sentados sobre el respaldo de un banco frente a la playa de Riazor, aspirando la brisa del mar y el humo denso de un canuto pasado de mano en mano. Antes de marcharnos les mostré a Bruno y a Uxía el obsceno cartel que acababa de diseñar para el concierto de debut de La Guarra Compaña2En alusión a la Santa Compaña, una leyenda popular de Galicia y el noroeste de la Península Ibérica, sobre una procesión de ánimas. Aunque el aspecto de la Compaña varía según la tradición de diferentes zonas, la versión más extendida afirma que está formado por una comitiva de almas en pena vestidas con túnicas negras con capucha que vagan durante la noche., nuestro pequeño proyecto de grupo punk y que atesoraba bajo la barra. Asaltamos por última vez el arcón refrigerador de los botellines y dijimos adiós a Jerry, el propietario del bar, un irlandés modoso con gusto para la música que se decía enamorado de nuestro país, que meneó la cabeza y aludió desde la puerta del almacén al hecho de que contaba conmigo al día siguiente y a que no volviera a llegar tarde.

En la playa el aire transportaba un olor penetrante a salitre y alga. Uxía apoyó su cabeza sobre mi hombro y musitó algo ininteligible, podía estar cansada o todo lo contrario. Nunca estaba segura de sus intenciones y eso me frustraba y me excitaba a partes iguales. Al cabo de un tiempo, por efecto del psicoactivo que mordisqueaba mis neuronas o porque la cadencia del oleaje al llegar a la orilla resultaba hipnótica, me pareció que todo a nuestro alrededor se movía más despacio. Como si el tiempo se hubiera vuelto elástico y los dígitos en el reloj Casio de mi muñeca parpadearan durante siglos antes de avanzar siquiera un solo segundo.

Un escalofrío húmedo me recorrió la nuca, tal que si una babosa se arrastrara por el sinuoso trayecto bajo la base de mi cráneo y tuviera como fin adentrarse en el conducto auditivo. Así lo recuerdo. Un aliento frío que me erizó la piel y que vertió un ensalmo paralizante en mi oído. El rizado cabello de Uxía dejó de ser una colcha suave que me amparaba y se volvió una ristra de filamentos viscosos extendiéndose en torno a mí, que acabaron por aprisionarme. Por supuesto, llegado ese instante de terror y parálisis, quise gritar pero era tarde. El pútrido capullo que me aprisionaba me cubría por completo hasta la boca dejando libres la nariz, para seguir respirando la atmósfera de horror y cánnabis, y los ojos, para contemplar y no dar crédito a cuanto ocurría. La playa había comenzado a consumirse, grano a grano, ola a ola, cayendo en espiral por un creciente e insondable abismo que se abría camino hasta nosotros. Bruno se evaporó en un hálito gris con la última calada del porro y Uxía ya no era más que una madeja que me comprimía el músculo hasta tronzarlo. Todo se desbordó por el abismo y quedó en silencio. Hasta que escuché un goteo, lejano aunque nítido y constante. Tap. Tap. Tap. Súbitamente me cegaron unas luces blancas y brillantes. Luz eléctrica. Tap. Tap. Tap. Me hallaba en un lugar nuevo si bien de algún modo familiar. Vagamente reconocible. Me costaba identificarlo porque mi punto de vista era insólito, un incómodo contrapicado que mostraba cada objeto a contraluz. Tap. Tap. Tap. Una vitrina de cristal que ocupaba casi por completo el ancho de la sala contenía un compendio de las diferentes partes en que se puede despiezar cualquier animal de granja. Filetes de ternera, de cerdo, de oveja brillaban bajo los tubos fluorescentes. Tap. Tap. Tap. Lo supe. La certeza surgió de un confín remoto de la infancia. Todavía era una niña de la mano de mi madre cuando visité por primera y esperaba que última vez aquel espacio. Una carnicería de A Coruña de la que me marché con el estómago revuelto por la impactante imagen de caretas de cerdo y cabezas de cordero y a la que nunca quise regresar. El principio de mi inconstante compromiso con el veganismo. Tap. Tap. Tap. Solo que en esta ocasión me hallaba al otro lado de la vitrina. No era más que otro trozo de carne. Sanguinolenta carne a merced del ansia de algo retorcido y hambriento que contemplaba las diferentes opciones del menú sin acabar de decantarse, aún, por ninguna. Salivando. Tap. Tap. Tap.

– ¡Arriba España, cojones, que hemos ganado!

– Pero, ¿qué ostias…? ¡Qué ostias está pasando! – grité. Había recobrado el dominio de mi voz, la plena capacidad de ensanchar los pulmones y gritar. Gritar. ¡Gritar!

– El Mundial3La Copa Mundial de la FIFA España 1982 fue la duodécima edición del campeonato mundial de fútbol masculino organizado por la FIFA. Se celebró en España desde el 13 de junio hasta el 11 de julio de 1982. de los huevos… – respondió Bruno en tono apático, contemplando con desdén la caravana de vehículos que procesionaban a nuestra espalda, y a sus ocupantes que se desgañitaban alabando el tamaño de los testículos de los integrantes de la Selección Española de Fútbol, haciendo sonar los cláxones con entusiasmo desaforado y ondeando banderas a través de las ventanillas abiertas – Que le hemos ganado a Yugoslavia, tócate la polla. ¿Sabes tú dónde coño está la puta Yugoslavia?

Uxía se removió sobre mi hombro, a disgusto por la escandalera de pitidos y voces, y esta vez entendí con claridad sus palabras. Quería marcharse a casa. Yo seguía atenazada por el pavor, temblando, mirando desde el interior de un acuario turbio la playa y sus olas, la exagerada cresta de Bruno, sus bucles perfumados rozándome la yugular.

Me recompuse apenas, carraspeé. Advertí que Clemen, un rocker al que solíamos ver por el paseo marítimo, se entretenía sacando la lengua y dedicando peinetas a los entusiastas del fútbol y el orgullo nacional. La escena volvía a ser tan delirante y contracultural como de costumbre en esa época. Nada que ver con carnicerías fantasmagóricas y criaturas acechantes.

– No sé qué mierda le has metido al canuto, Bruno, pero ya te vale… – le reproché, con el corazón descabalgado del pecho y pugnando por recobrarse.

Bruno enarcó las cejas y aspiró con dedicación a la causa una profunda calada. Tenía los ojos enrojecidos.

No tardamos en despedirnos con los habituales empujones e insultos cariñosos, cualquier cosa para evitar decir en alto que nos echaríamos de menos hasta volver a coincidir por la mañana en la facultad de Magisterio. Ya a solas me confesé a mí misma que, después de todo, Bruno podía haber estado en lo cierto. Ahora no parecía tan ridículo presumir que las callejuelas albergaran espantos desconocidos y alargué el paso de retorno a casa. Quen ten cú ten medo4Quien tiene culo, tiene miedo. solía decir mi padre, patrón de arrastrero, antes de echarse a la mar.

…una extraña sensación,
siento algo que se mueve dentro.
No sé bien lo que siento.

Al día siguiente desperté todavía cansada por un sueño inquieto, interrumpido por repentinos sobresaltos en los que me veía arrastrada a parajes de pesadilla, cubierta desde la cabeza hasta los dedos de los pies que asomaban por la sábana de una sudoración fría y compacta. Permanecí inmóvil unos instantes, con la vista clavada en el techo de la habitación. Por entonces, una enorme bandera británica coronada por el logotipo de los Sex Pistols sujeta con chinchetas escoltaba a la lámpara de plafón que se había convertido en un cementerio de pececillos de plata. Una luz anaranjada se colaba por la ventana mientras escuchaba a Parálisis Permanente interpretar el tema Tengo un pasajero.

Tengo un pasajero
dentro de mi cuerpo.
La sangre me está ardiendo…

Apagué la música del radiodespertador, confirmando la desagradable combinación de hora y día de la semana. 07:02. Lunes. Con el silencio, desde el pasillo exterior y a través de la puerta cerrada se filtraban los ecos de las voces de mis padres. Me olisqueé las axilas y arrugué la nariz. Era hora de levantarse, de olvidar toda ensoñación lúgubre y, decididamente, de darme una ducha.

