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Ojos que contemplaron las estrellas

A Mannder Zukunft le molestaba la atmósfera cargada de la cueva, punzante en su nariz, y no era partidario de asumir riesgos innecesarios.
Alexis López Vidal access_time 2 min lectura

A Mannder Zukunft le molestaba la atmósfera cargada de la cueva, punzante en su nariz, y no era partidario de asumir riesgos innecesarios. Aclaró a sus compañeros que, tratándose de un tramo inexplorado, alguien habría de señalizar convenientemente la ruta, debían mantenerse juntos durante el recorrido y bajo ninguna circunstancia, repitió, se asumirían riesgos innecesarios. El resto de la expedición asintió, no sin experimentar todos y cada uno de ellos un callado hormigueo en el espinazo; eran los primeros, sí, se susurraban a sí mismos, los primeros en recorrer el suelo de roca húmeda en cientos o miles o decenas de miles de años hasta el recóndito confín que aguardaba más allá de la negrura que se abría a sus pies.

Se aseguraron de la firmeza de los anclajes y comenzaron el descenso. La luz de las lámparas titilaba en la inmensidad de la boca oscura que los engullía, uno a uno, hasta formar una hilera de frágiles luciérnagas. Mannder dio el alto a unas decenas de metros del suelo, comprobaron el funcionamiento de los aparatos de comunicación, verificaron la temperatura, la humedad y el nivel de oxígeno y dióxido de carbono. Cuando estuvo seguro de acometer el último tramo, pidió a los demás que extremaran las precauciones y continuó salvando la última distancia hasta que sus botas lo mantuvieron en pie frente a la pared exudante. Desenganchó el arnés y se hizo a un lado, dirigiendo el haz de una linterna en derredor. La base de la gruta era vasta como un salón de baile, jalonado aquí y allá por estalagmitas que emergían de improviso al recibir el inédito baño de claridad. Cuando el último de los expedicionarios tomó tierra halló al resto del grupo contemplando en silencio la pared opuesta. Alguien había pintado un cielo antiguo en el que brillaban diamantes sembrados en un campo de basalto formando constelaciones; tan extraño como ajeno a la bóveda de neón eléctrico que les aguardaba en el exterior. Ojos que contemplaron las estrellas.

– Así era el cielo hace 3.000 años – dijo Mannder –, tal vez en el siglo XXI o XXII.


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El autor

Alexis López Vidal (Torrevieja, Alicante, 1979) es autor de artículos y relatos, ensayista y novelista. Ha obtenido diversos galardones de narrativa y poesía.
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