El agua tibia me hizo bien, resbalando por mis mejillas, por mi espalda, por mis muslos. ¿Cómo no acabar dirigiendo mi pensamiento hacia Uxía? Risueña, salvaje Uxía. Me aseguré de haber deslizado el pestillo del cuarto de baño con un rápido vistazo y me entregué al placer pensando en sus dedos juguetones y sus labios carnosos como la pulpa de una fruta exótica.

Pantalones pitillo, cinturón ancho, camiseta de rejilla, muñequeras. Botas. Pelo erizado con una mezcla de agua con azúcar y laca. Mucha laca. Base de maquillaje de color blanco. Lápiz negro con la punta quemada para perfilar ojos y labios. Ya estaba lista para otro día de clase.

– Vaya pintas llevas – dijo mi madre nada más verme entrar en la cocina. Se ocupaba de algún guiso desde primera hora. Olía bien, como de costumbre.

– Buenos días a usted también, madre – respondí.

Mi padre, sentado a la mesa camilla recubierta de un sempiterno mantel de hule decorado con florecillas azules, levantó la mirada por encima del ejemplar de La Voz de Galicia que sostenía abierto con ambas manos y volvió a concentrarse en su lectura sin decir nada. A su lado su madre, mi abuela Maruxa, con su moño blanco como la nieve y su cara tersa como la de una niña, con una cruz de oro pendiente del cuello y pendientes de perlas, miraba un vaso de leche y una porción de bica5Bizcocho caracterizado por su jugosidad y la densidad de su miga, a resultas de la mantequilla y la nata usadas en su elaboración. gallega con ojos lánguidos e inapetentes.

– Desayuna – ordenó mi madre – y cuida que desayune la avoa6Abuela. – agregó.

Maruxa era un pajarillo de manos entrelazadas y mirada errante que se mantenía del aire contenido entre las paredes de casa, probando bocado a desgana, con el habla perdida por la afasia. Mojé la bica en la leche y se la acerqué a la boca. Dio un pequeño mordisco y masticó con lentitud. Acaricié su sien plateada.

La contraportada del periódico de mi padre llamó mi atención.

– Brujo peruano viene a La Coruña con una calavera recién desenterrada… Un hechicero llega a Galicia para exorcizar a la selección de Perú ante su partido inicial en el estadio de Riazor – leí. Puro deleite bizarro. Brujos y el Mundial de fútbol, pensé.

Mi padre asomó la cabeza por el diario, corroboró la noticia y chasqueó la lengua.

– ¡Bah! – dijo – Los nuestros ganaron anoche sin brujos ni meigas. ¡Coraje y hombría es lo que hace falta!

La conversación se centró demasiado pronto en el fútbol y en la testosterona.

– No me gusta el fútbol. No me interesa si ganamos o perdemos… – repliqué iniciando una nueva maniobra de aproximación del bizcocho a la boca de mi abuela – ¿Hubo faena esta noche, padre? – pregunté cambiando de tema.

Mi padre sonrió. Sabía perfectamente a qué me refería. Hacía tiempo que compaginaba la pesca con el contrabando de tabaco.

– Algo cayó en las redes, rapaza – contestó, y sin que mi madre lo advirtiera extrajo un paquete de cigarrillos Winston de uno de los bolsillos de su pantalón y me lo entregó con disimulo.

Restaba la mitad del pequeño bizcocho cuando mi abuela se hartó, negándose a dar otro bocado. Besé su piel sin arrugas y me puse en pie para marcharme. Con una agilidad y una fuerza impropias me agarró de la mano y me miró directamente a los ojos. Su mirada me atravesaba, como la de un centinela que da el alto. Me sobresalté y trastabillé. Me giré hacia mi madre, absorta en el guiso, y hacia mi padre, parapetado tras las páginas del periódico. Ninguno lo había advertido. Miré de nuevo a mi abuela. Volvía a ser la anciana que solo inspiraba ternura. Los dedos nudosos y retorcidos, envueltos entre sí en un ovillo, ya no me aferraban. La mirada continuaba extraviada en algún lugar lejano de su memoria.

– ¿Ocurre algo? – preguntó mi madre soplando el contenido caliente de un cucharón.

– Nada, madre, solo que llego tarde a clase – mentí con un hilo de voz.

Hubiera dado por cierto que lo había imaginado, que seguía bajo el influjo de los canutos de Bruno o que necesitaba de la almohada algunas horas más de sueño, de no ser porque la cruz de oro que pendía del cuello de la avoa Maruxa ahora recogía el calor de otro cuerpo en el cuenco de mi mano.

– ¡Con sentidiño7Con sensatez., hija, con sentidiño! – me advertía la voz de mi madre cuando ya me marchaba a la carrera, dejándolos en la cotidianeidad de sus propias rutinas.

Agarré la sucia mochila atiborrada de libros y apuntes que no había abierto en todo el fin de semana. Tenía un bolsillo exterior de cremallera donde introduje la cruz. Se la devolvería a mi abuela más tarde, cuando estuviéramos a solas, o mis padres creerían que mi último empeño por amargarles la vida pasaba por robar joyas de ancianas. Tomé las baquetas y a ritmo de caja-caja-platillo me encaminé a la Universidad.

Encontré el aula tan concurrida como podía estarlo, teniendo en cuenta los estragos del fin de semana y las celebraciones de patriotismo regadas de alcohol por el triunfo de España en su reciente lance del Mundial. Uxía, desde los asientos que ocupábamos por costumbre, mordisqueaba el capuchón de un bolígrafo Bic. Me dedicó una sonrisa y el recibimiento habitual.

– Hola, guarra.

– Hola, zorra. ¿Y esa camiseta?

Uxía se volvió por completo y dejó que la examinara de cerca.

– Sabía que te iba a gustar.

Punk bitches never die – leí sobre la curvatura turgente de su pecho.

– Las perras punk nunca mueren…

– Ya lo sé, no hace falta que me lo traduzcas, capulla – espeté herida en mi orgullo.

Uxía se echó a reír. El profesor entró en el aula. Todos los que deambulaban entre las mesas se sentaron y las sillas vacías se hicieron más evidentes.

– ¿Y el mamón de Bruno? – le pregunté.

– No ha venido – respondió encogiéndose de hombros.

– Joder, la madre que lo parió, cómo le gusta sobar la cama. Si falta al ensayo le corto las pelotas.

Uxía me acarició despreocupada la mano por debajo de la mesa.

La mañana transcurrió con normalidad. Cuando acabaron las clases encontramos a un grupo de chavales congregados en el exterior del paraninfo. Rodeaban a un larguirucho pelirrojo al que reconocí.

– Eh, Goio, ¿qué manejo te traes?

– Eh, tía. Nada, aquí, haciendo negocio.

Nos mostró una camiseta de fútbol.

– Camiseta de la Selección Peruana, firmada por todos los jugadores – explicó con un melifluo tono de vendedor –. Se alojan en el hotel en el que curro. La cambio por dos cartones de tabaco o mil pelas.

– Vete a cagar, Goio – dije entre dientes.

– ¿Qué?

– Que no me gusta el fútbol. Lo siento, tío.

Nos alejamos tratando de contener la risa. Goio parecía contrariado. Puede que me hubiera escuchado bien la primera vez.

– Come en mi casa y así tendremos más tiempo para ensayar – me propuso Uxía. La Guarra Compaña ensayaba en un cobertizo en desuso de su propiedad, contiguo a la vivienda principal.

– ¿Estará tu padre?

Por alguna razón a su padre no le caía particularmente bien. Es probable que no estuviera seguro de lo que había entre nosotras, o que ni siquiera se atreviera a planteárselo, pero de alguna manera mi presencia le resultaba incómoda y no lo ocultaba.

– No, acojonada, tiene guardia en el cuartel. Hay una movida que le trae de cabeza y de la que no suelta prenda en casa. Últimamente está más paranoico y obsesivo de lo normal. Me tiene desquiciada.

Accedí. La fecha del concierto se acercaba y, pese a que concedía que no íbamos a hacernos famosos, no estaba dispuesta a quedar como unos pringados delante de los colegas y menos de cualquier desconocido. Era preferible aprovechar el tiempo disponible antes de marcharme a servir copas al Dandridge.

La madre de Uxía nos atiborró a cocido. En su opinión, estábamos demasiado flacas y así nunca íbamos a atraer a un buen mozo. Dios tenga en su gloria a aquella pobre e inocente mujer.

Antes de ensayar, Uxía me llevó a su habitación. Cerró la puerta con cuidado y se despojó de la camiseta.

– Ostia, tía… Tu madre… – balbuceé.

– Pero mira que eres boba – dijo extendiendo el brazo y ofreciéndome la camiseta – Quédatela tú, para el concierto.

Sacó una caja de cartón de debajo de su cama y la abrió. Del interior extrajo un chocante ropaje con el que se atavió en un abrir y cerrar de ojos.

– ¡Yo llevaré esto! – exclamó exultante, girando sobre los talones para que pudiera admirarla al completo. El atuendo consistía en un hábito de monje de color pardo que escasamente dejaba al descubierto sus zapatillas de lona. Se anudó un cordón a la cintura y completó el efecto cubriéndose la cabeza con la capucha.

– La Guarra Compaña – tuve que admitir.

Ensayamos durante un par de horas sin Bruno, quien no se presentó, e hicimos lo que pudimos sin el bajista. Comencé marcando el ritmo con la batería de Anarquía en la Ría, una versión bastante libre de Anarchy in UK de los Sex Pistols, que Uxía defendió mejor de lo esperado, y acabamos la sesión cantando a dúo Os pinos, el himno gallego, al que le habíamos cambiado la letra por unas rimas bastante escatológicas.

– Me voy ya o llegaré tarde a currar. Otra vez… – dije guardándome las baquetas en el bolsillo trasero del pantalón. – ¿Te pasas luego?

– Tengo que empollar para el examen de Filosofía. Mi padre me mata si cateo otra asignatura.

– Qué mierda, tía. ¡Si queda la ostia de tiempo para el examen!

– No todas somos un cerebrito, zorra – adujo, y me besó en los labios antes de que pudiera replicar.

– Pásate al menos a la hora de cerrar… – le rogué con nuestras frentes apoyadas una contra la otra, con los labios inflamados de deseo – Te esperaré antes de bajar la persiana.

– No lo sé… Si pudiera escaparme, te llamaría antes. ¿Vale? Y no te pases sisándole birras al inglés, que te conozco. Sigue siendo lunes.

– Es irlandés, tronca – y fui yo quien la besó.

El camino al Dandridge estuvo jalonado de banderines con la bandera nacional colgados de los balcones y los alféizares, regado del bullicio de un país que fantaseaba con saborear la gloria futbolística por primera vez en su historia. ¿Para qué habíamos invertido tanto en organizar un campeonato del mundo si no era para adjudicárnoslo nosotros? Esta pregunta se repetía en cada esquina, y se respondía asintiendo con la cabeza, acompañando el gesto de vehementes promesas de desheredar a los primogénitos si no se conseguía el pase a los octavos de final. Tanto escándalo por un puñado de hombres en pantalón corto dando patadas a una pelota, me dije atravesando las calles y agachando la cabeza por la sensación de ridículo. Serpenteando por las estrechas callejas de la ciudad vieja poco a poco la densidad del tráfico fue disminuyendo, también la frecuencia con que me fui encontrando con otros transeúntes. Dejé atrás iglesias, conventos y colegiatas, hasta encontrarme a solas en el último tramo del trayecto rodeada de viejos caserones y comercios que habían cerrado o se habían trasladado a zonas más prósperas.

El cielo se había oscurecido con una urgencia que me pilló desprevenida. Las bombillas de las farolas se iluminaron e insuflaron de un resplandor ambarino. Volvía a retrasarme. Si quería averiguar cuál era el límite de la paciencia de Jerry, desde luego estaba en el buen camino.

– Únete… al abrazo… – escuché en un susurro entrecortado, casi como las palabras espontáneas y desconectadas entre sí que surgen al girar el dial de una radio.

Me di la vuelta y escruté la calle. Estaba desierta. Desvencijados toldos y persianas echados. Las puertas cerradas con postigos, incluso tapiadas con tablones cubiertos de carteles amarillentos por los orines.

– Únete al abrazo… – repitió. La voz sonaba ahora más gutural. Y próxima.

Volví a girarme hacia la desembocadura de la vía y seguí sin descubrir a nadie. Me urgí a llegar cuanto antes al bar. Sí, qué más daba si estaba perdiendo la cabeza o si algún gracioso se estaba divirtiendo a mi costa, la solución era sencilla. Doblar la esquina, caminar unos pasos más y estaría segura en el interior. A salvo de bromas y paranoias.

Algo surgió proyectado desde la bocacalle y me impactó en el estómago. Me encogí por un acto reflejo. Lo que quiera que fuese no era excesivamente pesado y no me dañó. Me erguí, alerta. Inmóvil bajo el haz de luz de una farola descubrí la figura de un niño de unos ocho o nueve años. Vestía un pantalón de chándal con rodilleras y una camiseta de Jacky el oso de Tallac. Las sombras perpendiculares ocultaban sus ojos, pintando dos cráteres sin fondo insertos en el rostro menudo.

– Únete al abrazo – dijo. Las palabras surgían burbujeantes de su garganta, parecían emerger de un pozo de fango.

– ¿Cómo?

– Si me devuelves el balón… – ahora su voz sonaba aflautada, como cabía esperar en un impúber, e indicaba con un dedo el balón de fútbol que descansaba a mis pies.

– ¡Puto fútbol! – bramé. El balonazo no había sido para tanto, pero el crío me había dado un susto de muerte. Le acerqué la pelota con un puntapié y le grité que se marchara a casa.

Por suerte la persiana metálica del Dandrige no estaba subida por completo cuando llegué. Jerry aún debía estar preparándose para abrir el local al público. Me agaché para sortear la persiana y me interné en el bar. Londing calling de The Clash resonaba a través de los altavoces. Estos vibraban sobreexcitados y la música adquiría una consistencia corpórea que cargaba la atmósfera del bar de una energía inconfundible.

London calling to the faraway towns
Now war is declared and battle come down
London calling to the underworld
Come out of the cupboard, you boys and girls …
8Londres llamando a los pueblos lejanos /Ahora que se ha declarado la guerra y la batalla se acerca / Londres llamando al inframundo / Salid del armario, chicos y chicas

Las paredes cargadas de pósteres y afiches y de extravagancias que Jerry había arrastrado consigo desde su país estaban pintadas de un ocre apagado y forradas parcialmente de chapa antideslizante, tan desbastada que podía haber salido del desguace de una atracción de feria. La pareja de máquinas recreativas junto al lavabo estaban conectadas. La constelación de pequeñas luces del pinball y los enérgicos mensajes del videojuego estaban listos para la monotonía de atraer y esquilmar la calderilla de los parroquianos.

No había nadie tras la barra y supuse que Jerry se hallaba en el almacén. Me encaramé a un taburete, abrí el arcón de los botellines y me serví una Estrella Galicia.

– Qué puta gloria… – dije para nadie tras un largo trago y eructé – ¿Jerry? – llamé en voz alta.

La puerta del almacén estaba entreabierta. Escuché un ruido de arrastre desde el otro lado. Dejé la cerveza sobre la barra y me asomé.

– Eh, boss9Jefe., ya estoy aquí. ¿Necesitas ayuda? – empujé la puerta y entré – ¿Jerry?

Apestaba a humedad. Una bombilla en el extremo de un cable retorcido constituía el único y esforzado punto de iluminación. Los suministros de papel higiénico y güisqui DYC eran abundantes. La bombilla comenzó a parpadear. Las cajas apiladas formando pasillos desaparecían y se materializaban con cada intermitencia, hasta que el filamento incandescente se apagó sin remisión. El almacén quedó a oscuras. El eco de un goteo llegó de ninguna parte.

Tap. Tap. Tap.

Podía ser mi propio miedo, condensándose.

– No quiero volver… – imploré en mi mente – No quiero volver a esa jodida carnicería…

Tap. Tap. Tap.

– Joder. Joder. Joder.

La bombilla emitió un mínimo siseo, después un clic y recordó que su trabajo era alumbrar almacenes saturados de repuestos para el cuarto de baño y alcohol, emitiendo una luz más intensa, como recuperando el tiempo perdido.

Jerry estaba frente a mí, sujetando por el gollete una botella rota, asiéndola con dos dedos. Goteaba y había esparcido un rastro fino y brillante de güisqui sobre las baldosas de linóleo.

Look out!10¡Cuidado! Está rota – dijo. Su acento era melodioso y su voz agradable.

– ¡Mierda, Jerry! – exclamé estremecida y aliviada al mismo tiempo – Tienes que arreglar esta puta bombilla.

For sure I will11Seguro lo haré. – aseguró con una sonrisa.

Los primeros clientes no tardaron en llegar. Un grupo de siniestros que se quejaron porque no dispusiéramos de absenta y que acabaron agotando las reservas de Anís del Mono. Más tarde algunos roqueros y conocidos del ambiente punk de la ciudad, y algún pijo despistado que buscaba un proveedor de anfetas, fueron completando la ecléctica fauna del Dandridge.

La estridente campanilla del teléfono sonó cuando la barra del bar servía de refugio a los más rezagados. Descolgué el auricular con un anhelo que se manifestaba como electricidad estática en las yemas de mis dedos. Pensé que, al final, Uxía había optado por dejar de lado la Filosofía ética y el Neoplatonismo.

– Bar Dandridge, seguimos abiertos si eres una zorrita punk…

– Nena, soy tu madre.

Ostia.

– Ma-dre… – musité. La última sílaba salió con mucho esfuerzo de mi garganta. No era habitual que mi madre telefoneara al bar – ¿por qué llama? ¿La avoa se encuentra bien?

– Sí, sí, tu abuela está igual que siempre – esto lo dijo con más pesadez que consuelo –. Es por tu amigo Bruno. Ha estado aquí su madre. Anoche no apareció por casa y llevan todo el día buscándolo. ¡La mujer estaba hecha un mar de nervios! ¿Lo has visto? ¿Sabes algo?

Le conté que Bruno había faltado a clase por la mañana y que tampoco había acudido al ensayo del grupo, que no lo habíamos visto desde la noche anterior. Mi madre argumentó desde el otro lado del auricular que estas cosas antes no pasaban, que se podía ir andando tranquilamente por la calle y tener las puertas de las casas abiertas de par en par, se preguntó dónde andaría ese chiquillo, me pidió que no llegara tarde a casa y se despidió con un Ave María Purísima que ya sonaba lejano cuando colgó.

Me inquieté. Era lógico hacerlo. Bruno no era poseedor de la cabeza mejor amueblada del mundo, ni mucho menos, pero desaparecer sin dejar rastro durante tanto tiempo, sobre todo sin que su pandilla estuviera al tanto era, cuando menos, preocupante. ¿Con quién si no se hubiera colgado de porros y birras?

Recogí los vasos de cubata apurados y los botellines vacíos, limpié el residuo espeso de bebida derramada y codos sudorosos de la barra con un paño húmedo y me despedí de Jerry.

Uxía no apareció por el bar. Al llegar a casa era tarde, demasiado como para telefonear a la suya y preguntarle si estaba al corriente de la desaparición de Bruno, y me sentía agotada. Exhausta por un día largo y confuso. Me arrastré hasta mi habitación en silencio. La quietud en la vivienda solo se quebraba por el quejido de los viejos tablones de madera del pasillo al caminar. Me dejé caer sobre el colchón, enterré el rostro en la almohada y confié en que quizá no había despertado del todo la primera vez. Mañana, me prometí cerrando los ojos, las reacciones inusitadas de la avoa Maruxa, la ausencia de Bruno, los niños sombríos que juegan al fútbol en callejones serían poco menos que el poso vago de un mal sueño.

Follow me to a land across the shining sea
Waiting beyond the world that we have known…
12Sígueme a una tierra a través del mar brillante / Esperando más allá del mundo que hemos conocido

Me incorporé en la cama, aturdida. Estaba oscuro. Tanto que aún no debía haber amanecido. ¿Qué hora sería? Me aparté el cabello de la cara y dirigí mi atención a la mesita de noche y a los dígitos resplandecientes del radiodespertador pero, en su lugar, encontré un vacío negro. De algún modo habían desaparecido. Ni rastro del caos controlado del dormitorio, de la ropa tirada por el suelo, de los carteles de conciertos pegados en las paredes ni de las mismas paredes, solo un espacio lóbrego que se abría desde mi cama en todas direcciones. Miré hacia arriba esperando encontrar la acostumbrada bandera de los Sex Pistols y la lámpara donde yacían los pececillos de plata que cayeron en su trampa. Contrariamente, hallé lo que parecía el techo de una caverna del que colgaban estalactitas que recibían el baño de una luz tenue, como si desde algún punto indeterminado se abriera paso el esplendor de la luna. Una alimaña revoloteó entre ellas, lo suficientemente grande como para que al batir sus alas se levantara una corriente de aire que me brindó una síntesis del ambiente de la improbable gruta. Era húmedo y hedía a carne putrefacta. Describió un vuelo errático, que se adentraba en la espesura de las sombras y la hacía resurgir para dibujar su silueta abominable bajo la luz espectral. Finalmente posó sus garras sobre el travesaño al pie de mi cama, sacudió la cabeza y extendió sus alas. Me estremecí de terror. La criatura tenía la envergadura de un hombre y recordaba a un murciélago, aunque la tonalidad de su piel era de un vivo color amarillo que contrastaba con los ojos, negruzcos y fulgurantes como dos botones de obsidiana. Me miró y percibí su ansia, una voracidad malsana que me hizo sentir de nuevo como el trozo de carne expuesto tras la vitrina de la carnicería. Y no solo eso. Sus colmillos revelaban una verdad manifiesta. Había llegado el momento de entrar en el menú. Estiró su cuello y dio un paso hacía mí adelantando una de las garras. Petrificada, fui incapaz de reaccionar.

– Únete al abrazo… – dijo con el tono de voz que se escucha en las callejas solitarias, el que emerge de un pozo de fango.

Beyond a world we dreamed could be
And the joy we have tasted…
13Más allá de un mundo que soñamos podría ser / Y la alegría que hemos probado

– ¡No! – grité.

Demis Roussos interpretaba su éxito más reciente, Follow me, en la emisora que sintonizaba el radiodespertador. La habitación ya no era una caverna, sino el reducto de una adolescente punk que tiraba su ropa interior en cualquier parte, rodeada de carteles de conciertos, de banderas tintadas por las primeras luces de la mañana. Y, como me apresté a comprobar con desconfianza, donde los murciélagos de alas amarillas no tenían cabida.

– Joder, estoy fatal… – musité, abofeteándome y estirándome de las mejillas – O se me está yendo la olla o me pasa algo muy chungo.

Apagué la música. Silencio. Ecos de voces desde la cocina. 7:04. Martes. Ducha. Minifalda. Botas. Pelo erizado. Base de maquillaje. Perfil de ojos y labios. Desayuno.

– Ya podrías vestirte un día con un toque más alegre, hija, que pareces Don Cicuta14Anciano esperpéntico que apareció en la primera etapa del concurso televisivo Un, dos, tres…, de tez pálida y ropajes oscuros.… – dijo mi madre a modo de saludo. Preparaba una tarta de Santiago.

Agora xa foi15Ahora ya está. – respondí.

La avoa por su parte se enfrentaba al diario y tantálico esfuerzo de consumir la porción de bica matutina. Recordé que aún no le había restituido su apreciada cruz de oro. Mi padre, que leía su ejemplar de La Voz de Galicia, dejó el periódico sobre el mantel de hule de la mesa camilla al escuchar mi voz.

– Ha aparecido un rapaz muerto en la playa de Riazor – dijo, y señaló el titular en un rincón de la portada, rodeado por otros más grandilocuentes y destacados que hablaban del potencial de nuestro fútbol.

– ¿Bru… no…? – pregunté consternada, si bien me arrepentí de inmediato. Por nada del mundo quería saberlo. En absoluto quería que fuese cierto.
Mi padre se encogió de hombros. Como marino, tenía una postura bastante relativista con respecto a la muerte. Si te mueres, te mueres. El resto a seguir su vida. Y ya está. Agora xa foi.

– No te sulfures, rapaza, será un pescador o uno que andaba pasando contrabando y cayó al agua… – añadió mi padre cuando se percató de que me temblaba la barbilla y se me humedecían los ojos ribeteados de lápiz negro – Los hay que beben para pasar la noche y no tienen temple para dejar el licor quieto.

– ¿Cómo puedes saberlo?

– Cuenta el diario que traía un mordisco grande en la garganta y que se le había salido toda la sangre. Eso lo hace un tiburón, una tintorera… El pobriño caería por la borda y se ahogaría, y el pez le dio el bocado.

Joder.

Mi madre tosió ligeramente para aclararse la garganta y conectó la batidora. Era su forma de decir que ya estaba bien de hablar de muertos en la cocina.

Besé el cabello de plata de la avoa Maruxa y me despedí. Me colgué la mochila al hombro y enfundé las baquetas en el bolsillo de la minifalda. Y pensé en Bruno y en Uxía y en los días en que no soñaba con murciélagos. Desde la cocina mi madre me reclamó sentidiño y su voz todavía recorrió la distancia por entre el mobiliario, los retratos familiares y las estampas de santos y vírgenes hasta la puerta de la vivienda antes de que abandonara el apacible reducto de la familia y me internarse en las calles de un barrio que se desperezaba a base de ruidosos motocarros y martillos neumáticos abriendo zanjas junto a las aceras.

Aquella mañana llegué muy tarde a clase, quizás porque caminé arrastrando los pies tratando de que Bruno dispusiera del tiempo suficiente para alcanzarme, para pasar corriendo a mi lado desde donde quisiera que se hallara, y me esperara con los brazos en jarras o en la facultad, garabateando pollas en un cuaderno, con cara de sueño e hilando bostezos. Me hubiera detenido, estática frente al tránsito de vehículos y señoras que arrastraban el carro de la compra, si con ello hubiera sido suficiente. Pero el deseo de reencontrarme con Uxía, con la dulce y salvaje y divertida, y mía, Uxía, fue mayor.

Encontré el aula inusualmente concurrida, tanto que las ausencias destacaban como escarabajos en un folio en blanco. Ni rastro de Bruno.

Tampoco de Uxía.

¿Hola, zorra?

Dejé la mochila y las baquetas sobre la mesa y me senté. Pese a que el atril del profesor estaba desocupado, todos los estudiantes permanecían callados, o susurraban, algunos enfrascados en la lectura de apuntes y otros disponiendo los bolígrafos en ordenadas hileras o ángulos rectos, comportándose como maníacos que esperaban la inspección del dios del orden y la disciplina. ¿Por qué todo el mundo había decidido aquella mañana que era buena idea acudir a clase? ¿Por qué Bruno y Uxía no?

Una silueta menuda apareció junto al quicio de la entrada. Dio un paso hacia el interior y se detuvo. Me observó. Aún desde mi posición no me pasaron desapercibidas la lividez del rostro y las llamativas ojeras. Desanduvo el paso y permaneció en el exterior sin dejar de mirarme con ojos que hablaban un irreconocible lenguaje de desvalimiento.

Corrí hacia ella sorteando la marabunta de cabestros reaparecidos y renacidos como estudiantes modélicos. Me crucé con el profesor, que frunció el ceño y masculló algo acerca del respeto.

– ¿Dónde coño estabas, tía? – pregunté.

Uxía.

– ¡Me he llevado un susto de cojones! – añadí – Bruno desaparecido y para colmo llego a clase y… ¡Me cago en todo! ¿Tú sabes que han encontrado un fiambre en la playa de Riazor? ¿Sabes el puto agobio que me ha dado al pensar en Bruno? ¿Tienes idea de lo que he sentido al no verte…?

Te quiero, ostia. No quiero perderte a ti también.

Temí que mis palabras hubiesen resultado demasiado abruptas. O desesperadas.

Uxía, en cambio, me devolvió una mirada sin expresión. Una vez mi padre me había convencido para ir de pesca. Pasamos la mañana riendo con sus anécdotas de años en la mar y devorando la empanada de pulpo de mi madre, hasta que un desprevenido pez mordió el anzuelo. Recogí el sedal con cuidado, como me aconsejó mi padre, hasta que lo arranqué de las aguas y sus ojos vidriosos se encontraron con los míos. Se agitó, boqueando, mientras la vida se le iba apagando en los ojos redondos. Uxía me había mirado igual.

– Bruno… No… En la playa… – dijo arrastrando las palabras, como si el paladar se le hubiera llenado de arena de esa misma playa de la que hablaba – No es Bruno… – acertó a decir con esfuerzo – Es Clemen…

– ¿El rocker del paseo marítimo? ¡Joder! ¿Quién te lo ha dicho? ¿Tu padre?

Negó con la cabeza. Parecía ensimismada en sus zapatillas de lona y guardaba las distancias.

– Entonces… ¿quién? Tía, te juro que tengo una movida rara en la cabeza y yo… Vamos dentro y me cuentas, es tarde – la así del brazo en un intento de acercarla a mí. Ella se mantuvo rígida, negándose a moverse.

– Bruno… Me lo ha dicho Bruno… – musitó.

– ¿Qué…? ¿Cuándo lo has visto? ¿Dónde?

– Anoche. Vino a verme anoche… – me miró de nuevo con ojos de pez arrancado del mar – Dijo que Clemen, el puto Clemen – agregó en un tono diferente, como si recordara las palabras de otro – se había unido al abrazo. Quería que yo… también me uniera… al abrazo de alas amarillas.

El abrazo. De alas amarillas.

Sentí un golpe en las entrañas, mucho más severo que el balonazo de un crío en un callejón.

– ¿Unirte al abrazo…? ¿Qué coño sabes tú de eso? ¿Qué coño sabe el mamón de Bruno? ¿Sabe que lo anda buscando la madre que lo parió?

Uxía se apartó aún más. El espacio entre nosotras era frío, desconocido.

– Tengo que irme.

– ¿Qué tienes que…? Joder, la madre que te parió a ti también… Deja que coja la mochila y nos piramos.

Volví al interior del aula para recoger mi mochila. Junto a las baquetas había una hoja de papel con una batería de preguntas.

Mierda. El examen de Filosofía.

Me giré hacía la puerta. Uxía se había marchado.

Joder.

Suspiré. Haría el examen, al menos tan bien como para obtener un aprobado, e iría en busca de Uxía. Los dedos de las manos me temblaban como si fueran de mantequilla cuando extraje los bolígrafos del bolsillo de la mochila. La cruz de la avoa Maruxa se había enredado en el Bic de tinta verde. Me la colgué del cuello para que no se extraviara y porque, pensé, iba a necesitar toda la ayuda que pudiera reunir para compendiar el racionalismo continental de René Descartes en menos de dos horas.

Acabé de divagar en torno a la razón como fuente del conocimiento y entregué el examen.

Hui de la universidad con intención de localizar a Uxía. ¿Debía ir a su casa? Puede que no la encontrara allí. ¿Y si eso le causaba un problema? Sus padres habrían supuesto que estaba en clase.

Opté por visitar los lugares comunes en que nos juntábamos. La busqué en parques, en los bares abiertos con clientela mañanera de jubilados y fanáticos del carajillo que tanto difería de esa otra con la que tropezaba cada noche, incluso en los bancos del paseo marítimo frente a los que ahora aparecían roqueros con la garganta abierta en canal. Fui incapaz de encontrar el rastro del aroma a champú de sus rizos húmedos.

A primera hora de la tarde, cuando obtuve el beneplácito de los dígitos del reloj Casio, me encaminé a casa de Uxía. Dulce, salvaje, divertida. Asustada Uxía. Atravesé barrio tras barrio de la ciudad. Y me sentí verdaderamente sola.

La puerta de la casa estaba entreabierta cuando llegué. Abrí despacio, asomé la cabeza y no vi a nadie. Me interné sin hacer ruido. Desde el salón, que se abría a la izquierda del pasillo que daba a la entrada, escuché la voz de su padre. Parecía mantener un diálogo al teléfono, puesto que no se escuchaban las palabras de su interlocutor.

– …que ni Mundial de Fútbol ni ostias, Secretario, ¿qué me estás contando? ¡Non me toques os collóns!16¡No me toques los cojones! ¡Que llevamos recogidos cuatro muertos y ni sé los desaparecidos! … No, no se puede callar esto por el fútbol… ¡Hay que dar parte a Madrid! … ¿Mixiriqueiro17Quejica.? ¿Yo? ¡Es un remendafoles e non vales para mandar!18¡Eres un cobarde y no vales para mandar!

Colgó el teléfono con rudeza y apareció en el pasillo en apenas dos pasos, que sonaron graves y pesados contra la tarima. Vestía su uniforme de Comandante de la Guardia Civil. La hebilla refulgía y la pistola destacaba en el cinturón.

– ¿Qué haces tú aquí? ¿No sabes llamar a las puertas? – preguntó huraño.

– Yo… eeh… estaba abierta… Venía a ver a Uxía…

– Está en cama. No se encuentra bien.

– ¿Puedo ver…?

– Vete a tu casa – me interrumpió, colocándose en medio del pasillo y avanzando en mi dirección –. Ya la verás mañana.

Casi sin darme cuenta había retrocedido y estaba fuera de la vivienda. El portazo llegó a rozarme la punta de la nariz.

Rompí a llorar. Allí mismo. Frente a la puerta cerrada. Las perras punk tienen sentimientos. Y a veces la vida las supera.

Evité tomar el camino de regreso a casa. ¿Cómo iba a encontrar refugio en una habitación que a ratos se manifestaba como una gruta en la que moraba un murciélago ávido de mi carne? Puede que si andaba, si andaba tanto como pudiera, al final llegase a un lugar en el que Uxía volviera a estar a mi lado, también el prófugo imbécil de Bruno, donde ni las ensoñaciones de carnicería ni los monstruos tuvieran cabida. Callejeé mientras el cielo se maquillaba de un algodón rojizo, después purpúreo y al final, entre el clamor futbolístico y los vítores que escapaban atropellados de los balcones del extrarradio y de los bares de polígono industrial, la oscuridad travestida del resplandor de farolas y rótulos luminosos me alcanzó.

A mis pies, mi propia sombra se proyectaba tan alargada como la copa de un ciprés. El jolgorio del partido de fútbol que se disputaba había empezado a quedar lejano, por un momento amortiguado del todo por el estruendo de una camioneta de reparto que bien podía haber acabado su jornada. Pasó por mi lado con un traqueteo cómico y algún estallido espontáneo del motor y, entonces, después de perderse tras una esquina, se personó con solemnidad el silencio.

Puede que fuera el momento de volver. Tal vez, sí, por qué no, esa noche se acabaran los sueños horribles. La mochila, que colgaba en uno de mis hombros, se había resbalado hasta el antebrazo. La recoloqué y decidí darme prisa.

– ¡No corras, cabrona! Jajaja.

¿Bruno?

Me di la vuelta. Nadie a la vista. Volví a girarme. Un ciclista me esquivó y tocó la campanilla de su bicicleta.

– ¡No te des la vuelta! Jajaja. ¡Tienes un zombi a tu espalda! Jajaja.

Se trataba de la voz de Bruno, sin duda. Aunque había un matiz distinto, retorcido. La única imagen que me venía a la mente era un gusano enroscado a sus palabras y a sus carcajadas.

– ¡Eh, Bruno! – grité, sin saber dónde se ocultaba – ¿Dónde estás, tío?

– Estoy aquí – respondió. La oscuridad lo había devuelto, mirándome con fijeza a escasos metros. Masticaba cuanto decía y lo escupía con una carencia absoluta de sentimiento. Un gramófono reproduciendo el zumbido de un moscardón.

Bruno. Pantalones atiborrados de cremalleras. Bruno. Cresta punk. Bruno. Un pezón rodeado de vello atisbado por los tirantes de la camiseta. Bruno. Promesa de horror tatuada en su semblante.

– Tío… ¿dónde… dónde has estado? Tu familia te anda buscando, ¿sabes?

Gilipollas. ¿Ahora te dedicas a ir acojonando al personal?

– No te preocupes. He estado en casa. Mi familia está bien, ahora todos están bien.

– ¿Ah, sí? Joder, tío, mira, qué bien. Cojonudo, tío – dije tratando de aparentar que esfumarse del mundo y reaparecer como un fantasma era algo rayano en la normalidad –. Oye, ¿dónde coño has estado?

– Me uní al abrazo. ¡Todos nos hemos unido al abrazo! Tú también deberías.

– Bruno, ¿de qué coño hablas? ¡Qué mierda es esa del abrazo!

– ¡Jajaja! – comenzó a reír de manera enfermiza, como enfebrecido – El abrazo de alas amarillas. ¡El puto abrazo de alas amarillas!

¿Se había acortado nuestra distancia? ¿Acaso estaba más cerca? ¡Lo estaba! ¿Cuándo se había aproximado? ¿Cómo?

Tenía los ojos inyectados en sangre. Pequeños ramales de un vivo coral rojo surcaban los orbes oculares trazando mapas hacia un horror desconocido. Su rostro era un reflejo de la muerte. De la muerte no como una entelequia abstracta, sino de aquella que resulta más reconocible. La muerte que hemos atisbado en habitaciones de hospital donde languidecen los ancianos o los muy enfermos, la que nos saluda tras un cristal en las vigilias de los tanatorios. Una muerte perceptible por los sentidos. Se ve. Se huele. Se siente. Una muerte que nos sirve de aviso, de muestra gratuita de supermercado, de anticipo.

– ¡Únete! – rugió. Porque su voz ya no era humana, sino el bramido de una bestia. Sus mejillas se desgajaron de parte a parte y una boca colosal de la que surgían decenas de dientes afilados y retorcidos, algunos como puntas de flecha amarillentas y otros largos y estrechos como agujas, se abrió ante mí – ¡Únete al abrazo! ¡Jajaja!

Sus manos se habían transformado en garras de falanges ahusadas que me apresaron por los hombros. La mochila cayó al suelo con un ruido sordo.

Grité.

La enorme boca se escoró y buscó con ansia mi yugular.

Grité.

Un aliento fétido, de carne podrida, surgía por su garganta.

Mierda. Un jodido monstruo va a comerme viva. Bruno, el monstruo punk, para más señas. Me cago en todo.

Adiós Uxía.

Adiós padre. Adiós madre. Adiós avoa Maruxa.

¡La avoa! ¡Bella muñeca de cabello de plata y dedos retorcidos! Y perlas y… ¡cruz de oro! Sostuve su cruz que ahora pendía de mi propio cuello y la expuse frente a las fauces de la criatura.

Toma ración de cruz, cabronazo.

Bruno se detuvo y me soltó. Emitió un sonido gutural, de ahogo, y convulsionó. Entonces puso los amorfos brazos en jarras y rio con sonoridad. Se burlaba. Se burlaba de mí.

– ¡Jajaja! ¿Una cruz? ¿Una puta cruz? ¡Jajaja! ¿Te crees que esto es una puta peli? ¿A Coruña bajo el puto terror de los putos… vampiros?

Vampiros. Joder. Joder. Joder. Esto se acabó. Me voy al infierno a ritmo de caja-caja-platillo.

Qué ridículas me parecieron entonces las baquetas en el bolsillo de la minifalda.

Pero, ¿sabes qué, puto vampiro gilipollas? Me voy a ir peleando. Soy una perra punk.

Aferré una baqueta y se la clavé en uno de los ojos salpicados de corales y tinieblas. Y empujé con toda la fuerza y la rabia que pude reunir.

London Calling, mamón.

Las risotadas de Bruno se detuvieron en seco. Se mantuvo inmóvil, una efigie grotesca detenida en el tiempo por mi ímpetu o la sorpresa. Quizás ya barruntara no retrasar lo inevitable y hundir sus dientes en mi carne, libar hasta la última gota en mis venas. Pero no fue así. Se llevó las manos a la garganta, con sus apéndices de ramas tétricas tratando de sostener algo que se le escapaba, y emitió un siseo que se fue convirtiendo en un burbujeo. Blurp. La baqueta surgía de la cuenca de su ojo como un mástil. Blurp. El otro ojo me traspasó con odio y estalló, salpicándome la cara. Y todo él, instantes después, se deshizo en una masa gelatinosa en un último burbujeo. Bluuurp. Dejó un rastro blancuzco y pringoso en el suelo, el colapso de una espinilla gigantesca, cubriendo los pantalones de cremalleras, la camiseta de tirantes y las botas de punta de acero que permanecieron en pie.

¡Ostia puta!

Caí de rodillas. El demiurgo que sostenía los hilos de mi marioneta entendió que aquella trama resultaba demasiado inverosímil para el público, aunque la calle permaneciera tan silenciosa como una morgue y aún menos concurrida. En todo caso, decidió cortar los hilos que me sujetaban y las piernas dejaron de responder a sus artes de titiritero o a mi propia capacidad. Quedé tirada en el suelo frente a los restos malolientes de un bajista aficionado que, de algún modo, se había transformado en un vampiro sediento de sangre.

Comenzó a lloviznar. Alcé el rostro hacia las nubes y me dejé bañar por la lluvia. El perfilado de ojos se corrió bajo los párpados y hasta las mejillas. Cuando recobré el aliento, recogí la mochila y me levanté. Todavía surgían pequeñas burbujas de la masa de pus. Blip. Mejor echar a correr. Sin mirar atrás. Blip. Blip. Ahora estaba segura de que Bruno siempre estuvo en lo cierto. Las calles oscuras albergan espantos.

No era necesario que me lo demostraras en persona, capullo.

La lluvia arreció. Después de atravesar algunas calles, saltando entre los charcos y los turbios pasos de corriente que recorrían las ramblas en busca de desaguar, reconocí los viejos caserones y comercios clausurados que anticipaban el bar Dandrige.

Un puerto seguro. Necesito un puerto seguro. Soy un arrastrero acorralado por la tormenta. Algo abominable cayó en las redes, rapaza.

Unos metros más. Un último giro. Y me sentiría menos insegura, resguardada de la ciudad cuyos barrios se habían mostrado tal eran. Oscuros. Aterradores. Mortales.

La persiana del bar estaba echada.

¡Mierda! ¿Cerrado?

Un resquicio en la parte inferior dejaba entrever una línea de luz tan fina como el papel para liar cigarrillos. Probablemente Jerry estaría ocupado en el almacén, reponiendo existencias de cara a una noche que había supuesto larga, y trataría de evitar la visita inoportuna de siniestros ebrios de anís o macarras de pedio pelo.

Tiré de la persiana hacia arriba, que cedió lo suficiente para que pudiera colarme dentro.

No future.
No future.
No future for me.
19No hay futuro. / No hay futuro. / No hay futuro para mí.

Para los Sex Pistols no había futuro posible. Eso proclamaban a través de los altavoces. Se lo gritaban a las luces de las máquinas recreativas, a las botellas apiladas tras la vacía barra del bar.

No future.
No future.
No future for you.
20No hay futuro. / No hay futuro. / No hay futuro para ti.

No hay futuro para ti, nena.

Solo entonces, sin alertar a Jerry de mi presencia, me concedí la efímera paz del llanto.

Tranquila, cariño, tampoco hay futuro para nosotros.

Abrí la tapa deslizante del arcón refrigerador y metí el brazo hasta el fondo para hacerme con un botellín de Estrella Galicia. Estiré el cuello tanto como pude para dar un largo trago de cerveza. El techo del bar me devolvió la fotografía de un lienzo puntillista pintado con diminutas deposiciones de mosca. Al inclinar nuevamente la cabeza, un contenido singular llamó mi atención a través de la limitada apertura del arcón.

¿Un oso?

Descorrí la tapa por completo, lentamente.

Es Jacky. Jacky el oso. ¡Jacky el oso de Tallac de los cojones!

El niño del balón de fútbol. El niño con pantalón de chándal. El niño con su camiseta de dibujos infantiles de osos en el bosque yacía en un escorzo aberrante sobre los botellines de cerveza. Su efigie, el mascarón de proa barbilampiño que pedía la devolución de su pelota, estaba contraída en una mueca dantesca. La garganta estaba abierta en jirones de carne escarchada.

¡Oh mierda!

La angustia hizo que dejara caer el botellín. Aterrizó sobre una de mis botas y rodó hacia el almacén. Los giros del vidrio se escucharon con nitidez cuando la botella había desaparecido de la vista. Un giro. Y otro. Y otro. Y se detuvieron en seco.

¿Jer… Jerry?

Caminé despacio hacia el acceso al almacén. Me apoyé con sigilo en el marco de la puerta y oteé. Silencio. La bombilla parpadeaba. Oscuridad. Cajas de güisqui. Oscuridad. Aprovisionamiento de papel higiénico suficiente para sobrellevar una guerra atrincherado en ese cuchitril. Oscuridad.

Oscuridad.

– ¿Jerry? ¿Estás… ahí, boss? – pregunté ridículamente, sin elevar demasiado la voz.

No hubo respuesta.

La humedad era sofocante. Hedía a corrupción, y también a tierra húmeda, a bosque imposible germinado tras las sombras.

Un paso más. Otro parpadeo de la bombilla.

– ¿Colega? Dime si estás ahí y si estás bien… – añadí, esta vez en un tono tan bajo que ni siquiera estuve segura de haber pronunciado nada más allá de mi pensamiento.

Dime si no eres otro puto fiambre congelado, tío.

Tap.

Joder. ¿Qué ha sido eso?

Tap. Tap.

Joder. Joder.

Tap. Tap. Tap.

Oh mierda. Oh joder. Joder. Joder.

Parpadeo. Oscuridad. Clic. Cajas. Jerry.

Jerry.

Su silueta espigada surgió improvisadamente, como si se hubiera materializado en un truco de magia junto al alcohol y el papel de baño.

Hey! Are you alright, darling?21¡Hey! ¿Estás bien, querida? – preguntó, como si tal cosa.

Como si un vampiro no se hubiera deshecho en una fístula gigante tras intentar hincarme el diente. Como si el cadáver de un chaval de barrio no se refrigerara junto a los tercios de cerveza y los refrescos.

– El arcón… El niño…

El oso de Tallac.

Oh, shit22Oh, mierda… – se lamentó, entre divertido y fastidiado – Has descubierto la sorpresa demasiado pronto… Too soon, darling.23Demasiado pronto, querida.

Sus ojos se inyectaron en sangre. La comisura de su boca dibujó una sonrisa de malicia.

La bombilla parpadeó. Por un instante, en lugar de Jerry apareció un murciélago de enormes alas amarillas y ojos negruzcos y fulgurantes como botones de obsidiana.

Tap. Tap. Tap.

La bombilla parpadeó de nuevo. Clic. Jerry reapareció. Ahora su boca se había trocado en una poza en cuya obertura emergían amenazantes colmillos. Estos eran gruesos y retorcidos, como los de un jabalí.

– Únete al abrazo, darling – dijo, extendiendo los brazos hacia mí.
Su voz era distinta. Mucho más grave, distorsionada como en un disco de vinilo que gira a menos revoluciones, y el acento melodioso había desaparecido por completo, como si también hubiese sido parte de un disfraz.

– El abrazo… – musité – El abrazo de alas amarillas…

– El amarillo es el color de lo imperecedero. De lo inmortal. Es el color del oro. Y de los dioses. ¿No querrías unirte a un dios?

– Voy servida – respondí, y le mostré la cruz de la avoa.

En las putas películas de vampiros funciona. Siempre funciona. Tiene que funcionar.

Jerry rio. Las cruces solo parecían servir como divertimento de los vampiros.

– Eso no te servirá de nada. Ya eran viejos los templos que me adoraron cuando nació tu carpintero de Nazaret. Y antes de mí existieron otros dioses más antiguos. No es el objeto en sí lo que habría de refrenarme, sino la fe que deposites en él.

¿Cuestión de fe? Joder.

– ¿Por qué has hecho todo esto? ¿Por qué a mí? – interpelé, tratando de ganar tiempo.

– No lo puedo evitar, darling. Me gusta jugar con la comida. El miedo os proporciona un sabor inmejorable…Tengo hambre, querida. Ya es hora de que te unas al abrazo.

El aspecto humano de Jerry comenzó a desdibujarse. La piel se despegó de él en todo su cuerpo, cayendo en jirones y colgajos, hasta descubrir al murciélago de vivo amarillo.

Me sujetó de la camiseta y me levantó del suelo con una sola garra. Mis botas ya no tocaban el suelo. Pasó su lengua por mi mejilla y se regocijó por el pavor destilado que manaba en forma de lágrimas y sudor frío.

Salivaba.

Tap. Tap. Tap.

Abrió las mandíbulas de par en par. En el fondo de su garganta debía de existir un remedo del infierno.

Tap. Tap. Tap.

¿Cuestión de fe?

Tengo la ostia de fe en echar unas risas con los colegas fumando canutos en un banco frente a la playa, en cagarme en todo y en que no me importe nada, nada salvo ella, mi dulce, mi preciosa, mi divertida, mi salvaje Uxía. Tengo un huevo de fe, cabronazo. Soy una perra punk y voy a enseñarte en qué la deposito.

Empuñé con firmeza la baqueta que aún conservaba en el bolsillo y lancé una estocada definitiva. Caja-caja-platillo.

El murciélago detuvo el envite con la otra garra e hizo trizas la baqueta. Rugió enfurecido. No estaba acostumbrado a que se le plantara cara. Me arrojó contra las cajas de güisqui DYC y el papel higiénico, que me recibieron de mala gana magullando mi espalda y lacerándome la cara. Al aterrizar sobre el linóleo percibí un crujido en uno de los tobillos y sentí una descarga de dolor que me recorrió por entera. Algunas botellas se rompieron y esparcieron su contenido. Los rollos de papel se desplegaban como serpentinas.

– ¡Iiiiaaagh! Darling! Darling! ¡Únete al abrazo! – bramó.

– ¿Vas… a… comerme? – pregunté, entre la sonrisa resignada del idiota y un arranque de tos, tirada en el suelo como un guiñapo. Cada palabra me provocaba una punzada. Algunas costillas habían acuciado el golpe más que otras.

For sure I will.

Se abalanzó hacia mí extendiendo las alas. La bombilla siseó y se apagó.

Ahora o nunca, tía.

La luz se hizo de nuevo con un clic, dos pequeños parpadeos y un zumbido que se fue desvaneciendo hasta que solo fue audible otro sonido. Un murciélago gigante emite un gorgojeo curioso cuando un botellín de Estrella Galicia que ha rodado hasta el interior de un almacén se le incrusta en la garganta.

– Gloo… glooo… gloooo…

Soy de barrio, capullo. Aquí a nada se le tiene más fe que a una puta cerveza fría. ¡Ahógate con eso!

La garganta le estalló en llamas. Entonces comenzó a hincharse como un globo, o como una pelota de fútbol que cae a tus pies en un callejón. Resultaba evidente que estaba a punto de explotar.

– ¡Gloooooooaaaarrrrghg!

Me arrastré fuera del almacén, con el tobillo palpitando y avisándome de que aún me iba a costar escapar de allí.

La explosión fue atronadora, seguida del impacto sordo de trozos tumefactos que golpeaban contra las paredes. Las llamas se abrieron paso, avivadas por el alcohol de las botellas rotas que corría libremente por todas partes.

Salí del Dandrige justo a tiempo para contemplar cómo las llamas lo engullían por entero. Las sirenas de camiones de bomberos y coches de policía, y de la ambulancia que me auxilió, desplomada sobre la acera, llenaron la noche poco después.

Pasé las horas siguientes en el hospital. Mi madre me acompañó rezando el rosario, feliz de haberme descubierto una cruz colgada del cuello. Cuando despuntó el alba, roncaba en una mecedora todavía sosteniendo las cuentas de madera entre las manos.

Aproveché para vestirme y salir a hurtadillas. Necesitaba ver a Uxía.

Las calles se mostraban tímidas a esa hora, reacias comenzar con los quehaceres del día a día. Con todo, me parecieron más limpias y luminosas que de costumbre. Como si el velo oscuro que las había estado cubriendo hubiera caído.

El velo, quizás. Y los vampiros que se enseñorearon de los barrios de mi ciudad también, ahora nada más que una historia que contar cuando estuviera demasiado borracha y segura de que nadie iba a creer nada de lo que dijera. Pero también había caído una fruta preciosa de su rama. En el exterior de la casa de Uxía, junto al cobertizo en que pasábamos las horas en otro tiempo soñando con ser estrellas de la música y cambiar el mundo a nuestra manera, un operario introducía un cuerpo, cubierto no con un velo sino con una sábana vulgar, en un coche fúnebre.

La madre de Uxía lloraba desconsolada desde la puerta. Su padre la abrazaba. Y su mirada, cuando me vio, mal vestida y magullada, decía que no me acercara. Ahora no.

Uxía fue enterrada el mismo día que la Selección Española de Fútbol perdió contra Irlanda del Norte por un gol a cero. Y esa fue la pérdida que al mundo más le dolió aquel día. Nunca me ha gustado el fútbol. Ahora lo odio.

A Coruña, 2019

Mi esposa me regaña por haber abierto las cajas de la mudanza. No sabe qué he estado buscando, dice, mis cachivaches musicales o cualquier otro capricho, asegura, y me pide que le recuerde por qué tengo que salir en mitad de la noche. Nuestra hija duerme en la habitación contigua a la sala de estar. Pienso en ella. Tiene los ojos de su madre, a la que miro y sonrío. Le aseguro que es una cita ineludible, con una vieja amiga que no puede esperar, y me disculpo por haber rebuscado entre las cajas. Llevamos poco tiempo en el piso que heredé de mis padres, y debía dejar que ella se encargara de adecuar la vivienda. Debía ser así, así lo acordamos, pero las cosas han cambiado. Las cosas cambian. Hay cosas que deben salir de sus cajas. Y cosas que nunca deberían hacerlo.

Mi hija duerme y mi mujer no comprende. No podría. Evito explicarle que nada más poner un pie en la ciudad, en el barrio, un aroma a champú Sunsilk al huevo y a tierra húmeda, y a muerte, me ha perseguido. Que apenas he dormido por las pesadillas.

Han pasado casi cuarenta años desde que me marché a vivir el resto de mis días al sur. Nunca me había planteado volver. Pero la vida también tiene sus ritmos y sus tiempos, y una plaza fija de profesora de música en la que cumplir los últimos años hasta la jubilación me ha traído de vuelta.

Mi esposa me pregunta, con razón, si no tengo calor con la chaqueta abrochada hasta el cuello. Al fin y al cabo es junio, y aunque refresca durante la noche, hace calor. Tengo escalofríos, le miento, aunque en el fondo es un poco verdad. Beso sus labios y me marcho.

Ya en la calle, grupos de forofos del fútbol se pasean ondeando banderas, con las caras pintadas y ataviados con la indumentaria de su equipo. Vivimos cerca del estadio. Es algo que nunca me gustó de niña.

El escaparate de una tienda de ultramarinos devuelve mi reflejo y el de las luces de los vehículos que cruzan la calle haciendo sonar sus cláxones. Como si estuviéramos en un Mundial. Me desabrocho los botones de la chaqueta.

Palpo las baquetas que escondo en el bolsillo interior. Las he afilado en forma de finísimas estacas.

Me observo. La camiseta me sienta bien. Bastante bien, después de tanto tiempo.

Uxía me espera.

– Las perras punk nunca mueren.

Referencias   [ + ]

1. Zombi 2: Nueva York bajo el terror de los zombies (Lucio Fulci, 1979).
2. En alusión a la Santa Compaña, una leyenda popular de Galicia y el noroeste de la Península Ibérica, sobre una procesión de ánimas. Aunque el aspecto de la Compaña varía según la tradición de diferentes zonas, la versión más extendida afirma que está formado por una comitiva de almas en pena vestidas con túnicas negras con capucha que vagan durante la noche.
3. La Copa Mundial de la FIFA España 1982 fue la duodécima edición del campeonato mundial de fútbol masculino organizado por la FIFA. Se celebró en España desde el 13 de junio hasta el 11 de julio de 1982.
4. Quien tiene culo, tiene miedo.
5. Bizcocho caracterizado por su jugosidad y la densidad de su miga, a resultas de la mantequilla y la nata usadas en su elaboración.
6. Abuela.
7. Con sensatez.
8. Londres llamando a los pueblos lejanos /Ahora que se ha declarado la guerra y la batalla se acerca / Londres llamando al inframundo / Salid del armario, chicos y chicas
9. Jefe.
10. ¡Cuidado!
11. Seguro lo haré.
12. Sígueme a una tierra a través del mar brillante / Esperando más allá del mundo que hemos conocido
13. Más allá de un mundo que soñamos podría ser / Y la alegría que hemos probado
14. Anciano esperpéntico que apareció en la primera etapa del concurso televisivo Un, dos, tres…, de tez pálida y ropajes oscuros.
15. Ahora ya está.
16. ¡No me toques los cojones!
17. Quejica.
18. ¡Eres un cobarde y no vales para mandar!
19. No hay futuro. / No hay futuro. / No hay futuro para mí.
20. No hay futuro. / No hay futuro. / No hay futuro para ti.
21. ¡Hey! ¿Estás bien, querida?
22. Oh, mierda…
23. Demasiado pronto, querida.

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El autor

Alexis López Vidal (Torrevieja, Alicante, 1979) es autor de artículos y relatos, ensayista y novelista. Ha obtenido diversos galardones de narrativa y poesía.
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